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‘Quién vio los templos caer’, cuando la mano agarre la llave

 

Título original: Quién vio los templos caer

Año: 2025

Duración: 72 min.

País: España

Dirección: Lucía Selva

Guion: Lucía Selva, Joan López Alonso

Reparto: José Fernández, Anas Derbal. Curro Albaicín

Música: Martí Valverde

Fotografía: Jan Haase

Compañías: Mubox Studio, 59 en Conserva. Les Films de la Resistance

Género: Documental. Inmigración. Familia

Crítica en Letterboxd

Existe un sentimiento entre ciertos individuos que se resisten por su tierra. Se agitan por su cultura. Reivindican su memoria. Quién vio los templos caer es el ejemplo perfecto de ello. Una interjección al recuerdo colectivo. En definitiva, a la dignificación de la historia frente a aquellos que se empeñan en explotarla, frivolizándola para venderla en paquetes de experiencias que se atreven a llamarse “auténticas”.

Quién vio los templos caer no puede ser mejor carta de presentación para una Lucía Selva que irrumpe en el panorama audiovisual con personalidad propia sin renegar de su acento. La cinta, filmada en película de 16 mm, lleva al espectador en una visita guiada por Granada de la mano de un personaje del folklore nazarí, Mariano Fernández Santiago, más conocido como “Chorrojumo”.

Autodenominado “Rey de los gitanos” y “Señor de los bosques de la Alhambra”, Chorrojumo era un caricaturesco individuo que se pasaba la vida paseando por el empedrado granadino allá por el siglo XIX. La culpa de su inmortalidad la tiene principalmente el pintor Mariano Fortuny, que atrapó a Chorrojumo en un lienzo con un traje de gitano goyesco.

En esta película, donde se diluyen los límites entre documental y ficción, Chorrojumo se encuentra con Anas, un joven marroquí que deambula por la ciudad con una vieja llave como único equipaje, en busca de la casa de sus antepasados. No hablan el mismo idioma, pero comparten el mismo dolor: la impotencia ante una ciudad que ya no reconocen.

Este largometraje es la prueba fehaciente de que un Trabajo de Fin de Grado puede dar para algo más. En la cinta de Selva, presentada en la Sección Embrujo de la pasada edición del Festival de Sevilla, realidad y leyenda se dan la mano como algo inevitable, rindiendo el guion ante la propia naturaleza de la verdadera protagonista de la trama: Granada, ciudad donde “historia” se puede entender en todas sus acepciones.

El halo de misticismo que impregna el guion se ve subrayado por una fotografía magistralmente mimada, que resalta las luces y las sombras de una ciudad que olvida cómo quererse a sí misma. Ese Paseo de los Tristes imposiblemente vacío, esas igualmente solitarias calles del Albaicín, ese irreconociblemente vaciado Mirador de San Nicolás… Uno casi se puede llegar a creer que están hechos con IA.

Pero, pese a su condición limítrofe al video-arte, el largometraje no es solo una cara bonita, porque la ópera prima de Selva tiene un objetivo, un mensaje que transmitir. Quién vio los templos caer reivindica la identidad de una ciudad, si algo así puede seguir existiendo frente a la imparable gentrificación. En estos tiempos tan hostiles en los que conseguir una foto frente a una puerta de madera es más importante que leer la placa con el nombre de quienes la cruzaban cada día.

Ahora que las camas de los oriundos las ocupan extranjeros con camisas de flores y chanclas con calcetines. Ahora que los escombros de nuestros ancestros se recolocan con Realidad Aumentada, como si el ladrillo no tuviese más valor que un guijarro molesto en el camino. Ahora, que, como narra Curro Albaicín, “los moradores que habitan esta tierra cayeron en un eterno letargo y ya no recuerdan quiénes son, ni qué lugar es este. Ahora viven en un tiempo sin historia, en un tiempo sin tiempo”.

¿Qué hace a una ciudad? ¿Sus calles? ¿Su gente? ¿Sus ruidos? ¿Sus edificios? Son preguntas que la cinta plantea sin pretender ofrecer ninguna respuesta absoluta. Porque son preguntas que quizá no tengan una respuesta correcta, y quizá, después de ver esta película, quedan más preguntas que respuestas.

Dice la leyenda que, cuando la mano agarre la llave, la Alhambra desaparecerá, y, con ella, Granada. Pero, ¿y si la ciudad ya ha desaparecido? ¿Y si somos nosotros quienes hemos visto los templos caer?

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Fotograma de ‘Quien vio los templos caer’ (Imagen: Mubox Studio)
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La poesía de las imágenes transmite más que cualquier diálogo
Su ambición contemplativa la alarga demasiado en ciertas partes
8