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De cuando los italianos cambiaron el Colt por la Thompson

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A lo largo de las décadas de 1960 y 1970, la industria cinematográfica italiana centró la mayoría de sus esfuerzos en cultivar el subgénero exploitation, que tenía como principal objetivo copiar películas americanas de género obteniendo la mayor rentabilidad posible en el mercado europeo. Estas obras se caracterizaban por el corto lapso de tiempo en el que se rodaban y por sus limitados presupuestos y medios técnicos. Algunas de estas cintas, especialmente los spaghetti western, son hoy consideradas obras de culto vintage que cuentan sus fans por millares.

A raíz del fenómeno de la Trilogía del Dólar que desencadenó Sergio Leone, quedó evidenciado el potencial económico (y en segundo plano, artístico) del género de imitación. A partir del año 1964 se empezaron a estrenar westerns de producción europea rodados en España o en los estudios Cinecittá de Roma a un ritmo abrumador que fue el resultado de una suerte de producción automática en cadena. La calidad de estos productos es variable, y el subgénero fue de lo serio y digno (Leone, Corbucci, Sollima, Castellari…) a lo jocoso punk (Giuliano Carmineo y Gianfranco Parolini). Si bien en un inicio existía una voluntad de homenajear el western clásico norteamericano, el paso de los años y la aparición de Terence Hill primero y de Bud Spencer después, condujeron a una penosa deriva hacia la comedieta estúpida que erradicó de un plumazo el interés del público.

Sin embargo, la actividad underground del plagio al yankee también se extendió a otros géneros como el de terror o el bélico. En muchos casos, los artistas que se dieron a conocer gracias a su participación en los spaghetti westerns fueron luego los artífices de estas transposiciones temáticas. Algunos ejemplos son los actores Klaus Kinski, Gianni Garko y George Hilton. Estos tres intérpretes alcanzaron el estrellato moderado en Europa después de haber protagonizado películas del oeste (Tanto Gianni Garko como George Hilton interpretaron al popular pistolero Sartana). Un croata, un uruguayo y un alemán entran en una película italiana. Parece un chiste, pero simplemente es una graciosa muestra de la internacionalidad que fue característica de la exploitation europea.

George Hilton Western Spaghetti Italiano
George Hilton

También hubo directores de género exitosos que cambiaron (o compaginaron) el western por el cine bélico y de aventuras. El mismísimo Enzo G. Castellari (autor de culto donde los haya) firmó dos spaghetti combat (que así se llaman las películas de este subgénero), siendo Aquel maldito tren blindado (1978) el más exitoso de ellos (además de una película enormemente influyente en la filmografía de Quentin Tarantino). Incluso Gianfranco Parolini (mítico director de la trilogía de Sábata) realizó (bajo pseudónimo) la muy estimable y divertida Cinco para el infierno (1969), cinta para la que contó con Gianni Garko y Klaus Kinski, y que es también una clara antepasada directa de Malditos Bastardos (Quentin Tarantino, 2009).

Muchas de estas películas se hicieron a la imagen y semejanza de la exitosa (y norteamericana) Doce del patíbulo (Robert Aldrich, 1967). Así pues, los spaghetti combat recogían el Late Motiv de esta cinta y solían estar plagadas de descarados (y descarriados) soldados norteamericanos (aunque hablaran en italiano) que encontraban la redención a través del valor en combate. Aparte de la ya mencionada obra de Parolini, probablemente el exponente más claro de este paquete de características sea la interesante El dedo en la llaga (Tonino Ricci, 1969), protagonizada por Klaus Kinski y George Hilton. A pesar de las claras carencias de estas cintas, podemos encontrar momentos de brillantez técnica (y ocasionalmente artística) en la realización de algunas escenas de acción.

cinco para el infierno cine italiano
‘Cinco para el infierno’ (Gianfranco Parolini, 1969)

Evidentemente, ninguna de estas piezas es una obra maestra (ni tuvieron pretensión alguna de serlo), pero en su conjunto integran una bonita y simpática foto del cine comercial europeo de aquella época. Unos tiempos en los que el espectador medio era más cándido que analítico, y en los que entretener a las multitudes expectantes era el objetivo último del realizador artesano y pícaro. Probablemente se podría argumentar que este subgénero fue concebido en torno al engaño, pues el objetivo principal de estas producciones era hacer pasar las obras por norteamericanas. Sin embargo, habiendo pasado el tiempo, y permitiéndonos algo de romanticismo circense, ¿qué es el cine sino un gran engaño?

 

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