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“El gran Lebowski”, centauros de bolera

Hablamos de El gran Lebowski, la mítica comedia de Los Coen, y de cómo consigue convertirse en la perfecta heredera del western crepuscular.

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Fotograma de 'El gran Lebowski' (1998) de los hermanos Coen

La escena inicial de El gran Lebowski de los hermanos Coen siempre me ha maravillado. En esta, observamos como un estepicursor (sí, he tenido que buscar en Google el nombre del mítico matojo de los westerns) rueda a través de las calles de Los Ángeles acompañado de un canción country que bien podría ser el tema principal de una película de John Ford. Se genera aquí un anacronismo. ¿Cómo ha llegado esta planta a este espacio y este tiempo que no le corresponden? Tenemos que preguntarnos de donde viene o, incluso, qué busca. Podemos entender a este matojo giratorio como una cicatriz, una marca en el presente que nos remite a un pasado.

Supongo que es fácil que este elemento nos recuerde al western. Al fin y al cabo tendría sentido entender que la planta huye de allí, de un género ya muerto en su representación más pura. El inicio de El gran Lebowski me evoca por lo tanto al western crepuscular, a ese conjunto de películas que se despiden de un paradigma de héroe que ya no puede existir. Podríamos fijarnos en Centauros del desierto de John Ford y en cómo la trama de esta cinta se construye sobre el sinsentido.

Ford es consciente de que el propio contexto histórico (tanto intrínceso como extrínseco) rechaza ya a este llanero solitario. Quien antes era el héroe es ahora un ser extraño y, al igual que nuestra querida planta, anacrónico. El mítico final de la película es la perfecta materialización de esta idea. John Wayne se aleja de la casa siendo totalmente consciente de que, ahora que todo ha acabado, no tienen ningún sitio a donde ir. El propio arquetipo fílmico es consciente de su muerte. Ahora solo puede cavalgar en dirección a ninguna parte. Su futuro es incierto y, aparentemente, inexistente.

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Fotograma de ‘Centauros del desierto’ (1956) de John Ford

Y resalto el aparentemente porque se podría decir que los Coen prolongan (a su manera) la vida de este vaquero que dábamos por muerto. The Dude es, de alguna forma, una extensión de ese personaje olvidado, una especie de descendiente de John Wayne que, con el paso de los años, llegó a comprender que no se puede ser un nómada eternamente. Entendió que su naturaleza heróica ya no existía, que simplemente era un tío más. The Dude es un cowboy que ha comprendido que no puede serlo, que lo único que quiere es jugar a los bolos, fumar porros y beber white russians.

La jugada maestra de los hermanos Coen llega cuando deciden que su protagonista, que ya ha renunciado históricamente a la idea de ser un héroe, debe volver a serlo. El gran Lebowski invierte el esquema básico del western crepuscular, creando así su antítesis. El universo que rodea a The Dude le intenta convencer de que su presencia es totalmente necesaria, de que lo último que puede hacer es quedarse en casa. Durante la escena introductoria, el narrador nos deja claro que, por mucho que ya no hubiera lugar años atrás para personajes como el de John Wayne, “a veces surge un hombre que es simplemente el indicado para ese lugar y ese tiempo, que encaja perfectamente”.

Realmente son muchas las similitudes entre Centauros del desierto y El gran Lebowski. La más evidente es esta necesidad de los personajes por adaptarse a un ambiente que quiere de ellos justamente lo que no son. Pero las hay más concretas, como el hecho de que ambos protagonistas tengan como objetivo rescatar a una mujer de un secuestro y el sinsentido que este supone. En el primer caso, es el propio contexto el que lo señala. En el segundo, el propio The Dude. Es el propio héroe el que se da cuenta de lo ridículo que resulta encontrar épica en la contemporáneidad.

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Fotograma de ‘El gran Lebowski’ (1998) de los hermanos Coen

Aunque el protagonista acabe entrando en esta dinámicas heredadas del western, los propios Coen serán los encargados de “desromantizar” todo lo que ocurre. Lo que antes eran peligrosos bandidos y comanches ahora no son más que directores porno, nihilistas integrantes de bandas de pop-techno y niños de primaria con problemas de comunicación. Los duelos a vida o muerte son partidas a los bolos y los heróicos cowboys, veteranos de la guerra de Vietnam con problema de control de la ira. Ni siquiera la muerte puede ser motivo de solemnidad.

Es evidente que The Dude no es el clásico llanero solitario. Tampoco es El gran Lebowski un western como tal. Pero es el ejemplo perfecto de cómo los géneros son como la materia. No mueren, solo se transforman. Toman otras formas para mantenerse con vida, por mucho que eso signifique sacrificar su esencia. Nuestro narrador, viva imagen del cowboy clásico, deja claro que no entiende algunas cosas de The Dude. No comprende su nombre y odia que utilice un lenguaje tan soez. Pero no puede evitar sentirse feliz al saber que esa figura, aún ser imperfecta, mantiene vivo su legado. “The Dude persiste”, dice él. “No sé a vosotros, pero a mi me gusta saber que The Dude anda por ahí”.

De forma imperfecta y contradictoria, el pasado del cine se mantiene vivo de generación en generación. O si no que se lo pregunten al futuro hijo de Lebowski. ¿Qué papel le tocará jugar? ¿El de demandado héroe o el de desterrado mesias? Sea como sea, lo que está claro es que, como dice nuestro narrador, “esta es la forma en la que la comedia humana se perpetua a sí misma”.

 

 

 

 

 

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