Título original: Rembrandt
Año: 2025
Duración: 107 min.
País: Francia
Dirección: Pierre Schoeller
Guion: Pierre Schoeller, Anne-Louise Trividic
Reparto: Camille Cottin, Romain Duris, Céleste Brunnquell, Denis Podalydès, Bruno Podalydès
Fotografía: Nicolas Loir
Compañías: Coproducción Francia-Bélgica; Poisson Rouge Pictures, Trésor Films
Género: Drama. Thriller
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Lejos de dulcificar la cuestión del cambio climático para adaptarlo a estómagos sensibles –como vienen acostumbrándonos las distopías con ínfulas comerciales tipo Snowpiercer (Bong Joon Ho, 2013) o Wall-e (Andrew Stanton, 2008), igualmente válidas y merecedoras de su fama–, con El síndrome Rembrandt, el cineasta Pierre Schoeller revela al espectador una realidad más cercana e inmediata.
Desde la perspectiva de un matrimonio de físicos que trabajan en una planta nuclear francesa, el espectador se ve confrontado con la ingeniería nuclear desde una posición estrictamente científica y puramente estadística. Tal es el grado de frialdad con el que estos ingenieros se ven obligados a manejar estos datos que llega un punto en que Claire, la protagonista, termina sucumbiendo a la presión, y es que al fin parece tomar consciencia de las dimensiones del trabajo que realizan cada día, como si antes no hubiese sido consciente de que forma parte de un proyecto con el potencial de causar daños irreversibles a la humanidad.
Y todo ello desatado por el más puro e indefenso catalizador imaginable: el arte. Tras una tarde en la National Gallery de Londres, Claire empieza a actuar de una forma extraña que hace saltar las alarmas de su marido. A partir de ese momento, lo cotidiano tal y como lo conocían hasta entonces deja de serlo, y todo lo que habían asumido como una estable rutina salta por los aires en el instante en que Claire cree ver algo en los cuadros de Rembrandt.
Con esta premisa, la película plantea un imperioso y actual debate: ¿hasta dónde nos llevará nuestro afán de control energético? ¿Es capaz el ser humano de garantizar un control absoluto sobre algo tan imprevisible como la energía nuclear?
El síndrome Rembrandt deja de parecer ficción en el momento en que se hace mención a un hipotético apagón que, según los cálculos de Claire, debería ocurrir dentro de tres años, en 2029, y que sin embargo nos resulta demasiado familiar. Automáticamente, lo que se presentaba como un thriller pasa a ser una película de terror, y de la peor clase de terror que existe: el que se puede hacer realidad.
Al mismo tiempo, Schoeller presenta aquí un punto de partida interesante. Aunque el entorno de Claire la percibe como ausente, ida de sí, en realidad Claire comienza a estar más lúcida que nunca. Hasta entonces anestesiada y deshumanizada como consecuencia de su profesión, Claire consigue despertar de su trance gracias a las obras de Rembrandt. Es su pintura lo que la hace reaccionar, salir de la cadena de producción científica y tomar parte de forma proactiva en el asunto. El arte se revela aquí en su faceta de salvavidas de la humanidad.
En cuanto a las interpretaciones, Camille Cottin (La casa Gucci) y Romain Duris (A missing part) logran reflejar con destreza un tenso descenso hacia la pérdida de control, a lo ínfimo de la existencia. Cottin, en su entereza característica, sostiene a un personaje contenido que solo deja entrever su ansiedad a través de su mirada. Duris, por su parte, es el contrapunto que refuerza la intensidad dramática, la expresividad de la que carece el personaje de Cottin. En definitiva, un tándem en perfecta simbiosis que consigue paliar, a ratos, el ritmo pausado de la cinta.
Dicho esto, es cierto que presentarse como un thriller puede llegar a jugar en contra de la película, ya que El síndrome Rembrandt no es precisamente como una de esas adaptaciones de Dan Brown repleta de simbología y conspiraciones varias. Y si eso es lo que busca el público, quizá sea mejor que se ahorren la entrada, porque El síndrome Rembrandt ataca el problema de raíz, sin adornos. El espectador debe saber que, más que una cinta de suspense, el largometraje de Schoeller es un ejercicio de reflexión constante, una de esas películas que piden debate al salir de su proyección.
Así pues, es una película densa, reflexiva, que requiere una predisposición absoluta por parte del espectador. Con todo, como si la propia trama fuese consciente de ello, la experiencia completa tras el visionado no puede por menos que ser gratificante. Es una de esas películas que remueven algo dentro del espectador, de esas que confrontan con una realidad incómoda para que nadie salga indemne de la sala de cine. Se podría decir que es una de esas cintas que nos deja con mal cuerpo y, con todo, después de verla entiendes que han sido ciento siete minutos bien invertidos.



