Título original: Wildwood.
Año: 2026.
Género: Animación. Fantástico. Aventuras.
Duración: 132 minutos.
País: Estados Unidos.
Dirección: Travis Knight.
Guion: Chris Butler.
Reparto: Peyton Elizabeth Lee, Jacob Tremblay, Carey Mulligan, Mahershala Ali y Charlie Day.
Fotografía: Caleb Deschanel.
Música: Dario Marianelli.
Compañías: Laika Entertainment.
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Desde que se proyectó por primera vez La salida de los obreros de la fábrica Lumière, el cine ha ido cambiando, innovando y creciendo hasta límites inimaginables. A su vez, en todos estos años de evolución, el objetivo del cine (independientemente de la época, género o país) ha sido hacernos soñar. Dicho esto, en pleno 2026, nos encontramos con un movimiento dentro del mundo del cine que quiere acabar con estos dos pilares fundamentales: una industria que prefiere ofrecer un «producto» simple, fácil y rápido. Un cine hecho por IA.
Ante este terrorífico escenario, Laika Entertainment ha decidido ofrecernos su trabajo más complicado hasta la fecha: Wildwood.

Siempre he respetado el stop-motion, pero nunca había terminado de conectar del todo con esta técnica. Es por ello que Wildwood me ha sorprendido tanto, porque es la primera película con la que he sentido que estoy viendo algo prácticamente imposible de crear mediante esta técnica. Secuencia tras secuencia, resulta inevitable quedarse con la boca abierta y estrujarse el cerebro intentando entender cómo han conseguido llevar a cabo determinadas escenas.
No se trata únicamente el trabajo artesanal de Travis Knight y su equipo o el nivel de detalle que hay detrás de cada plano, sino de la capacidad de construir un mundo que parece superar las propias limitaciones del stop-motion. Hay momentos en los que cuesta asimilar que todo lo que estás viendo ha sido creado de esta manera, y eso es, sin duda, su mayor virtud.
Para que nos hagamos a una idea de su complejidad, la cinta tardó en realizarse 15 años: En 2011 consiguieron los derechos, pero como la tecnología y las técnicas de stop-motion del momento no eran lo suficientemente avanzadas para capturar la escala y la complejidad de la historia, tuvieron que esperar hasta 2021 para iniciar todo el proceso. Es decir, 15 años desde que obtuvieron los derechos y 5 años desde que se inició el rodaje.

Sin embargo, la técnica no lo es todo. Una cosa es conseguir que el espectador se maraville con lo que ve y otra muy distinta mantener ese mismo nivel de interés durante toda la película. Y es aquí donde Wildwood empieza a flaquear. Su ambición visual no siempre encuentra un equivalente en la historia, que acaba resintiéndose debido a una duración excesiva y una narración que podría haber sido bastante más contenida.
No es que sea una mala historia, ni mucho menos, pero sí se siente como una combinación de los grandes éxitos de la fantasía; haciendo que mucho de lo que veamos nos provoque una sensación de déjà vu. Cuando esto ocurre, el espectador pierde, si no el interés, sí la fascinación por el relato. Esta necesidad por emular en stop-motion las grandes batallas, secuencias o mundos de anteriores proyectos exitosos, hace que la película quiera ser mayor de lo que necesita (y que su metraje se extienda innecesariamente).
Al final, da la sensación de que quiere abarcar demasiado, cuando probablemente habría ganado mucho con una mayor capacidad de síntesis.

Es una lástima, porque el apartado técnico es tan extraordinario que cuesta no pensar en lo que podría haber sido con una historia más sólida y un ritmo mejor medido. Aun así, Wildwood ha conseguido algo que pocas películas logran: cambiar mi percepción de una técnica con la que nunca había terminado de conectar (eso, y dejar en evidencia una herramienta tan lamentable y tramposa como la inteligencia artificial).


