Conversaciones magistrales de taxi

Al abordar un taxi pueden surgirnos varios dilemas. Depende en buena medida del humor del momento, de la duración del trayecto, de la franja horaria del día… Por lo de aquello de entablar algún tipo de conversación o no. Conversación trivial, superficial, o entrar de lleno en temas más filosóficos o profundos como la situación sociopolítica. Nunca se sabe en qué tipo de espiral dialéctica se puede estar adentrando.

La situación es más o menos propicia según la fluidez lingüística del conductor, los hay puramente dicharacheros. Y por supuesto otros bien instruidos. Para muchas personas, el cuidado, la limpieza, los olores intensos a tabaco o comida, e incluso corporales, muchas veces no resultan estimulantes. El ambiente de comodidad es necesario para sentirse como en el diván de un psicólogo, en una distendida tertulia de cafetería o hasta de una de esas carísimas sesiones de ‘coaching.

No sabemos si estamos ante un asocial trastornado como Travis Bickle (Robert DeNiro) en Taxi driver, así que cierta cautela inicial es recomendable. No obstante, un tanteo mutuo que proviene desde el retrovisor. Exactamente lo mismo deben pensar estos profesionales de la conducción noctambular. Incertidumbre inicial sobre qué perfil psicosociológico se ubica en los asientos posteriores de su preciada herramienta de trabajo.

Prejuicios aparte, y obviando las controversias de si es mejor recurrir a un VTC o un servicio público de taxi tradicional. No cabe duda de que hay charlas, sea cual sea el trayecto, que merecen mucho más la pena que muchas de esas TedTalks. O que las conferencias de charlatanes profesionales de la autoyuda y la psicología positiva. El cine está repleto de fabulosas escenas que trascurren en el interior de un taxi.

Razonar con Sean Penn sobre la vida, y en particular sobre el devenir del dinero, del futuro del taxi frente a las app y otras consideraciones vitales. Eso bien vale el precio de la carrera de Dakota Johnson desde el Aeropuerto a los 50 minutos hasta su destino neoyorquino en Daddio.

 

Las app ofrecen un servicio eficiente, no siempre más económico, pero seguro y fiable, mejorando notablemente las prestaciones del tradicional taxi. Por mucho pesar que le cause a Sean Penn, y por muchos de los inconvenientes que muestra la serie sobre Über, la cual desnuda algunas lagunas evidentes de ese tipo servicio y de su algoritmo.

Incluso es entretenido y curioso dejar explayarse a su gusto a algunos conductores. En ocasiones, imbuidos por el espectro de locutor matinal de radio. Sí, aún quedan oyentes de esas emisoras de radio de argumentarios de la partitocracia, y que funcionan 24/7 en bucle. Repartiéndose aún a los conductores de taxi a partes casi iguales, siendo un cara o cruz ideológico en cada ocasión que uno se monta en este medio de transporte.

Mel Gibson desde su taxi difundía no pocas teorías de la conspiración, hasta que Julia Roberts repara en su cierta lucidez. De la locura a la genialidad hay una delgada línea, al menos en algunas disciplinas artísticas. Salirse del pensamiento tradicional, popular o dominante marcado por las líneas editoriales de las grandes fuentes propagandísticas de los partidos políticos mayoritarios implica ser clasificado como un disidente o pensador subversivo. Calificativo tan del agrado de los autoritarios de lo moral. ¿Divergente? Entonces, eres un loco paranoico. Conspiración navega entre ambas ideas. ¿Mel Gibson es un taxista que no carbura del todo o es un lúcido librepensador con un sentido crítico demasiado exacerbado? Ni una cosa ni la otra, ni todo lo contrario. De sus peroratas sobre el Nuevo Orden Mundial y los tejemanejes de la política hay algunas pinceladas de cordura y raciocinio.

 

De lo que no cabe duda es que es bien difícil dejar sin habla a un experimentado conductor, cualesquiera que sean sus habilidades educativas y su nivel de formación, expertos en el arte de la dialéctica. Por eso es meritoria la diligencia con la que Gene Hackman se muestra en una escena de El Jurado. Gran habilidad para desarmar con inteligencia deductiva, y dejar sin réplica a un veterano taxista de Nueva Orleans con ganas de cháchara. Al alcance de muy pocos.

 

A quien no se le puede rebatir ni una sola coma de su discurso y su entusiasmo, es a Jamie Foxx en Collateral. Ni Tom Cruise, en modo mercenario ejecutor, consigue amargarle la existencia y desmarcarle de su camino con motivaciones y buenas intenciones, imperturbable. Jamie tiene una filosofía de vida, un propósito vital que le inspira (y al espectador probablemente) en cada carrera de taxímetro.

 

Y dicho todo esto, si por alguna razón se está en modo ermitaño, insociable o simplemente en búsqueda de una isla de tiempo de camino a alguna parte, se puede pedir al conductor que aligere el paso y que se centre en llegar lo antes posible. Con el mítico ofrecimiento de un billetazo de no sé cuántos dólares. Y se convertirán quizás en Latifah Jones o en el famoso loco taxista francés Sami Naceri. Puede servir si no se tiene uno de esos días como para divagar sobre el estado de la Economía o la vida en general. No se quiere filosofear ni arreglar el mundo en lo que dura un paseo de pocos kilómetros. Así que siempre se puede esbozar una de esas citas tan cinematográficas: «rápido, siga a ese coche» o «arranque, rápido, vayámonos»…