Series que son un buen negocio (LXXXVII): ‘Estafadores (inmobiliarios) de Tokio’

Una gran propuesta de la mano de la serie japonesa Estafadores de Tokio. Un interesante descubrimiento en formato de una excelente intriga financiera sobre temas inmobiliarios. Cuenta con unos componentes dramáticos siempre atractivos, en los que los delitos de cuello blanco se entremezclan irremediablemente con la criminalidad, la violencia sanguinaria y otros elementos trágicos. La historia no decae en ningún momento y se despacha como los lingotazos de güisqui del caro y exclusivo con los que se agasaja a si mismo el sociópata del villano principal.

Dado que «en Japón hay un montón de gente viviendo amontonada en sitios enanos de mierda», cada parcela de suelo urbano edificable se paga a precios estratosféricos. Los promotores ansían desarrollos urbanos a cualquier coste. Puro mecanismo económico en algo tan básico y necesario como es la vivienda. Aunque la especulación es enorme y no precisamente para hacer VPOs. Tampoco hace falta irse al Japón para darse cuenta. En nuestro país nadie puede darnos lecciones del problema de la vivienda. Pero mucho menos de corrupción política, estafas y delitos inmobiliarios.

El hecho de que en Tokio haya una densidad de población gigantesca se debe a la escasez de suelo para construir, con lo que el metro cuadrado es intocable. Al fin y al cabo las grandes urbes atraen personas como polo de atracción por los múltiples servicios, los empleos que generan y por una intensa actividad comercial y cultural. Está llena de vida, vaya. Mucha demanda y poca oferta, los terrenos por edificar son escasísimos. Sólo puede conllevar precios desorbitados, y mucho tiburón financiero e inmobiliario interesados en moverse por esos lares.

Es ahí donde se desenvuelve la banda de estafadores inmobiliarios que da título a la serie, y en la que desempeñan su pericia un grupo de personas altamente especializadas en tareas necesarias para cometer multimillonarios fraudes. Como en otras bandas de robos, atracos y estafas; hay diferentes roles que se dividen y reparten a criterio de un astuto líder. Cabeza pensante, un CEO de timos, desfalcos y engaños. En particular, el villano es un tal Harrison Yamanaka. Una suerte de George Clooney de los Ocean’s Eleven pero con estética de Johnny Depp canallesco, y sin la simpatía de estos. Un sociópata de manual, que disfruta estafando cantidades multimillonarias, pero más aún del «éxtasis del engaño». En ese aspecto recuerda al prototipo psicológico de Bernard Madoff que representaba Robert DeNiro.

 

El engaño está servido, atraer a las grandes constructoras, sus ejecutivos salivan con tan sólo imaginar la promoción inmobiliaria que podrían ejecutar en los emplazamientos que esta banda les pone de señuelo. Cuanto más grande el objetivo, mejor es la trampa. A pesar de utilizar el truco del impostor de toda la vida, logran suplantar las identidades de los propietarios para estafar a los grupos inmobiliarios. Hay mucho mimo en las cortesías, formalidades y demás en las conversaciones y negociaciones entre las partes. Algo muy característico y curioso: genuflexiones, reverencias con la cabeza a la japonesa, mucho honor y respeto. El teatro que se quiera, lo necesario para tangar de manera creíble.

Eso sí, no es tarea para el delincuente común. Se requieren conocimientos en asuntos legales, documentación y blanqueo de dinero. Es fascinante ver cómo este grupo de delincuentes de guante blanco, sin esbozar mucha sonrisa y con la solemnidad con la que los japoneses hacen de su oficio un arte, llevan a cabo su minucioso plan detallado. Aun cuando además de escenas bastante violentas, hallemos trazas de interpretaciones cómicamente bobaliconas tan típicamente en el cine asiático.

¿Por qué no convertirse en estafador inmobiliario? Vender terrenos bajo fraude documental es una técnica que ya tienen muy bien aprendida. Pero como el cine se encarga siempre de poner de manifiesto: no existe el crimen perfecto. Hay varias subtramas que complican la tocata y fuga de estos criminales en su último gran golpe. El protagonista es un gran alumno aventajado de Harrison, pero tiene una gran carga emocional y una venganza que le reconcome.

Harrison, verdadero sociópata, acumula un historial peculiar como ex yakuza e inversor financiero en la burbuja de los 1980s. Puede que sea un intelectual de los delitos, pero de líder tiene poco. Es un individualista que se sirve de los demás. Sufre de insuficiencia de logros, algo tan definitorio del capitalismo más voraz. Más que el dinero, les inquieta no alimentar el exceso de ego y no consigue apaciguar la vanidad en ningún momento. Quizá debiera aprender algo de su compatriota y protagonista de Perfect Days.

La teoría de juegos cobra vida en este último gran golpe. Como es habitual, la cooperación no es la estrategia elegida por todos. Harrison por supuesto que no, así que entre traiciones y desconfianzas, prácticamente no aguanta el ritmo ni el apuntador. A fin de cuentas, lo más complicado siempre es cómo repartir el botín e intuir quién es confiable y se cree el más listo.

Así que, para los amantes del género de las engañifas, que quede claro que no estamos estafando a nadie al recomendarles esta serie…