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Abogado del diablo (II): En defensa de los remakes

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Volvemos a analizar lo mejor que tiene lo peor del cine. Es el turno de los remakes

Ha llegado la hora de volver a meternos en el fango. Ha llegado la hora de volver a hacer de Abogados del Diablo y de continuar esta delirante cruzada quijotesca por sacar lo bueno dentro de lo peor. De ver gigantes en lugar de molinos de viento para analizar los aspectos positivos y meritorios dentro de aspectos tremendamente repudiados de la pequeña y gran pantalla. Ahora toca defender a los remakes, que como abogados sería el equivalente a defender a un asesino en serie al que han pillado con las manos cubiertas de sangre.

Defender a los remakes no es tarea fácil. Y a más de uno os escocerá. Todos conocemos sus pecados: mancillan la esencia del original y cuando no traicionan la historia en la que se basan se la cargan por completo tratando de innovar.

También sabemos que hay remakes que, como si de oasis en el desierto se trataran, llegan a superar a la original. Ahí tenemos ejemplos para quitarnos el sombrero como Primera plana (1974) de Billy Wilder que va un paso más allá que Luna nueva (1940) de Howard Hawks; Scarface (1983) de Brian de Palma que nos ha calado mucho más que la versión de – otra vez Howard Hawks -; o el ejemplo paradigmático que supuso Ocean’s Eleven (2001) con respecto a su versión de 1960. Y si decidimos mirar a la pequeña pantalla tenemos a House of Cards (US) o a The Office (US), que por muy de culto que se hayan convertido sus versiones británicas, quedan ensombrecidas frente a la potencia norteamericana. ¿Entonces?

Los remakes sufren de la misma dolencia que las secuelas: no son capaces de evitar la sombra que les lanza las películas originales. Se está fresco a la sombra. Y aun así, aparentes horrendos fílmicos como Godzilla (1999) o La Momia (2017) tienen puntos para admirar:

Efectos especiales: Sí, hay cierto encanto en los efectos visuales pasados de rosca. El que en el film original de Godzilla de 1954 el monstruo fuese un actor con un disfraz saca una sonrisa. Y aunque se me haga difícil sacarle su lado bueno a la versión de 1998, cuyos efectos ya cojean sin remedio hoy, hay que admitir que los efectos especiales cumplen una función inmersiva fundamental.

Desentierran a las obras originales: Es quizá un daño colateral y que no siempre juega a favor de los productores del remake. Pasó con la reciente Suspiria de Luca Guadagnino y Dakota Johnson, que sirvió para rescatar del abismo para el público general la versión original de 1977 de Argento. El estreno de una revisión de un film anterior invita inevitablemente a la comparación con el original, y con ello se seduce al espectador a descubrir películas que de otro modo no hubiese conocido.

Actualización de conceptos: For the times they are a-changin’, diría Bob Dylan. Las preocupaciones que nos quitan el sueño como sociedad evolucionan, y conceptos en los que construían las historias las películas originales quedan quizá desfasados con el tiempo. Uno de los aciertos más sonoros en este aspecto vino con El origen del planeta de los Simios (2011) que redefinía el clásico de ciencia ficción de 1968. Si bien en la original el clímax de la historia llega con el descubrimiento de que el fin de la hegemonía del ser humano vino por las guerras – entendidas en un contexto, el de los 60, en donde la crisis nuclear y el sistema bipolar de potencias llenaba mentes y titulares – en la revisión de 2011 se hace especial hincapié en que fue la falta de moral y límites en la ciencia y las epidemias lo que causó nuestra perdición, algo que encaja mucho más con nuestro imaginario actual.

Posibilidad de redención: En nuestra obsesión por mantener una dieta de nutrición nostálgica solemos olvidar los no pocos tropiezos que abundan en las versiones originales de muchas películas. Y es que un remake no sólo sirve para mejorar los efectos especiales, redescubrir clásicos o actualizar sus mensajes, sino que también ayudan a arreglar fallos habituales de su primera versión. ¡Nadie nace sabiendo! Fallos de continuidad, desaciertos en el ritmo, conceptos poco aprovechados o desperdicio de giros argumentales. Un remake debería servir para levantar nuevas paredes sobre unos cimientos conocidos. Así se explica el acierto de la última revisión de El libro de la selva por Disney o It (2017), una cinta que por cierto, ayudó a redescubrir su versión original de 1990.

Con esta nueva edición de El Abogado del Diablo quizá consigamos retener algún que otro resoplido cuando se anuncie el enésimo remake de turno.

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