Series que son un buen negocio (XCV): ‘Grande de España’, y Marqués de las Apariencias

Abundando en la temática de la validación social y la búsqueda de estatus social, llega esta algo descafeinada sátira cómica en formato miniserie de Grande de España. El retrato de un aristócrata sin liquidez económica, endeudado, pero con las aspiraciones de demostrar grandeza de clase y poderío económico. Aferrándose a su título nobiliario hasta las últimas consecuencias y superando los límites de la vergüenza ajena.

Resulta hasta extraño ver a Antonio de la Torre interpretando a alguien que se desenvuelve de forma tan ingenua y embarazosa. Quizá más identificado con otros estereotipos del panorama nacional, ese característico político corrupto de la excelente película de El Reino. O de ambientes policiales, o duros y complejos como en Los tigres o La trinchera infinita… En esta ocasión, encarna a este marqués en declive, un tipo con una clara falta de incentivos, de esfuerzo y hasta de educación financiera. Incapaz de mantener un patrimonio fruto de privilegios de épocas pasadas.

Premisa similar a la de la fantástica serie The Gentlemen. Theo James es otro aristócrata arruinado, aunque se las ingenia de mil maneras para salir a flote de tanta deuda aunque sea recurriendo a la economía sumergida. Nuestro compatriota es bastante menos espabilado. Y tampoco ofrece una ácida crítica social, ni diálogos tan adornados. Ni que hablar de la puesta en escena de la historia.

Este Marqués de Monsalvos aun siendo consciente de su paupérrima situación financiera, todavía aspira a ser nombrado Grande de España. Su título nobiliario y un palacete de interés cultural de herencia compartida, son su gran lastre psicológico. Como le sucedía a Jude Law en The Nest, una enorme trampa mental de la que no consigue escapar. Necesita aparentar y fingir riqueza a causa de esa debilidad moral.

El palacete multiusos de la trama (Fotograma: Netflix)

Con la mera observación cotidiana se percibe en el ambiente de muchos barrios o urbanizaciones de cierto pelaje, a algunos residentes haciendo esfuerzos titánicos por demostrar solvencia, éxito profesional y estilo de vida sofisticado. Como los individuos de cualquiera de las versiones de Las viudas de los jueves. Muy probablemente hipotecados hasta las cejas, como todo hijo de vecino, aunque luciendo palmito en vehículos de alta gama, financiados en excesivos cómodos plazos. Y cual monigote atiborrado de logos bien visibles de firmas de postín. Al marqués, todo esto le viene inculcado desde la cuna.

Ya ni le sirve el palacete para aparentar, relegado a vivir en el sótano y con evidentes apreturas financieras. Grandeza nobiliaria y fachada, pero sin habitabilidad. Es más, necesita hacer caja vendiéndolo a toda costa y a todo coste. Ni más ni menos que para ir sufragando excentricidades de ricos. Como la fastuosa boda de su hija con otro de esos grandes. No hay que perder ocasión para (intentar) fardar de poderío económico y señorío. Otro clásico de nuestros tiempos en épocas de BBC (bodorrios, bautizos y comuniones).

Tras el golpe de realidad, puede haberle llegado el punto de inflexión al cándido protagonista, toda vez que repara en que su vida es una estafa. Tampoco es que sufra ninguna epifanía reveladora del verdadero sentido de la vida, como el reflexivo John Ham de Vicios ocultos. Otro que está harto de deudas y mucho más de paripés. Sin embargo, caer en el juego de engaños y subterfugios de la tal Sofía Carrington (Alexandra Jiménez), en esta estafa de poca monta de su humilde contraparte, parece abrirle una nueva vía.

Antonio de la Torre y Alexandra Jiménez en su duelo de apariencias (Fotograma: Netflix)

Son los peligros de sufrir empachos de sociabilidad y someterse en demasía al escrutinio de ciertas personas y tribus sociales. El gran inconveniente de querer moverse con empeño en determinados círculos viciosos de lo social, a los que se les otorga excesiva e innecesaria autoridad sobre la vida de uno mismo. Sufriendo por juicios, chismes, cotilleos y hasta presiones. Ese agujero negro de dependencia ajena, de aprobación social y sentimiento de falsa pertenencia al de cualquier grupo similar a El club gastronómico.

Habiendo repasado varias series con mejor desarrollo de contenido, tampoco podemos decir que pese a no ser una comedia brillante, no fructifique en una aceptable sátira social. Por sus guiños a las cacerías con escopeta de las élites de olor a naftalina, postureo nobiliario y otras fanfarrias elitistas y clasistas que inmortalizó el gran Berlanga. Y tal y como luce la ropa y zapatos del señor Marqués, la miniserie deja algunos rotos y descosidos, que bien podrían repararse o agrandarse en una hipotética segunda temporada.

Lo más divertido de la miniserie, es sin duda ver cómo los dos protagonistas principales se engañan y autoengañan todo el tiempo. Cada uno desde su perspectiva socioeconómica, pero ambos a base de juegos de apariencia. Actuando en un flirteo que se podría haber capturado en alguno de esos encuentros de cita rápida del televisivo First Dates. Un dantesco baile por la cuerda floja de dos auténticos tiesos, que bien podría amenizarse con melodía de ‘Alta suciedad‘. Desmayados por tanta hambre de aparentar estatus.