En tiempos donde muchas películas parecen tener miedo a incomodar, Cowgirl entra sin pedir permiso. La nueva propuesta dirigida por Miguel Llorens apuesta por un retrato áspero, humano y lleno de contradicciones sostenido por unas notables interpretaciones. Isabel Rocatti, Pep Munné y Carlos Cuevas construyen personajes llenos de silencios y verdad, en una historia que evita caer en el artificio y encuentra su fuerza en lo incómoda que resulta a veces.
La historia nos muestra la vida de Empar (Isabel Rocatti) que intenta recomponer su vida en el campo mientras lidia con heridas personales y una sensación constante de estar fuera de lugar. Mantiene un vínculo estrecho con su vaca Tona, a la que vuelca todo su afecto.
Con motivo de su estreno, Miguel Llorens, Isabel Rocatti y Pep Munné conversan sobre los claroscuros de la película, el proceso creativo detrás de unos personajes emocionalmente exigentes y la importancia de seguir apostando por un cine que no trata al espectador como alguien al que haya que darle todo masticado.
PREGUNTA ¿Cómo surge esta historia tan peculiar?
MIGUEL LLORENS: Pues surge de una confluencia. Yo pertenezco a una de las productoras que ha liderado este proyecto y desde esta productora tenemos ciertas inquietudes. Nos interesa el mundo rural, historias que ocurren más allá de las ciudades. Hemos trabajado bastante en este sentido a nivel documental o incluso también desde el punto de vista narrativo. Esta historia llegó en forma de guión que no era ni de Cristina Fernández ni mío. Es de Rafa Albert y nos pareció que tenía esos mimbres necesarios que nos sugerían ponernos con la aventura de levantar un proyecto. Y a partir de ahí empezamos a trabajarlo. Incorporamos a Cristina Fernández. Cristina y yo dirigimos anteriormente una película juntos y fue una experiencia muy gratificante. Nos pareció bastante natural ponernos a hacer esta historia otra vez juntos. Y bueno, aquí está.
PEP MUNNÉ: Fue muy bonito porque yo no los conocía a ellos y vinieron a buscarme sin necesidad de hacer audiciones, que ahora se hacen mucho. Me enviaron el guión, vinieron a Barcelona a comer. Comimos juntos, me presentaron el proyecto y dije que si. Ya iba a decir que si porque no tenía otra película. Pero cuando leí el guión es que me entusiasmó. El rodaje fue cojonudo porque el equipo era muy bueno. Había muy poco tiempo, 5 semanas allí entre Aragón, Cataluña y Valencia. Lo más impresionante para mi fue cuando la proyectaron en el Barcelona Film Fest. Me pareció una película deliciosa. ¡Qué película! Aparentemente sencilla, pasando de la comedia más suave al drama. Una película que te deja satisfecho, que sales del cine diciendo “¡qué bien!”. Estoy orgulloso de haberla hecho y muy contento.
ISABEL ROCATTI: Directamente me llamó Cristina, nos conocíamos como actrices. Coincidimos en una función de teatro. Más tarde, me enteré que estaba en el proyecto Miguel Llorens con el que coincidí en el 1998 con El árbol de las cerezas. Miguel estaba de director de fotografía. Y volver a coincidir con él ya suponía para mi una confianza absoluta. Aquella película me cambió la mirada del cine, totalmente.

P: Las interpretaciones son muy buenas ¿Qué tal fue el tema del casting?
ML: Estamos muy contentos con el resultado. Es verdad que no fue difícil llegar a estas conclusiones. Hay un momento en que tienes nombres en la cabeza y tal pero de repente fue todo encajando muy bien. Isabel era bastante innegociable. Necesitábamos una actriz valenciana por tema de producciones. Isabel es de origen valenciano. Yo había trabajado con ella hace muchos años en la primera película que hizo. Yo era muy joven. Isabel era mucho más joven de lo que es ahora. Fue un reencuentro estupendo. Después apareció Carlos Cuevas como una opción sobre la mesa. Fue muy generoso y aceptó un papel que para nosotros era fundamental. Es verdad que teníamos cuatro piezas muy grandes dentro de la película: Isabel como protagonista, Carlos como Ricky, Pep como Bernat y Joaquín Climent como Martín. Estas cuatro patas eran las que sostenían la historia con diferentes perfiles, sensibilidades y miradas. Que todos pudieran estar ha sido una cosa fantástica.
P: Me llama la atención la perspectiva del amor maduro que se da entre Bernat y Empar. ¿Pensáis que en el cine actual faltan más propuestas de este tipo?
ML: Yo creo que lo que faltan son referentes. Referentes de personas de más edad que, si no pasa nada, es algo a lo que llegaremos todos. Si la enfermedad no nos asalta de una forma salvaje es algo a lo que llegaremos. Y todos esos deseos, todos esos impulsos y ganas de vivir creo que es algo que nos transita durante toda la vida. Parece que cuando llegamos a cierta edad solamente servimos para cuidar a otros más jóvenes (como nuestros hijos) y que abandonamos el sentido de nuestra propia existencia. Creo que esta peli reivindica las segundas oportunidades, el deseo íntimo de perseguir la felicidad. Y, especialmente, es una reubicación de una mujer de más de 60 años que ha entregado su vida a los demás y que, de repente, se ha sentido vacía al no tener a quién cuidar o al sentir que sus cuidados no han sido suficientes para mantener la vida. Y, de repente, en este duelo que tiene que superar nuestra protagonista descubre más cosas después. Creo que es una reivindicación por la alegría de vivir.
IR: Cuando acepté el papel de Empar no era consciente del nivel de protagonismo. Pero pensé “bravo por la visibilidad hacia una mujer madura”. Y también de cómo se hace esta visibilidad, con qué ternura, qué cosas se están narrando. Maravilloso. De hecho, se habla de que Cowgirl es una película de segundas oportunidades. Estoy de acuerdo. Pero, más que una segunda oportunidad, es la capacidad que tenemos de abrirnos a la vida. Una decisión que requiere una reflexión de lo vivido, una revisión, un perdón, una aceptación. Solo así se abre la puerta a algo nuevo. Y cuando se encuentran dos personajes con un pasado en común, que dejamos en el aire, y que puede generar un cambio en ambos, implica esa reflexión. En un amor joven eso no es necesario. Lo bonito de la vida que explica la película es esto.
P: Habladme un poco de la crítica política que se hace en el film con ese alcalde totalitario. ¿Por dónde queríais ir?
ML: Me gusta que me hagas esta pregunta porque, casi desde los primeros dossiers que hacíamos, yo decía que esta película es, de alguna forma, una película política también. No solo por este asunto del alcalde que comentas. También por la reivindicación del mundo rural y el significado que tiene en nuestra sociedad. Creo que ese activismo, de alguna forma ambientalista si quieres, era lo importante que queríamos plasmar. Es verdad que el alcalde es como el paradigma de una mirada depredadora con la que se mira a veces al mundo rural. Yo en realidad soy más benevolente con el alcalde. En la película, internamente, somos más benevolentes. Lo que pensamos es que él está haciendo todo lo posible por salvar su pueblo, no es mala gente. Está haciendo todo lo posible, lo que quizás su mirada podríamos decir que está equivocada. Que no propone nuevas cosas, propone lo de siempre. Propone estas políticas depredadoras de gestión del territorio que solamente piensan en usar y no compartir el territorio. Quizás por eso es más significativo. Pero a mi sí que me alegra que se vea como una película con elementos políticos porque al final la vida en convivencia (y en los pueblos la vida en comunidad es fundamental) forma parte de la política.
PM: El alcalde quiere lo mejor para el pueblo. De una forma equivocada, porque la mujer ya lo pone a tono, pero su objetivo es bueno. Él quiere que aquello funcione. El personaje es cojonudo. Hacía tiempo que no me reía con cosas que no pretenden hacer reír, sino que están contando una historia que te hace reír como la vida misma. Que es lo bueno que tenía Berlanga en, por ejemplo, Bienvenido Mr. Marshall. Te ríes con ternura.

P: Respecto a la dirección de actores, estamos ante una película con muchos silencios. Da la sensación de que las miradas importan más que los diálogos. ¿Cómo lo habéis trabajado eso?
ML: No había una premeditación. Cristina y yo lo hemos descubierto a raíz de una metodología de trabajo. Es verdad que ella es actriz, entonces tiene todo ese bagaje. Yo he hecho muchas cosas como director de fotografía. Digamos que cada uno arrastramos nuestra mochila técnica y la incorporamos a nuestra vida como directores cuando hacemos equipo. Lo siento como una simbiosis. Hablamos mucho, preparamos mucho. Definimos muy bien a los personajes, los caracterizamos mucho, los pensamos en cuanto a la fisicidad también. Entonces es relativamente sencillo trasladárselo después a los actores. Es verdad que después en rodaje yo me ocupo más de la parte técnica. Estoy más en set porque ya hemos consensuado antes todo. Participamos los dos en los ensayos. Y Cristina les mantiene en el pulso necesario durante todo el rodaje. Intentamos que los actores no se escapen de lo que pretendíamos. Con todo el respeto y toda la libertad. Creemos que no podríamos estar haciendo una película sobre convivencia y comunidad sin intentar crearla. Sería un poco ridículo. Creemos mucho en eso. Y después, yo creo que hay que dejar que el propio actor construya su personaje. Es verdad que con las indicaciones que le puedes ir dando, pero yo creo que en ese sentido es muy simbiótico. Tu propones, ellos proponen, buscamos puntos de encuentro. Buscamos ideas en común. A lo mejor descubrimos cosas nuevas. Es un proceso de construcción interesante.
PM: Dirección no corría para encontrar esos momentos. La situación te lleva. Y luego hay el trabajo del actor, claro. Pero, en todas las secuencias, mi relación con Isabel se ve más cuando no hablamos que cuando hablamos. Cuando nos miramos se entiende todo. Que hay un conflicto, que hay tensión, que se quieren. Todo eso está en una mirada. O cuando yo le sirvo la comida y voy hablando. Es más lo que pasa entre nosotros que lo que estoy contando. Y la película está llena de secuencias así. Mi relación con Carlos Cuevas también tiene esas miradas, esos silencios que cuentan mucho. Por eso es un poco un western. Son gente solitaria en un mundo rural donde hay que sobrevivir.
P: Ahora que hablamos de vínculos, me viene a la mente el vínculo principal de Empar con la vaca Tona. ¿Cómo se construye eso en el rodaje?
ML: Rodar con animales siempre es complicado. Nosotros decimos que no hemos intentado que la vaca hiciera lo que queríamos, sino que nos hemos adaptado a lo que la vaca nos podía proporcionar. Porque si no, es imposible. Un bicharraco de 600 kilos es muy difícil que vaya a primera. Entonces, simplemente era adaptarse a lo que la vaca nos proponía. Después, descubrimos algunos pequeños trucos que nos enseñó el propietario de la vaca, un ganadero de la zona. Si tú a la vaca le pones con el móvil un sonido de una manada de vacas o de un toro mugiendo, la vaca reacciona a eso. Las miradas tan fantásticas que vemos de la vaca, en realidad son porque ella está atenta a este tipo de cosas. En cuanto a la relación entre Empar y Tona, Isabel Rocatti no había estado nunca con una vaca. Teníamos que hacer que aquello fuera totalmente creíble. Cómo se mueve un ganadero, alguien que está en constante relación con un animal así es diferente a cómo nos podemos mover tú o yo alrededor de ella. Porque no tenemos la costumbre, tenemos un cierto miedo incluso porque te pisa y te destroza el pie. La vaca no te quiere hacer nada pero se gira rápido, te da un golpe con el cuerno y te puede partir la mandíbula. Es un bicho enorme. Entonces, esa confianza la teníamos que construir. Isabel tenía que sentirse tranquila. Fueron sesiones de estar con el animal y tuvimos una suerte tremenda de que esta vaca, que en realidad se llama Canelita, fuera un bicho super pacífico. Estas vacas viven en un rebaño prácticamente salvaje, en un monte donde la ganadería es extensiva. En cambio, a Tona la amamantaron desde que era una ternerilla a biberón porque su madre murió. Está muy acostumbrada a que la toquen y, además, en el rodaje venía siempre a que la rascases. Tuvimos mucha, mucha suerte.
IR: Trabajar con un animal es estar con una disponibilidad de cambio, con flexibilidad incluso en el enfoque de la cámara. Estás ante un ser con una presencia considerable que puede moverse para un lado que no toca. Hay que estar abierta a estas cosas. Por lo tanto, actoralmente tienes dos opciones: O directamente hacerle una cruz y estar enfadada todo el día o, todo lo contrario, tomártelo como un reto interesante. Porque te permite estar abierta, receptiva, atenta. Te permite estar más presente en la escena.
P: Creo que una de las conclusiones de la película es que vamos demasiado deprisa en la vida en general. ¿Pensáis que vamos muy deprisa hoy en día?
ML: Sin duda, creo que vamos en contra del sentido de la vida. Creo que es verdad que las circunstancias nos llevan a eso y todos nos hemos lanzado a una manera de vivir muy enloquecida. No es extraño que tengamos tantas enfermedades mentales, que tengamos tantas patologías físicas por no movernos, por no caminar. Caminar a paso lento, no te digo hacer maratones. Simplemente ese vínculo con la tierra, con la gente, con los lugares que te posicionen en otro lugar mentalmente. Eso es algo que si no recuperamos pues tendremos que cambiar mucho y nuestra especie no permite cambios a corto plazo. Necesitamos miles de años para transformarnos. Es un momento de conflicto y en esos momentos se generan grandes soluciones. Tiene que haber cambios de conciencia, de una auto-percepción de qué somos, de cómo nos ubicamos en este planeta y con él. Es complejo.
PM: Una de las cosas buenas que tiene el mundo rural es que el tiempo es muy distinto. Hay una pausa, una contemplación, hay un disfrute de la contemplación que en la ciudad no existe casi. Y, sobretodo, hay esa relación con el mundo animal y con la vegetación que forma parte del entorno y de tu propia vida. Pero, sobretodo, donde incide la película es en las relaciones humanas. Y lo han contado tan bien, ya sé que me paso cuando lo cuento pero es la sensación que yo tuve, hay secuencias que son Berlanga puro. Y hay otros momentos que son Victor Erice. Todos estos directores que han contado el mundo rural tan bien, haciendo comedia o drama, están inmersos ahí. Y no pretendidamente, sino porque lo han hecho muy bien. Y, a parte, hay un elenco de actores valencianos que te mueres, maravillosos. Realmente, la película es un homenaje respecto a valorar otra vez el mundo rural y cómo es la comunión entre la gente de un pueblo. Cómo se ayudan aunque hayan roces. Se necesitan unos a otros y es un mundo que deberíamos recuperar para las ciudades también. Lo cual es más difícil. Pero ahí en el mundo rural ocurre y es positiva la película en este sentido.



