Series que son un buen negocio (XCII): ‘El club gastronómico’, un empacho de sociabilidad

La serie neerlandesa de El club gastronómico es una nueva propuesta sobre un particular tipo de personas. Profesionales independientes liberales, gente adinerada que vive en su propia burbuja de placeres selectos. Un grupúsculo de varias parejas aburguesadas que aparentemente disfrutan su existencia a base de lujos y fiestas.

Nada de malo habría en ello, cada cual con sus ocupaciones y preocupaciones. Como en otra de esas chupipandis, en aquella noruega de Exit; nadan en abundante alcohol, drogas y sexo. Y que no falte el deporte internacional más practicado. El critiqueo, (pre)juzgar a los demás. Los chismes por mínima interacción social que haya entre las personas.

Siempre hay a quien le pueden las ganas de encajar por aspiracionismo y búsqueda de estatus a toda costa. De ahí que proliferen tantos clubes y grupos de personas nicho. Pertenecer a ciertos círculos sociales del lugar en cuestión es de lo más maslowiano. Aquellos círculos donde «no aceptan a cualquiera». Lo mejor viene siempre luego… Todos custodian secretos, problemas, confidencias. Y ahí es donde se multiplica el drama, como en estas reuniones gastronómicas.

Un banquete de chismes, confidencias y malas intenciones (Fotograma: Netflix)

El club gastronómico es un claro manifiesto de la crudeza y el vacío moral en la que en ocasiones algunos terminan aspirados en esos agujeros negros de la dependencia ajena, de aprobación social y sentimiento de falsa pertenencia. En esta tribu del colorín y confetti, con encuentros excesivamente frecuentes e intensitos, el alborozo y el jolgorio no consigue difuminar la notoria falta de estímulos vitales reales. Por ello, cada capítulo rebosa de diálogos con confidencias, de insatisfacciones que no quedan opacadas por mucha risa, música y efluvios espirituosos que haya sobre la mesa.

Todo el mundo en realidad es vulnerable a las cuestiones de salud mental o emocional. La solución de refugiarse en tanto libertinaje y frivolidad quizá sea un camino tan arriesgado como ineficaz a corto-medio plazo. Por muy superficiales y del Primer Mundo que sean los problemas sentimentales, económicos, sexuales; no son intrascendentes ni indisimulables. No hay materialismo y artificios suficientes para ello. Siempre emerge la inexorable realidad, que debe afrontarse de algún modo más frontal y natural.

Esta miniserie de evidentes toques de telenovela, no llega a centrarse tanto en el plano psicológico de esos ‘neoyuppies‘ y las ambiciones laborales de Exit. No por ese motivo resulta menos relevante. Guarda claras similitudes con la peculiar pandillita del club de Las viudas de los jueves, desmoronándose esa particular torre de marfil a medida que trascurre cada cita, reunión o evento. Otra crónica de una muerte anunciada.

Elenco de personajes de la cuchipandi de esta gran merienda de personas (Fotograma: Netflix)

No hay grupito cualesquiera que sean sus motivaciones fundacionales (políticos, culturales, económicos, sociales, festivos, deportivos…) en el que no termine por sucumbir todo al conflicto, los reproches y los líos. El club gastronómico es otra de esas prisiones sociales. Un escenario donde chismes, cotilleos y críticas emergen en cada cita semanal. Franqueza radical o crueldad, envidias y toxicidad social. Combina todo en uno: el grupo de padres del colegio, un vecindario, los amiguetes de gimnasio y un club social. Una olla a presión con el cocido a punto de ebullición. De difícil digestión.

Por eso, sin ser una miniserie de una profundidad muy sofisticada, sí se maneja bien en generar una visión sobre la nocividad de algunos círculos sociales. A medida que avanzan los capítulos vemos cómo las miserias de sus miembros y sus interrelaciones se retuercen cada vez más. Ante tanto embrollo entre ellos; casi lo de menos es resolver la intriga de la muerte de uno de sus miembros.

Una vez corroborado que para disfrutar de una vida saludable emocionalmente no es necesario recurrir al exhibicionismo de ciertos colectivos sociales, hay alguna que otra moraleja a extraer de la serie. Como sucede con el gimnasio donde transita buena parte de la acción, parece excesivamente innecesario emprender o asociarse en los negocios con amistades o familiares. ¿Para qué multiplicar los problemas?

En definitiva, una buena propuesta donde se vuelve a ver reflejado el desorden psicológico de sus personajes. Por no saber lidiar correctamente con los problemas con el dinero, el ocio y sus temas personales yendo a la deriva en modo colectivo. No son pocas las complejidades para saber las prioridades vitales y comprender qué puede ser eso de la felicidad bien entendida. Así que mucho antes de plantearse la membresía de uno de esos club de falsos o hipócritas, hay que repensarlo bien. Se evitará más que posiblemente, un buen empacho de sociabilidad.