Una curiosa miniserie, de aroma vintage con más de una década a sus espaldas, basada en las peripecias de dos pícaros modernos. Buscarse la vida en América refleja el ambiente de emprendimiento incluso a nivel callejero, al puro estilo yanqui.
En los Estados Unidos además de en las prestigiosas, elitistas y carísimas Escuelas de Negocios parece cultivarse en todos los estratos sociales eso de la resiliencia al fracaso, tolerancia a la frustración, la cultura del esfuerzo y todas esas cosas que hiperventilan los fanáticos del ‘coaching’ empresarial.
Aunque no es un derroche de sofisticación sobre las etapas del emprendimiento, más bien es un enfoque sobre lo que se debe (o no) hacer para afrontar cualquier proyecto empresarial. Y es que se basa prácticamente en equilibrar las fuerzas entre la picaresca y la cándida inocencia con la que Cam y Ben se desenvuelven en su día a día para lanzar alguna de sus iniciativas comerciales.
No todos los proyectos empresariales comienzan de partida con un fabuloso capital cultural, social o financiero. Sin duda, sí hay un componente normalmente de lo más esencial para tener algo de éxito. Muchos emprendimientos parten de la ilusión, de la tenacidad y del esfuerzo de los pioneros que comienzan desde cero literalmente, y consiguen su propósito. Esa es en parte la historia de la miniserie. Gente común, con ideas, con entusiasmo y sin miedo a estrellarse, ni nada que perder. Ni siquiera quieren salir del barrio, aunque tampoco podrían, el barrio no va a salir de ellos en ningún momento durante la acción.
Estos autónomos irregulares, buscavidas, en algún momento del proceso pueden llegar a convertirse en empresarios. Principalmente por esfuerzo y perseverancia. Carecer del respaldo financiero y social de círculos habituados a desenvolverse en esto de los negocios, les aboca varios fracasos y frustraciones. Y como en la mayor parte de los capítulos, a toda sucesión de contratiempos y desilusiones. Aunque ello no les impide continuar medrando o imaginando fórmulas para conectarse en el sector, procurando contactos útiles y formas de dar a conocer su producto.
Así que entre mucho fotograma, sucesión de postales de Manhattan y las situaciones costumbristas de algunos neoyorquinos de la Gran Manzana, vemos a gente frecuentando muchas fiestas ‘underground’ de modernillos artísticos, los alternativos del lugar. Ahí buscarán colocar sus productos con catálogos, muestras y descaro a puerta fría.
Quizá ahí resida el valor de la serie. Buscarse la vida, en Estados Unidos o donde sea, no es nada descabellado. Ha sucedido siempre, en todas partes y en todos los sectores. Los recién llegados, los externos (‘outsiders’). Vemos empresarios, personajes de todo tipo de pelaje, procedencia y valores.
Cam y Ben son dos simpáticos caraduras, mercachifles más o menos curtidos en la Escuela de Negocios del Barrio. Diseñadores urbanos sin la formación específica en negocios. Por mucho que vivan en Nueva York, no han pisado ningún máster de 40.000 dólares anuales de esas ‘Business Schools‘ rimbombantes. Y lejos de contactos en sociedades secretas o llegada a incubadoras, lanzaderas o aceleradoras de ‘startups‘; van y vienen merodeando todo el tiempo al exconvicto y primo de Cam. Una suerte de mafioso de barrio que quiere dejar su pasado delictivo con una bebida energética de ingredientes jamaicanos. El Red Bull caribeño, que promocionará con mucho marketing callejero y asociándose al deporte extremo del patinaje urbano.
Evidentemente, resulta muy poco recomendable ir siempre tan al límite en todo: mentiras, problemas de última hora, inventando tan de la nada. Sin embargo, es indudable que ambos tienen la esencia de ese espíritu de emprendimiento tan yanqui. Personalizado en gente corriente con ganas de salir adelante. Incluso a baja escala. Aunque para los estadounidenses hacerse ricos ipso facto o morir en el intento, hay que llevarlo al límite. Sin aversión al riesgo ni a la sensación de fracaso.

Los capítulos y las dos temporadas, además de breves, se consumen de forma amena siguiendo las andanzas de la pandillita de oportunistas, contrabando y trapicheos varios mediante todo lo que sea menester para salir del paso y del día a día. Puede parecer improbable o hasta disparatado, pero muchos negocios empiezan de la nada, sin nada. Puede haber talento (o no), vocación (o no), pero la necesidad y la fuerza de voluntad lleva a muchos a levantar proyectos empresariales impensables.
Por lo tanto, esta historia de dos novatos creando una línea de vaqueros de diseño setentero (después de muchas otras aventurillas fallidas), no es posiblemente el ejemplo más deseable para fomentar el emprendimiento en sentido formal. Sin ninguna idea de gestión, ni plan de negocios alguno. Parece imposible, pero sucede y con cierta frecuencia. Al menos inicialmente.
Cuando el plan es no tener plan, hay que jugársela al cien por cien con la idea. Después ya vendrá el clásico problema de obtener financiación, buenos proveedores…Y cómo no, preocuparse por los canales de venta y marketing. Algo que en la segunda temporada, tendrán que experimentar a la fuerza. En eso Cam y Ben ofrecen mucho a este caso de estudio filmeconómico.
De cualquier forma, se recomienda siempre antes, contar con una estrategia previa y estructurar ideas antes en un esbozo de plan de negocio. Por mucho ‘Dream big, or go home‘, siempre será mejor que emular a estos dos simpáticos tarambanas…


