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Series que son un buen negocio (IX): la ludificación exitosa

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el juego del calamar
Ganar un premio de 33 millones de euros no es un juego de niños.

Demasiadas son ya las elucubraciones y teorías sobre El juego del calamar, la (enésima) serie del momento de Netflix. Sea su éxito más o menos efímero, es evidente que tiene bastante contenido de calidad. Más allá de una presunta fama temporal y aura de producto de mercadotecnia audiovisual.

Lo cierto es que ofrece una interesantísima perspectiva con dilemas propios de la teoría de juegos. Y una vez más tenemos la ludificación como factor y garantía de éxito. Lo de ‘gamificación’ lo dejaremos para los especialistas del marketing y su neolenguaje tecnocrático, siempre (re)inventándose términos.

Sin duda funciona a base de bien. La ludificación es un elemento que consigue ser retador, motivador para los participantes y que aporta al organizador no poca satisfacción por sádica o sociópata que sea su finalidad, como es el caso…

Suele funcionar en el marketing con los consumidores, más que bien en formación y educación estimulando a los alumnos, y como ya se observó tiene sus particulares aplicaciones en procesos de selección ideados por recursos humanos.

¿¡Quién no estaría motivado ante tal suculento premio!? Verdaderamente los jugadores han de jugarse la vida en sentido literal en cada prueba. Pero es que ninguno rehúye el envite a pesar de que la regla número tres establece que «el juego termina si la mayoría así lo decide». Ninguno podrá ni querrá renunciar a jugar y no optar a tamaña recompensa, muy a pesar del letal castigo por perder. El clásico «hemos venido a jugar».

«Jugar tiene que ser más divertido que observar», en palabras del jugador 001.

No da lugar al engaño, desde el principio es evidente que no es un juego de niños. Asimismo la serie pretende resaltar grandes aprendizajes. El dinero acaba siendo lo menos relevante, poco puede importar cuando la propia vida está en juego y hasta encontrar la verdadera razón de la propia existencia. Buena dosis de contrastes, complejidades y dilemas de la vida adulta.

En El juego del calamar van más allá de los juegos de escape o acertijos, le dan una retorcida vuelta de tuerca al evocar los juegos infantiles y vincularlos a la supervivencia. Todo ello, reuniendo a un elenco de participantes de lo más variopinto y de perfiles psicosociales complejos: ludópatas, especuladores, pusilánimes, rufianes, marginados, depresivos, egocéntricos e individualistas de manual…

Esos 45 mil millones de wons (unos nada desdeñables 33 millones de euros) son un fantástico premio por ganar, pero la razón de ser de este retorcido concurso es tan vil y maniqueo que pudiera parecer un programita de cierto canal televisivo. Compañeros, socios, rivales y enemigos para unos sangrientos juegos de patio de colegio…

La serie es cierto que puede llegar a desanimar a más de uno dada la expectación previa generada. Sus tres primeros episodios (son nueve en total) no resultan del todo impactantes como para justificar tanta repercusión mediática. No obstante, al llegar al ecuador de la serie, se alcanza el clímax de violencia y dilemas morales y personales que la hacen especial.

Particularmente interesante es el episodio sexto con ese cuarto juego de las canicas. Un juego de suma cero donde unos ganan y otros pierden irremediablemente. Básicamente como toda esta macabra competición del cefalópodo. El tercer juego de la cuerda tampoco tiene desperdicio, pero levemente menos cruel al emanar de él un espíritu de cooperación y estrategia grupal.

Y es que una vez superado el desconcierto inicial, se acaba por fomentar la estrategia competitiva y las disyuntivas de cooperar o no tan definitorias de lo que es la teoría de juegos. Tomar decisiones difíciles y acertar en la mejor estrategia para ganar y principalmente sobrevivir. Engaño, cooperación, individualismo, traición. Grandes dilemas morales para 456, y el resto de conejillos de Indias. Fenómenos que el matemático John Nash (Russell Crowe) se afanó en estudiar, como muestra Una mente maravillosa (Ron Howard, 2001).

No es necesario revelar contenido ni finales. Desde el inicio queda claro que pobres o ricos, fuertes o débiles, hombres o mujeres, jóvenes o viejos, inteligentes u obtusos; todos encuentran una motivación para participar y desenvolverse en esta cruda competición.

Los participantes e incluso los guardianes son absorbidos por el juego, como Michael Douglas en The Game (David Fincher, 1997), o Dan Aykroyd y Eddie Murphy en Entre pillos anda el juego (John Landis, 1983). Terminan envueltos en procesos competitivos de lo más surrealistas como simples piezas de un tablero de perverso divertimento.

Se puede concluir que El juego del calamar es una serie muy digna del género de supervivencia, aportando su estilo personal y esa visión surcoreana siempre tan original. Viniendo a completar la saga de Los juegos del Hambre, El Hoyo, Escape Room, 3%, Saw, La habitación de Fermat, 7 años y otras tantas. En todas ellas se aprecia ese instinto básico de supervivencia e inteligencia tan necesarias.

La ludificación es garantía de éxito, por eso engancha a participantes y a espectadores de sobremanera.

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