el-arquitecto-critica-35-milimetros-1.webp

‘El arquitecto’, la quijotesca lucha de un artista contra Francia

Título original: L’inconnu de la Grande Arche

Año: 2025

Duración: 105 min.

País: Francia

Dirección: Stéphane Demoustier

Guion: Stéphane Demoustier (Basado en la novela de Laurence Cossé)

Reparto: Claes Bang, Sidse Babett Knudsen, Xavier Dolan, Swann Arlaud, Michel Fau, Alessandro Bressanello, Micha Lescot

Música: Olivier Marguerit

Fotografía: David Chambille

Compañías: Agat Films, Ex Nihilo, Zentropa Productions

Género: Drama | Basado en hechos reales

Crítica en Letterboxd

¿A dónde nos lleva el orgullo? Uno no puede parar de hacerse esta pregunta mientras ve El arquitecto, la última película del director francés Stéphane Demoustier (La chica del brazalete). Basado en hechos reales, este drama cuenta la historia de Johan Otto von Spreckelsen, un arquitecto danés prácticamente desconocido que acabó construyendo el tercer de los grandes edificios del eje histórico de París, plasmando para la eternidad su obra junto al Arco del Triunfo y la Torre Eiffel.

En 1983 el gobierno francés, con la ayuda de un consejo de expertos, elige de forma anónima el diseño de Spreckelsen para conmemorar el bicentenario de la Revolución Francesa. Un ambicioso arco gigantesco en forma de cubo abierto. Todo el proyecto está marcado por el conflicto constante entre las enormes y costosas exigencias del arquitecto y la administración, que trata de hacer la construcción lo más asequible posible.

Demoustier —quien, por cierto, firma el guión de este filme— ve a Spreckelsen como un personaje quijotesco. Siempre a caballo entre la ternura y el bocachanclismo absoluto. Por momentos, especialmente al inicio de la película, es imposible no ponerse de parte del enorme genio y carisma con el que Claes Bang (El último Vermeer) interpreta al arquitecto danés. Sin embargo, hacia el ecuador de la historia, todo empieza a cubrirse con la niebla de la ambigüedad.

Al principio, la integridad y el orgullo de Spreckelsen nos cautivan. Es el héroe de la historia cuando se planta completamente seguro de sí mismo con su francés medio chapurrero delante de un anonadado grupo de periodistas que se preguntan quién es este desconocido arquitecto. Solo había construído cuatro iglesias y su propia casa cuando le mandan la monumental tarea —nunca mejor dicho— de construir el Arco de la Defensa.

Sin embargo, es imposible no bajarse un poco del barco cuando nos damos cuenta de los costes económicos y humanos que supone la preservación de su visión artística. Aquí es donde entra en juego el segundo de a bordo del proyecto, el arquitecto francés Paul Andreu, maravillosamente interpretado en la película por Swann Arlaud (Anatomía de una caída). Si Spreckelsen es un Quijote, un idealista que ve gigantes y conspiraciones para enturbiar su obra donde en realidad solo hay molinos y regulaciones urbanísticas, Andreu es su Sancho Panza. Un personaje práctico y realista que antagoniza desde una posición de admiración y sumisión voluntaria con el protagonista. Esta ambivalencia es el leitmotiv de la película.

el-arquitecto-critica-35-milimetros-2.webp
Fotograma de ‘El arquitecto’ (Imagen: La Zona Cine)

La espiral de obsesión de Spreckelsen termina por agotar a todo su entorno, que se ve obligado a ceder y ceder. El arquitecto danés choca constantemente con su colega francés por todo: el uso de simulaciones digitales en el diseño —al que se opone—, el mármol que usar para cubrir la estructura —pide el mismo que utilizó Miguel Ángel para La Piedad del Vaticano— y hasta los detalles estéticos de los cimientos del edificio, una estructura que, como el propio Andreu apunta, es subterránea.

Uno a uno, el protagonista termina por alejar a todos sus colaboradores y aliados incluida su propia mujer, un personaje nacido totalmente de la imaginación del director y quizás uno de los más desaprovechados del filme. El personaje interpretado porSidse Babett Knudsen (Borgen) no termina de convencerme. Inicialmente parece que es una especie de de influencia demiúrgica a lo Rasputín que negocia la parte económica y está siempre detrás del arquitecto danés. Sin embargo, no puedo evitar sentir que esta relación no se termina de desarrollar del todo. Queda un poco colgada en la historia, lo que es una pena dado el peso que podría haber tenido.

Hacia el final de la película se hace evidente el desesperado deseo de Spreckelsen de perdurar en la historia a través de su arquitectura. No es la millonaria suma de dinero que le corresponde por contrato lo que le mueve. Ni siquiera parece demasiado impresionado por la súbita fama y relevancia pública que le cae del cielo, a la que parece adaptarse cómodamente. La gran motivación del arquitecto es su legado. La enorme huella que necesita dejar para sentir que ha vivido y que ha habitado el mundo. Un conflicto existencial donde recae la mayor profundidad narrativa de la película.

Algo parecido se refleja también, de una manera mucho menos conmovedora en el personaje de Français Mitterrand, presidente de la república a principio de los ochenta y principal benefactor político del proyecto. El cómico catetismo y la actitud a lo Jesús Gil del presidente en el filme sirven de símbolo de la banalidad del poder y el despotismo detrás de estos grandes hitos arquitectónicos.

Los ciudadanos de París, quienes son a fin de cuenta los que verán a diario esta megaobra que acabó teniendo 111 metros de altura y quienes pagarán por ella brillan por su ausencia tanto en la película como en la historia real. Spreckelsen se dirige constantemente al presidente como el cliente, lo que no deja de ser otra muestra de su delirio quijotesco. Cada exigencia del protagonista para completar su visión son millones de francos que se suman a una cuenta que al final deben pagar los franceses.

En una escena el presidente y su arquitecto —en las palabras del propio Spreckelsen— salen a la avenida del Arco del Triunfo caminando por mitad de la carretera, cortando el tráfico a su paso, solo para que Mitterrand pueda hacerse una idea de cómo se vería el cubo desde esa perspectiva. Los dos personajes parados casi sin reparar en los pitidos de los coches que frenan para no atropellarlos es tal vez una de las mejores metáforas visuales de esta película.

Con todo, la genial ambigüedad y complejidad con la que Demoustier dibuja a sus personajes y la belleza y simbolismo de la fotografía hacen que sea difícil formarse una opinión demasiado cerrada de ninguno de ellos. El orgullo de Johan Otto von Spreckelsen termina por ser su perdición y, al mismo tiempo, su mayor cualidad redentora. Ya lo veas como un artista que mantiene su dignidad y visión en un mundo corrupto y banal o como un obseso egocéntrico, El arquitecto no puede dejar indiferente a nadie.

el arquitecto
Fotograma de ‘El arquitecto’ (Imagen: La Zona Cine)