Con el reciente estreno de la nueva película de Spider-Man, la hiperconectividad en el cine vuelve a situarse en el centro del debate. Como ha ocurrido con tantos estrenos recientes de Marvel, su llegada ha venido acompañada de una pregunta que se ha convertido en un ritual para muchos espectadores: ¿qué tengo que haber visto antes para entenderla? Esa duda, más que cualquier escena poscréditos o cualquier cameo sorpresa, resume el estado actual de cine de franquicias.
Llegas al cine un viernes por la tarde, compras palomitas y te acomodas en la butaca. Vas dispuesto a disfrutar de la última de ciencia ficción o de la secuela de esa saga que tanto te gusta. Sin embargo, a los veinte minutos de película, la trama da un giro brutal apoyándose en la reaparición de un personaje que no te suena de nada. Tu acompañante se inclina y te susurra al oído: «Para entender por qué este tío ahora es malo, tendrías que haber visto la temporada 3 de la serie animada que sacaron en streaming»
El fenómeno del «Cine como deberes» (el ya famoso Homework Cinema) ha dejado de ser una manía exclusiva de los superhéroes. Se ha extendido como una mancha de aceite por toda la industria del entretenimiento. Pero, ¿estamos ante la evolución natural del lenguaje audiovisual o frente a una fórmula comercial que está a punto de agotar nuestra paciencia? Hubo un tiempo en que la interconexión entre historias era la excepción y no la regla. Cuando una saga decidía expandirse, solía hacerlo respetando la autonomía de la gran pantalla. Entrabas a la sala sin saber nada y salías habiéndolo entendido todo. Hoy, en cambio, la necesidad enfermiza de las grandes productoras por alimentar sus plataformas de streaming ha borrado las fronteras y nos ha dejado un panorama desolador.
El epicentro de esta locura, cómo no, está en la casa Marvel.
El caso de ‘Spider-Man: No Way Home‘ fue la prueba del algodón: ya no bastaba con seguir la saga del arácnido actual. La película te exigía llevar en la espalda el equipaje de dos décadas de cine. Para entender qué pintaban allí Tobey Maguire y Andrew Garfield, o por qué aparecían de pronto los villanos de sus franquicias anteriores (como el Duende Verde o el Doctor Octopus) necesitabas haberte tragado siete entregas previas de tres etapas distintas. Si te faltaban esas quince horas de «formación», no es solo que te perdieras el impacto emocional, sino que el clímax de la película se convertía en un galimatías absoluto mientras veías a media sala aplaudir en la penumbra a gente que a ti no te decía nada. Y la jugada se vuelve aún más perversa en ‘Doctor Strange en el multiverso de la locura‘, donde debes incluso saltar de formato. Ya no basta con pagar la entrada en taquilla, si quieres entender algo, la película te obligaba a estar suscrito a su plataforma de streaming y haberte tragado los nueve episodios de la serie ‘WandaVision‘. Sin esos deberes hechos en la pequeña pantalla, es del todo imposible descifrar por qué Wanda ha cambiado, de la noche a la mañana, de heroína afligida a psicópata multiversal.
Pero esta plaga no se ha quedado en los superhéroes, en el universo de Star Wars, la pantalla grande ha pasado a un lugar muy, muy lejano. Si no estás al día con las múltiples temporadas de ‘The Mandalorian’, las tramas de ‘Ahsoka‘ o la densidad de ‘Andor’, buena suerte intentando descifrar el contexto de la próxima película. Pero cuidado, porque para comprender (y disfrutar, si no es mucho pedir) ‘Ashoka’ necesitas saber cómo termina ‘Revels’, ¿menudo lío, no? Y en el MonsterVerse la cosa no mejora, porque Godzilla y King Kong ya no se lían a tortazos simplemente porque sí, sino que entrelazan sus taquillazos con series de televisión que te ves obligado a tragar si quieres saber de dónde sale el nuevo prototipo tecnológico de turno. Hemos cambiado la magia de la sala por la servidumbre de la suscripción.

Llegados a este punto, toca abrir el debate incómodo que esquivan los despachos de Hollywood: ¿de verdad podemos decir que una película es buena si es incapaz de explicarse a sí misma?Un guion bien construido jamás debería necesitar apéndices, notas al pie, ni tutoriales de YouTube. El cine de entretenimiento clásico siempre entendió que los guiños entre entregas eran un premio para el fan acérrimo, nunca una muleta para tapar agujeros de guion o una artimaña de ventas. Cuando una historia exige que recuerdes un detalle emitido en el episodio cuatro de un producto secundario para que su clímax emocional funcione, no hay genialidad narrativa, hay un informe de contabilidad disfrazado de ficción.
Al subordinar el conflicto dramático a la acumulación de lore y referencias cruzadas, las películas pierden su ritmo, su atmósfera y su independencia artística. Se ruedan escenas cuyo único propósito no es aportar nada a la historia que estás viendo, sino dejar un gancho para el contenido del año que viene. La obra deja de ser cine y pasa a ser un tráiler de dos horas por el que, además, has pagado tu entrada.
Durante un tiempo, la industria confió ciegamente en el famoso FOMO (Fear Of Missing Out, o el miedo a quedarte fuera de la conversación social) para arrastrar a la gente a las salas. Si no veías la película el fin de semana de estreno, no podías entrar en Twitter (ahora X) ni hablar en la máquina de café. Sin embargo, las fluctuaciones recientes en la taquilla demuestran que el espectador casual simplemente ha decidido bajarse del barco. Cuando ir al cine requiere ponerse al día como si fuera una asignatura pendiente, el precio de salida se vuelve altísimo. Y mientras algunas secuelas sobrecargadas de equipaje previo sufren para llenar salas, las propuestas autocontenidas encuentran un público enorme y profundamente agradecido por la sencillez del formato tradicional.
Si me preguntas a mí, la conclusión es tajante: sí, esto ha llegado a ser demasiado.
El cine comercial ha tensado la cuerda hasta rozar el agotamiento intelectual del público. Convertir la asistencia a una sala en un trámite administrativo le quita al cine su cualidad más valiosa: la capacidad de maravillarnos de forma inmediata, democrática y sin condiciones previas. No se trata de demonizar las sagas ni de prohibir que los universos se expandan, pero un modelo que prioriza alimentar catálogos por encima de contar una buena historia individual termina destruyendo al propio producto.
Por suerte, parece que la industria empieza a notar los primeros síntomas de esta resaca y amaga con redirigir el rumbo hacia producciones más independientes. Es un paso urgente y necesario. El gran cine de espectáculo no tiene por qué morir, pero necesita recordar que los mejores universos compartidos no son los que te obligan a verlo todo, sino los que consiguen que quieras verlo todo. Hay una diferencia abismal entre ambas cosas. La primera es una estrategia de marketing agresiva, la segunda es pura magia cinematográfica. Nos sentamos ante una película para emocionarnos y vivir un viaje completo, no para validar una lista de tareas pendientes. El mejor regalo que Hollywood puede hacernos no es ponernos deberes para casa, sino volver a entregarnos, sencillamente, una gran película.


