‘El amor que permanece’, el lento desvanecer de un matrimonio

 

Título original: Ástin sem eftir er

Año: 2025

Duración: 109 min.

País:  Islandia

Dirección: Hlynur Pálmason

Guion: Hlynur Pálmason

Reparto: Sverrir Gudnason, Ingvar Eggert Sigurdsson, Saga Garðarsdóttir, Ída Mekkín Hlynsdóttir, Anders Mossling

Música: Harry Hunt

Fotografía: Hlynur Pálmason

Productoras: Still Vivid, Snowglobe Films, Hobab, Maneki Films, Film i Väst, arte France Cinéma

Género: Comedia dramática

Como en un álbum de fotos, El amor que permanece nos narra, a través de hechos cotidianos y momentos íntimos, el fin de un matrimonio y la vida de la familia durante ese tiempo. Fiel a su estilo, Hlynur Pálmason (Godland, Un blanco, blanco día) crea un relato líquido en donde el detalle más pequeño dialoga con la naturaleza más imponente.

Pálmason juega con la idea del fin del amor y del duelo amoroso para hablar de sentimientos tan humanos como el despecho, el odio, la frustración o la soledad. El director nos coloca en ese momento en que todo ha acabado pero todavía no es evidente, en donde el desamor lo va impregnando todo con una pátina de final, de tristeza y alivio. El amor que permanece no quiere ahondar en las miserias de un matrimonio fallido ni mostrar las entrañas del fracaso, prefiere crear un mosaico, un tiempo poético, de los muchos momentos en que una relación se desvanece y la vida toma otra forma.

Así pues, Magnús (Sverri Gudnasson), apodado cariñosamente Maggi, encarna el hombre abandonado incapaz de entender lo que sucede a su alrededor, como los gallos que tiene Ída (Ída Mekkín Hlynsdóttir) la hija mayor del matrimonio. Despechado y frustrado, intenta reconstruir una relación más que acabada mientras que Anna (Saga Garðarsdóttir) por su parte, recurre a su arte para explicarse a si misma qué está pasando.

A través de escenas cotidianas que ansían atrapar el momento, como si se tratara de recortes de una vida, de fotos tomadas en una tarde de verano (islandés), del recuerdo y la melancolía de un pasado feliz, el tiempo pasa inexorable, marcado por la imagen estática de un espantapájaros a caballo entre una creación artística y un caballero medieval que nos muestra, inmóvil, cada una de las estaciones del año.

Pálmason experimenta en lo narrativo con una capacidad magistral para contar el tiempo desde lo estático y aunque sea una obra a veces contemplativa, buscará en cada plano, en cada decisión de montaje, mantener la tensión dramática, como en la escena con los gemelos cogiendo el pescado partido por la mitad, la imagen de la explosión del artefacto o en el accidente de la avioneta.

El director ya ha apelado a la naturaleza anteriormente para explicar lo frágil que es la vida frente a lo imperturbable del paisaje, pero aquí, a diferencia de Godland, por ejemplo, aunque el entorno sigue siendo impasible al drama, no resulta tan asfixiante ni aterrador, sino mucho más luminoso, hermoso incluso, funcionando como testigo principal de que lo único que permanece es el espacio natural. El tiempo eterno.

Asimismo, como en sus obras anteriores, recurre también a lo simbólico y a lo onírico para subrayar a cada personaje, sus dudas, sus miedos, el sentido de su existencia. A medida que la película evoluciona y el desamor ocupa cada uno de los recovecos de la narración, el paralelismo entre aves y humanos, agresivos en el caso de Bibbi-Maggi o protectores en el caso de la oca; la idea de vida y de muerte y lo cerca que están la una de la otra, a través de los peces, vivos y muertos, los polluelos y las alitas a la barbacoa; o el matrimonio como algo corrosivo a través del arte de Anna (que són piezas del propio Pálmason), van ganando presencia hasta el punto que la historia llega a desdibujarse, aunque, afortunadamente, no se pierde en el delirio.

Una de las relaciones simbólicas más evidentes es, precisamente, la del gallo Bibbi con Maggi, en la que se pasa de la comparación entre dos seres en competencia con los demás y solos frente al mundo, a la identificación total, en la que incapaces de reprimir su agresividad (es su naturaleza, dice Ída) luchan por su lugar en el mundo aniquilándose el uno al otro.

El director, pues, crea una historia íntima y universal en la que el final del amor, la soledad del hombre y la incapacidad de retener los momentos felices conviven con un entorno que marcha imperturbable como el bulldozer que al principio de la película destruye por completo, a modo de aviso, el taller de Anna.

El_amor_que_permanece_gemelos
Fotograma de El amor que permanece (foto: Elastica Films)
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LO MEJOR: CÓMO SE CUENTA LA HISTORIA A TRAVÉS DE LA FOTOGRAFIA
LO PEOR: LOS PASAJES ONÍRICOS DE LA SEGUNDA MITAD
7