‘El príncipe de Nanawa’, (momentos de una vida, y una cámara)

 

Título original: El príncipe de Nanawa

Año: 2025

Duración: 212 min.

País: Argentina, Paraguay, Colombia, Alemania

Dirección y guion: Clarisa Navas

Reparto: Ángel Omar Stegmayer Caballero

Fotografía: Clarisa Navas, Lucas Olivares

Montaje: Florencia Gomez Garcia

Productoras: Gentil cine srl, Tekoha audiovisual (PY),
Invasión Cine (COL), Autentika films (ALE)

Distribuidora: Cineteca Madrid

Género: Documental

Crítica en Letterboxd

¿Cuando una película es épica? No me refiero al famoso género cinematográfico de la épica, sino cuando una historia se siente más grande que cualquier otra. Muchos espectadores y cineastas piensan que para ello, se necesitan grandes presupuestos y secuencias alocadas, pero a través de un documental intimista se puede replicar lo más importante: la historia.

Clarisa Navas, de manera accidentada, coge el concepto que Richard Linklater propuso en la ficción con su ‘Boyhood’, o hasta Jonás Trueba en su épico docu-ficción ‘Quién lo impide, al mostrar el crecimiento de uno a varios niños a lo largo de los años hasta la adultez, y decide llevarlo más allá. Esto no solo se aplica a la extensa duración – 212 minutos, que no se hacen pesados y se sienten justificados, al lenguaje documental y al contexto social, sino a la propia relación que tiene el crecimiento con la cámara, o en este caso, un lenguaje digital que se ha vuelto universal.

Clarisa, Lucas y Liz, llegan a Nanawa – un pueblo que hace frontera entre Uruguay y Paraguay – con la intención de grabar un documental socio-político sobre la identidad que a los Paraguayos se les ha arrebatado al ser obligados a adaptarse a la cultura y lengua argentina. Es de ahí, cuando conocen a un muchacho muy astuto llamado Ángel, quién no solo ofrece un punto de vista muy interesante a través de sus ojos de inocencia, sino que posee ingenio y humor. De manera casual y sin saberlo, este niño se convirtió en ese momento, en el protagonista del documental, su vida.

Lo que empieza como un documental social – que al final se acabó estrenando como una serie titulada ‘Mujeres entre fronteras’ como mencionan – acaba convirtiéndose en el diario del crecimiento de un chaval, mediante estas quedadas con el equipo. Clarisa, Lucas y Liz, en vez de realizar un documental tradicional sobre el crecimiento de un niño paraguayo, inmortalizan registros de una relación cercana entre el chico y el equipo.

En todo momento son conscientes de que están la cámara, y es el instrumento perfecto para poder reunirse unas cuantas veces al año. A diferencia de un documental social e intimista como ‘Historias del Buen Valle, la cámara no es el testigo ni el visitante, sino el inmortalizador a través de los pixeles de una amistad real entre niño y adultos.

También cabe destacar cómo es que las grabaciones en móvil, que Ángel realiza en su infancia como regalo lleno de ilusión para sus amigos. No solo el píxel, sino el lenguaje audiovisual, muestra cómo es que ha avanzado la comunicación de la generación Z. Esto es sobre todo más notorio tras el intermedio, y el inicio de la segunda parte, que muestra la pandemia del COVID, como una aceleración obligada al cambio social, personal, psicológico y digital.

El príncipe de Nanawa', de la argentina Clarisa Navas, tiene su estreno  mundial en el Visions du Réel de Suiza - Programa Ibermedia
Fotograma de ‘El príncipe de Nanawa’ (Foto: Gentil)

Si la cámara de cine es el testigo diario, de esa relación tan tierna y llena de cariño de Ángel con los cineastas, es en el píxel donde uno puede ver la evolución del tiempo y el cambio de la comunicación. Una vez que este no se encuentra presente, es cuando uno se da cuenta de que Ángel se está convirtiendo en un adulto. Ángel fue un niño tan vivo, tan divertido y lleno de amor, que obligó el regreso de los propios cineastas cada cierto tiempo para comunicarse con él. Es en ese diario donde uno puede ver las dudas, sueños, deseos y aprendizajes de este chico, mediante conversaciones reales e íntimas con sus respectivos mayores.

Sin embargo, a medida que avanzaba en su adolescencia, se ha visto obligado a crecer demasiado rápido, y hasta mancillar su inocencia. En sí, de ahí se explicita una culpa de que ya no puede ser ‘El príncipe de Nanawa‘, porque tiene miedo de no solo ir hacia un rumbo distinto del que tenía expectativas cuando era niño, sino decepcionar al equipo cinematográfico. Estos en sí no los juzga, pero sí muestran una enorme empatía hacia él.

En esa segunda parte, marcada por el COVID, aunque también como consecuencia de todo los eventos traumáticos que precedió a su entorno, es donde uno puede ver el cambio radical. Esto no solo se aplica a lo físico ni al lenguaje, sino también en lo psicológico, peor hay algo que nunca abandonó a pesar de todo: el amor. Está abierto a cada uno de los espectadores sobre si Ángel acabó bien o no, pero nunca le faltó el amor, a pesar de las dificultades sociales, amorosas y laborales.

En sus 3 horas y media de metraje, no solo Ángel, sino también los cineastas que son personajes claves, y hasta el propio espectador, acaban atestiguando un viaje de crecimiento e identidad. Ángel, tal vez haya tenido que ser obligado a madurar demasiado pronto, a diferencia de muchos jóvenes de la generación Z, pero en el fondo nunca abandonó su corazón. Ya se lo comenta a su hijo: espera que la película de su vida, sirva de aprendizaje para él. Claro que se meterá en problemas, y habrá muchos momentos difíciles, pero nunca faltará ese amor incondicional por su familia, el de enfrente, y la vida.

Clarisa Navas, y el equipo que la acompañó en ese rodaje tan intimista – Lucas Olivares y Liz María Hedo -, no han realizado un documental, han hecho un testimonio puro y real de la vida misma. Este diario no aplica el lenguaje cinematográfico tradicional en el género, pero se convierte en un bello, duro y real retrato sobre el crecimiento.

Ángel vive, ama, ríe, llora, aprende, se decepciona y crece, y lo mismo se aplica a los cineastas que le acompañaron, y al propio espectador que haya sido testigo de este viaje. Junto a ‘Historias del Buen Valle’ de José Luis Guerín, estamos ante el mayor milagro documental de esta década. Una obra maestra que recoge una vida y una generación.

El príncipe de Nanawa», de Clarisa Navas, Mejor Documental Latinoamericano  en el Festival de La Habana | GPS Audiovisual
Fotograma de ‘El príncipe de Nanawa’ (Foto: Gentil)
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LO MEJOR: EL ENFOQUE INTIMISTA Y PERSONAL QUE CLARISA NAVAS DECIDE DARLE AL ÉPICO PERO ÍNTIMO CRECIMIENTO DE ÁNGEL, Y CÓMO HACE USO DEL CINE DIGITAL PARA MOSTRAR EL PASO DEL TIEMPO
LO PEOR: AL NO DISPONER DE UN ESTRENO COMERCIAL POR SALAS ESPAÑOLAS, MUCHOS SE QUEDARÁN SIN VER ESTE PODEROSO TESTIMONIO CINEMATOGRÁFICO
9.5