Digger Rockwell con una herida en la frente y traje granate en un fotograma de Digger
La transformación de Tom Cruise como Digger Rockwell en Digger.

‘Digger’, el fallido intento de Iñárritu de ser Lanthimos

 

Título original: Digger

Año: 2026

Duración: 128 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Alejandro G. Iñárritu

Guion: Alejandro González Iñárritu, Alexander Dinelaris, Nicolás Giacobone, Sabina Berman

Reparto: Tom Cruise, Riz Ahmed, John Goodman, Sandra Hüller, Jesse Plemons

Música: Cosmo Sheldrake

Fotografía: Emmanuel Lubezki

Productoras: Warner Bros, Legendary Pictures, M Productions

Distribuidora: Warner Bros

Género: Comedia, Drama

Crítica en Letterboxd

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Alejandro González Iñárritu lleva años haciendo del exceso una forma de expresión. Desde las historias cruzadas de Amores perros y Babel hasta los juegos entre realidad y ficción de Birdman y Bardo, su cine ha buscado que los conflictos de sus personajes expliquen algo más amplio del mundo. Esta crítica de Digger parte de una contradicción que atraviesa su nueva película: una sátira sobre el poder que termina atrapada en su propia necesidad de parecer importante.

La idea surgió al final del rodaje de El renacido, cuando Iñárritu observó los efectos del deshielo y comenzó a trabajar con Sabina Berman sobre quienes ven en la crisis climática una oportunidad de negocio. El guion, firmado por ambos junto a Alexander Dinelaris y Nicolás Giacobone, recupera así a dos de sus colaboradores de Birdman. La conexión resulta pertinente: vuelve la preocupación por el ego y por la distancia entre lo que alguien es y la imagen que necesita ofrecer a los demás.

Crítica de Digger: la sombra de Lanthimos

En este caso, ese conflicto toma el rostro de Tom Cruise, que interpreta a Digger Rockwell, un hombre extraordinariamente poderoso empeñado en salvar a la humanidad del desastre que él mismo ha provocado. Su mundo está construido a la medida de sus excentricidades, y es ahí donde la película recuerda especialmente al cine de Yorgos Lanthimos. Los grandes angulares, los espacios deformados y la extravagancia de los decorados remiten a Pobres criaturas, aunque Iñárritu ya hubiera trabajado con algunos de estos recursos. La semejanza está en cómo los reúne para retratar un universo sometido a la lógica de su protagonista.

Esta elección tiene sentido: el aislamiento del poderoso se hace visible en un entorno donde todo parece obedecerle. Sin embargo, la película agota pronto esa relación. Cada espacio, gesto y encuadre insiste en una extravagancia que ya ha quedado clara, dejando poco margen para descubrir algo más detrás de ella. Donde Lanthimos suele generar una distancia incómoda entre lo que muestra y lo que permite interpretar, Iñárritu se apresura a explicar. Su intento de acercarse a ese cine termina demasiado pendiente de sus rasgos más reconocibles, sin encontrar una extrañeza que vaya más allá de la apariencia.

Digger Rockwell abre los brazos ante el público en una sala circular con gradas
Tom Cruise como Digger Rockwell en Digger, de Alejandro González Iñárritu

Esa necesidad de explicarlo todo se extiende al discurso político. La codicia empresarial, la irresponsabilidad de los dirigentes y la pretensión estadounidense de decidir el destino del planeta aparecen expuestas con una evidencia que debilita la sátira. Hay algo casposo en presentar como una revelación que quienes controlan el mundo actúan en su propio beneficio. La película identifica el problema enseguida, pero después dedica demasiado tiempo a repetirlo, como si acumular ejemplos equivaliera a profundizar en él.

La posición desde la que se formula esa denuncia añade una contradicción que podría haber enriquecido el conjunto. Iñárritu y Cruise pertenecen a la élite de una industria que lleva décadas fabricando modelos de éxito y autoridad; la conocida vinculación del actor con la cienciología vuelve todavía más incómodo ese gesto de señalar a las grandes esferas. Nada de ello impide hacer una buena crítica al poder, pero sí invita a preguntarse hasta qué punto la película está dispuesta a incluirse en su propia denuncia. Digger parece consciente de esa tensión, aunque reconocerla acaba siendo suficiente para no llevarla demasiado lejos.

Precisamente por eso, su reflexión sobre cómo la realidad se convierte en una obra artística resulta más interesante que la caricatura de políticos y empresarios. El juego entre cine y teatro introduce una pregunta que podría ordenar toda la película: quién cuenta lo sucedido y qué cambia al contarlo. Llevar una tragedia a la pantalla implica elegir protagonistas, repartir responsabilidades y dejar experiencias fuera. Cuando sus afectados todavía están vivos, esa representación puede incluso terminar imponiéndose sobre lo que recuerdan.

Esta idea permite pensar en cómo Hollywood ha contado las guerras y construido imágenes de Estados Unidos, pero también en la rapidez con que una crisis reciente se transforma en entretenimiento. El poder de Digger encuentra aquí una prolongación más sugerente: controlar el relato supone decidir cómo será recordado el desastre. Sin embargo, la película incorpora esta cuestión como una capa más, sin conseguir que transforme lo anterior. Las ideas se acumulan y se explican, pero rara vez llegan a desarrollarse unas a través de otras.

La comedia funciona mejor cuando se permite abandonar esa obligación de decir algo trascendente. Todo lo relacionado con el gato ofrece algunos de los momentos más divertidos, porque encuentra en una situación concreta el absurdo que otros pasajes intentan imponer mediante discursos. Más irregular resulta el humor alrededor del racismo. En Una batalla tras otra o Wild Horse Nine, la burla permite reconocer con claridad la ridiculez del prejuicio y de quien lo expresa. Aquí, aunque la intención crítica se entiende, cuesta encontrar esa misma distancia. Algunos chistes parecen confiar demasiado en que la provocación resulte graciosa por sí sola.

A esa falta de equilibrio contribuye la música de Cosmo Sheldrake, cuya presencia constante y sonido áspero, por momentos industrial, refuerzan la agitación de las imágenes. Su incomodidad encaja con el mundo de la película, pero apenas deja espacio para que las escenas respiren. La ausencia de contraste acaba produciendo cansancio: todo parece reclamar la misma atención, desde un gag hasta una intervención que pretende resumir el sentido del relato.

Digger Rockwell con una herida en la frente y traje granate en un fotograma de Digger
La transformación de Tom Cruise como Digger Rockwell en Digger.

Dentro de ese conjunto, Cruise ofrece una interpretación solvente, aunque su transformación física resulta más llamativa que los matices del personaje. Las prótesis y el trabajo gestual sostienen la caricatura, sin convertirla en una de las grandes actuaciones de su carrera. Riz Ahmed encuentra algo más de recorrido y aporta variaciones que se agradecen entre tanta insistencia. Aun así, el juego de interpretar a alguien que, a su vez, representa un personaje dificulta que esos cambios tengan un peso emocional duradero.

La crítica de Digger no pasa por negar sus buenas intuiciones, sus chistes acertados o su ambición visual. Lo que le falta es saber qué desarrollar y dónde detenerse. La comparación con Lanthimos acaba dejando al descubierto una excentricidad demasiado explicada, mientras que la crítica al poder pierde fuerza cada vez que repite lo que ya había mostrado. Iñárritu quiere retratar a un hombre que necesita convertirlo todo en una demostración de su importancia. La película termina pareciéndose demasiado a él.

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Lo mejor: Los momentos de humor absurdo y la interpretación de Riz Ahmed
Lo peor: Una sátira demasiado evidente, ahogada en excesos visuales y sonoros
5.5