Tan solo unos meses han pasado desde el anuncio de Los domingos como ganadora en los Premios Goya 2026. La película de Alauda Ruiz de Arzúa es, para muchos, una de las primeras obras que aparece en el repertorio de cine espiritual.
La crítica atribuye a la fe de la protagonista distintos orígenes: el trauma de la pérdida materna, el padre ausente y la evasión de la realidad. En este artículo podemos considerar como cuarta procedencia un despertar espiritual. Esta expresión colinda en nuestro imaginario con el día de la Primera Comunión, el último disco de Rosalía y un retiro con sustancias psicotrópicas. Es una cuestión generacional.
Aunque el concepto de espiritualidad parezca reducirse a religiosidad o ciertas prácticas místicas, las definiciones de la palabra suelen hablar de ‘conexión con algo superior’, ‘búsqueda del sentido trascendental de la vida’ o ‘autoconocimiento’. La lista de sinónimos o afines de la RAE incluye ‘inmaterialidad, ingravidez, religiosidad, misticismo, sensibilidad, idealismo’.
La cuestión es que todo esto parece pertenecer al pasado. No somos completamente ajenos a ello gracias a elementos culturales que arrastramos pero, ¿podríamos decir que la espiritualidad tiende a la desaparición? ¿Cuántas hipótesis acerca de la vocación de la joven novicia se basan en la carencia y no en la sensibilidad?
Y, sin embargo, parece haber un resurgir de prácticas basadas en la consciencia. ¿Está encontrando la espiritualidad un nuevo lenguaje? El cine es un reflejo de las ideas de una generación. Y las películas actuales parecen estar explotando ahora otros matices para adaptarse a una nueva era.

El primero de todos es la duda. «Nuestra fe es algo vivo, precisamente porque camina de la mano de la duda. Si solo existiera certeza y ninguna duda, no habría misterio. Y, por lo tanto, no habría necesidad de fe.» señalaba el protagonista de Cónclave (Berger, 2024). Acompañaba así al tentado sacerdote de la serie Fleabag (Waller-Bridge, 2016) en su lucha contra obstáculos mundanos. Algo aparentemente ajeno a los grandes maestros espirituales se nos devuelve con dos queridísimos personajes de ficción. Conectan con el público transmitiendo un sencillo mensaje: son como nosotros.
Frente a esta fantástica manera de presentar el cristianismo encontramos el formato más tradicional. Va dirigido al público que ya lo está esperando. Un buen ejemplo es Día ocho: El soplo del Espíritu (Gómez Vargas, 2025). Moderniza la figura de la protagonista (una influencer no creyente), pero la convierte por obra de un suceso exterior. Es la línea argumental que sigue el reciente documental Sagrado Corazón (Sabrina y Steven J. Gunnell, 2026), que presenta la entrada a la espiritualidad como una iluminación azarosa obrada por un tercero. Los milagros no parecen ser para todos. ¿Dónde está la puerta a la fe en las personas corrientes?
La respuesta la dan quienes ponen la responsabilidad en el ejercicio de la creencia cotidiana. La Odisea (Nolan, 2026) tiene un atractivo especial que va más allá de la ficción y de su elenco. Está protagonizada por un personaje que cree en sus dioses y se comunica con ellos. El mito, sistema a través del cual Odiseo experimenta su realidad, se abre paso desde su mundo interno, proyectándose hacia afuera, y dota de sentido su existencia.
Su sucesor en la línea temporal, la ciencia, es hoy la reina en Occidente. Muchos consideran el pensamiento científico como el más sofisticado a la hora de explicar el mundo. Pero tiene varias lagunas. Al considerar únicamente lo medible, abarca sólo un cachito de realidad. Aparta la subjetividad y con ella una gran parte de lo humano. Desplaza la espiritualidad a lo primitivo o a lo que ‘aun ignora’. Y, sin embargo, su ideologización hace que se alce como un paradigma excluyente del resto. Ailton Krenak da en el grano «Hoy quien habla de ancestralidad es un místico, un chamán, porque la “gente de bien” tiene un máster de alguna parte y no habla de ese tipo de cosas.»
Tenemos la suerte de que unos cuantos inspirados le tengan miedo y lo dejen filmado. Es el caso de Cronenberg con Crímenes del futuro (2022) y Lanthimos con Langosta (2015) y Bugonia (2025). Tal vez sea selección algo extremista. Pero ilustra fielmente lo que sería una sociedad despojada de cosas no cuantificables como la fantasía o el amor.

Este último es otro de los matices que el cine de hoy renueva. Itsaso Arana ponía el ejemplo en Las chicas están bien, Celine Song con Vidas Pasadas (ambas de 2023). Frente a un idilio romántico que tradicionalmente tomaba las características de la iluminación milagrosa (súbito, fortuito, inesperado) se presenta el amor como decisión y construcción. El ejercicio de querer torna así a la persona en activa. La idea es clara: ama quien tiene capacidad para hacerlo. Permanecer al lado de alguien es una decisión que poco tiene que ver con la enajenación mental de un enamoramiento. Los buenos amantes permanecen libres.
¿Qué imagen tenemos hoy de un hombre libre? Dejaremos a un lado la figura del joven que alcanza su independencia financiera a través de la inversión. Prefiero seleccionar a unos cuantos personajes que lo esbozan. Son Arthur en La quimera (Rohrwacher, 2023) o Hirayama en Perfect Days (Wenders, 2023). Resulta difícil poner en palabras lo que intuitivamente desprenden ambos protagonistas. Parecen haber trascendido. Desligados de la ambición material, carentes de miedo al futuro o la pérdida, plenos en el espacio que habitan. Necesitan lo que puede ser satisfecho.
Tal vez sea esto a lo que aspiren los personajes de Sorrentino en La Gran Belleza (2013) y La Grazia (2026) cuando los inunda el hastío vital. La vida de abundancia material, el éxito y el reconocimiento, ensancha su ego. Pero el ego no consigue llenar todo lo que el individuo es. La avalancha de cuestiones existenciales irrumpe de manera indecorosa a los 60. Con frecuencia es interpretada como ‘el miedo a la muerte’, pero bien podría reflejar ‘la ignorancia del Sí- mismo en vida’.
Así las cosas, podemos cuestionar que la espiritualidad esté realmente desapareciendo. Al menos, vista desde esta perspectiva. ¿Permanece porque forma parte de nosotros? Y, en caso de ser así, ¿hasta qué punto es saciable? Tal vez en lugar de preocuparnos por su final deberíamos replantearnos de qué forma se presenta en nuestra tiempo. Y cómo transmitirla a los que vienen. A fin de cuentas, las grandes cuestiones filosóficas y las necesidades humanas siempre acaban por repetirse.
Bibliografía:
- Fromm, E. (1976). ¿Tener o ser?
- Fromm, E. (1956). El arte de amar.
- Freud, S. (1913). Tótem y tabú.
- Krenak, A. (2020). La vida no es útil.
- Nichols, S. (1980). Jung y el Tarot: Un viaje arquetípico.
- Web, A. (s. f.). Rosalía y el deseo. Revista Sustrato


