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‘Sueños de una escritora en Nueva York’ es un viaje nostálgico al mundo editorial

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Sueños de una escritora en Nueva York

Título original: My Salinger Year

Año: 2020

Duración: 101 min.

País: Canadá

Dirección: Philippe Falardeau

Guion: Philippe Falardeau. Novela: Joanna Rakoff

Música: Martin Léon

Fotografía: Sara Mishara

Reparto: Sigourney Weaver, Margaret Qualley, Douglas Booth, Colm Feore, Matt Holland, Théodore Pellerin.

Productora: Coproducción Canadá-Irlanda; micro_scope, Parallel Films

Género: Drama | Biográfico. Literatura. Años 90

Ficha en Filmaffinity


Los actores van a Los Angeles, los escritores a Nueva York. Joana Rakoff quiere escribir y por eso entra a trabajar a una agencia literaria como secretaria mecanógrafa. Como encargada de leer el correo personal del famoso Jerome D. Salinger, empieza a empatizar con los lectores y fantasea con responder las cartas de su puño y letra, mientras poco a poco su sueño original de ser escritora se escapa.

Es raro encontrar un papel digno para Margaret Qualley, una actriz que no elige precisamente papeles que la idealizan, de enseñar las axilas en Érase una vez en Hollywood (Tarantino, 2019), a ser sumisa queer cuero en Adam (Rhys Ernst, 2019), o bailar contemporáneo del más extraño para la publicidad Kenzo de Spike Jonze (basada en el videoclip de Fatboy Slim). Aquí encuentra un papel sensible y honesto que explota todos sus puntos fuertes. Un papel donde Qualley finalmente puede ser central como una joven de su edad de aspiraciones reconocibles.

Sueños de una escritora en Nueva York es una autobiografía, como El diablo viste de Prada, a la cual se la compara a menudo por la presencia imponente de Sigourney Weaver, un personaje que replica todos los clichés del jefe. Para Weaver este es el primer papel extenso desde Un Monstruo Viene a Verme (J. A. Bayona, 2016). Hay una vulnerabilidad sentida en su dejarse ver tan poco la última década, como si el cine ya no fuera lo suyo. Y ese par de papeles que sí hace se llenan de una sobriedad y una presencia muy propias, especialmente cuando hay escenas que ven directamente detrás de la fachada, cuando el personaje va en batín y sin maquillar.

La dirección de arte se propone hacer de la agencia un espacio de fantasía, hay un viaje al pasado mitificante y en cierta manera, la agencia es el espacio mental de Weaver. La editorial es un interior mágico donde se aparecen grandes escritores como Ágata Christie. Los ordenadores están prohibidos, y mientras que el exterior rezuma noventas, el interior tiene una calidad sesentera cálida. También las cartas parecen una ilustración de papel de pared pintado, y el chico de las cartas Théodore Pellerin también tiene ese aire imaginado que le da credibilidad para volverse el amigo invisible, a momentos única compañía de Qualley.

Sueños de una escritora en Nueva York es una inspiradora historia de vocación. La película es reflexiva y delicada, irónicamente perfecta para ver con tu gato. Tanto optimismo tiene una calidad femenina que el director Philippe Falardeau deja fluir tocado por el romanticismo analógico, y no se permite ser pedante y perderse por círculos cultos de los cócteles de poetas en Nueva York, si no más bien los desprecia. Esta es una película sobre la vocación y el amor por las letras y esto puede parecer un mensaje demasiado simplista para algunos críticos: que cada uno es responsable de su propio éxito y que no hace falta ser vistoso para ser bueno.

Salinger es un misántropo cuyos textos son la única parte de él que se deja ver. Leerle es como ser partícipe de un secreto, porque se sabe vulnerable, porque su manera de maldecir ante todo y su indiferencia ocultan su centro tierno y esa es la clave de la complicidad de leer El Guardián entre el Centeno, “Salinger es brutal, y no es nada como me lo había Imaginado”. De ello, miles de lectores conectan con Salinger de una manera profunda y eso refleja el sueño de lo que significa escribir también para Joana.

Sueños de una escritora en Nueva York tiene un idealismo contagioso que no debe dejarse perdonar, casi es necesario que demos espacio a las películas del autocuidado que permiten conectar con uno mismo des de lo universal.

Lo mejor: El papel de Qualley patoso y lúcido encarnando el retrato de la desilusión.

Lo peor: que a diferencia de lo que pueda parecer, no hay antagonismo con Weaver, ni petardeo, ni nadie viste de Prada.

Nota: 8

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