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Blanca Camell Galí: «Para mí lo importante es poder generar empatía, diálogo e incluso intentar romper tabúes»

El cine de Blanca Camell Galí (Barcelona, 1990) se construye a partir del deseo, la intimidad y la necesidad de explorar aquellas experiencias que nos transforman, incluso cuando resulta difícil ponerlas en palabras. Formada en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona, la Université Paris 8 y Le Fresnoy, la directora catalana ha desarrollado una filmografía que transita entre la ficción y lo documental, con especial interés por los vínculos humanos y la relación entre los personajes y el mundo que habitan.

Con Primer fuego (Primer foc), su último cortometraje, Camell Galí se adentra en la experiencia del parto y el posparto para cuestionar la imagen idealizada de la maternidad y dar espacio a emociones que todavía cuesta compartir abiertamente. Protagonizada por Bruna Cusí (Los justos), el corto parte de una vivencia personal para abordar la vulnerabilidad, el dolor físico y emocional, la culpa y la soledad, sin renunciar a la ironía ni a la búsqueda de una conexión con los demás.

Tras su estreno mundial en el Festival de Locarno, donde recibió una Mención Especial del Jurado Joven, el cortometraje llega esta semana a la SEMINCI, dispuesto a abrir nuevas conversaciones. Hablamos con Blanca Camell Galí sobre el origen de su último trabajo, el proceso de construir un personaje desde la fragilidad y la importancia de llevar al cine experiencias que a menudo permanecen en silencio.

PREGUNTA: ¿De dónde nace tu interés por dedicarte profesionalmente al cine?

BLANCA CAMELL GALÍ: Pues la verdad es que desde niña he estado muy fascinada, obsesionada con el cine. No sabía que quería ser directora, supongo, pero ya entró ahí la obsesión y nunca se fue. Era la típica niña a la que le encantaba ver películas, ordenar críticas, comprar la revista Fotogramas… O sea, estaba loca por el cine.

Después estudié Comunicación Audiovisual en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona y allí conocí otro tipo de cine. Estudié historia del cine y me quedé todavía más fascinada. Viéndolo ahora con cierta perspectiva, me doy cuenta de que en aquella época, en 2008, no sé si me atrevía a decir que quería ser directora. También fue una cuestión de referentes. En España había directoras y, por ejemplo, recuerdo mucho a Isabel Coixet. Pensaba: «¡Guau, hay una directora!». Recuerdo que una vez le pedí un autógrafo cuando era adolescente.

Supongo que llegar a la dirección es todo un proceso, pero fue con el cortometraje de final de carrera, en 2014, que codirigí, cuando dirigí un corto por primera vez. Me encantó y ya no quise dejar de hacerlo.

Es un camino muy difícil, como lo son todos en el cine, pero el de la dirección es especialmente complicado, sobre todo a la hora de poder vivir de ello. Trabajé durante una época en producción, y también he hecho otras cosas dentro del cine. Pero, desde aquel corto de la carrera en la Pompeu Fabra, no he parado de rodar. He hecho siete cortometrajes en distintos momentos y etapas. Por ejemplo, estudié un máster de cine en París y después estuve en una escuela de arte francesa donde te financiaban dos proyectos y pude hacer otros dos cortos. Es una escuela pública de arte un poco especial. Después hice otros tres cortometrajes producidos, tras mi paso por aquella última escuela.

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Bruna Cusí en una escena de ‘Primer fuego’ (Imagen: Materia Cinema)

P:  ¿Qué inquietudes crees que han estado presentes desde tus primeros trabajos y cuáles has ido descubriendo con el tiempo hasta llegar a Primer fuego?

BCG: Pues la verdad es que seguramente no han cambiado tanto. Lo que ha cambiado son un poco mis etapas vitales y la forma en que las enfoco, supongo. Pero sí que hay algo que se mantiene, y quizás sea una especie de obsesión por intentar retratar el deseo como impulso vital, como una forma de conectar con los otros, con las personas y también con el mundo.

Al principio, se trataba más de intentar capturar momentos de vida muy precisos en relación con un deseo muy concreto, más vinculado al amor. Mi primer corto, por ejemplo, trata sobre una preadolescente que siente un primer deseo amoroso por un adolescente un poco mayor y sobre cómo eso la perturba. El segundo es el de una adolescente torturada por un amor fallido, por esa sensación de despecho. Después he explorado la ruptura amorosa en otros tres cortos.

Pero siempre ha habido una cuestión de fondo: intentar conectar y trabajar esa idea de la soledad y el encuentro con el otro, y cómo la relación con el mundo real puede transformar a un personaje.

Esto último sí que ha estado presente desde el principio: me interesa mucho trabajar con lo real, en el sentido de lo documental. Me gusta filmar espacios y personas que se encuentran en un lugar de forma natural. Yo puedo ponerlos un poco en escena, pero a veces los filmo de una manera más documental. Por ejemplo, personas que son habituales de un bar, adolescentes que son amigos de verdad o, también, he filmado castells.

Ahora, con Primer fuego, también están los diablos. Siempre me gusta poner en contacto a un personaje de ficción con una realidad que existe, con los imprevistos que a veces provoca lo documental y que pueden resultar reveladores o transformadores para ese personaje. Busco encontrar algo de poesía en ese encuentro.

Todo esto está relacionado también con el deseo, que para mí es un motor de vida y de belleza, pero también una fuente de tormento y frustración. Además, ahí entran en juego cuestiones muy políticas, como los patrones de género o la forma en que nos han educado durante la infancia, muchas veces a través de mecanismos inconscientes. Esos son esos temas los que siempre me obsesionan.

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Bruna Cusi y Johann Weber en el rodaje de ‘Primer fuego’ (Imagen: Barberousse Films)

P: Primer fuego nace de tu propia experiencia personal. ¿Hubo algún momento de Primer fuego en el que la ficción te permitiera expresar algo que te habría resultado difícil transmitir de otra manera?

BCG: Sí, totalmente. Creo que la ficción da mucha libertad, incluso para revivir de otra manera cosas que una misma ha experimentado y hacerlas llegar a los demás. Podemos partir de algo personal, pero para mí lo importante es poder generar empatía, diálogo e incluso intentar romper tabúes, que es lo que he intentado con Primer fuego.

La película parte de una experiencia personal mía, pero me di cuenta muy pronto, hablando con amigas y con otras personas, de que muchas mujeres hemos vivido o hemos podido vivir algo parecido. Fue curioso porque, en otros cortos que he hecho, sí que me da más pudor hablar de cuestiones personales. Sin embargo, con este, de forma contradictoria, no sentía ningún pudor, porque pensaba que esto sucede muchísimo y se habla muy poco de ello. Me parecía algo muy necesario, incluso urgente. Me resultaba extraño que no se hablara de ello con más naturalidad.

Tengo dos hijos y la experiencia de mi primer parto fue muy diferente a la del segundo. Evidentemente, Primer fuego cuenta una historia concreta sobre lo que puede ser un parto y, sobre todo, el posparto, pero también reúne cuestiones muy complejas de la maternidad con las que creo que muchas mujeres podemos conectar. También los hombres, los padres que viven la experiencia de la paternidad. Espero que muchas personas puedan conectar con lo que he querido expresar en esta película.

P: ¿Qué crees que todavía cuesta expresar públicamente sobre la experiencia de la maternidad durante el posparto?

BCG: Yo partía de una sensación de distancia muy grande entre mis expectativas, esa imagen inconscientemente idealizada que me había construido de aquel momento, y lo que estaba viviendo realmente. Esa frase que te pueden decir de que es el momento más bonito de tu vida…

Es un momento muy complejo y transformador. Dar a luz, especialmente al primer hijo, aunque evidentemente puede suceder con cualquier hijo, implica emociones muy diversas. Puedes sentir una alegría extrema y, al mismo tiempo, un miedo profundo, vertiginoso, por muchas cosas. Si el parto no va bien, puedes llegar a sentirte en estado de shock, como disociada, sin entender lo que está pasando.

En Primer fuego entran en juego sentimientos muy contradictorios y difíciles, como la culpabilidad. El personaje siente que no está desempeñando su papel de madre como le gustaría, porque físicamente no puede: tiene una herida, un desgarro en el suelo pélvico, ha perdido mucha sangre y no puede levantarse de la cama.

Aparecen sentimientos muy difíciles y extraños, profundamente contradictorios, que conviven con la alegría y la belleza de haber dado a luz a una persona, a tu hijo o a tu hija. Pero también puedes sentir mucho miedo y mucho dolor. Y si tu pareja conecta más rápidamente con el bebé, como le sucede al personaje, también puedes sentir celos.

Todos estos sentimientos pueden resultar muy chocantes si nadie te ha hablado de ellos o si nunca has escuchado a otras personas contar que los han experimentado. También está el miedo a no recuperar tu cuerpo, a que no vuelva a ser como antes. Ese temor que siente el personaje es muy fuerte y puede resultar profundamente traumático, porque piensa que quizá su cuerpo ha cambiado para siempre.

Yo quería hablar, sobre todo, de esa distancia entre la imagen idealizada de la maternidad y la realidad del posparto, con todas sus dificultades, que son muchas. Aunque también es verdad que, desde que tuve la idea de hacer el corto hasta ahora, quizá se ha hablado más de estas cuestiones.

Lo relaciono también con mis dos partos. En el segundo ya noté cambios en el propio hospital: se acercaban a preguntarte cómo habías vivido el parto, si había algo que no habías entendido o si necesitabas hablar de alguna experiencia. Con mi primer parto no ocurrió eso. Creo que se trata precisamente de esa distancia entre una idea más romántica e idealizada de la maternidad y todas las dificultades que puede implicar el posparto.

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Fotograma de ‘Primer fuego’ (Imagen: Materia Cinema)

P: Has contado con Bruna Cusí para interpretar a Clara. ¿Qué buscabas en ella para dar vida a esta mujer y cómo fue el trabajo conjunto para construir su interpretación?

BCG: Yo admiraba muchísimo a Bruna porque me parece una actriz espectacular, con un talento extraordinario. Fue una suerte increíble que aceptara el proyecto y poder trabajar con ella. Además, es una amiga, una persona maravillosa, muy inteligente y generosa. Pero, sobre todo, es una actriz extremadamente sensible, profunda y natural.

También me interesaba mucho trabajar con ella porque sabía que tenía una vis cómica que encajaba muy bien con el tono del personaje y de la película. La película la lleva ella, y eso era muy importante. Queríamos trabajar un tono en el que Clara mantuviera cierta distancia respecto a lo que le estaba pasando y tuviera un cierto sentido del humor como forma de protegerse.

Al fin y al cabo, es una historia sobre una herida física, pero también mental, sobre un trauma. El parto ha traumatizado a Clara porque le ha provocado una herida profunda y no entiende lo que ha sucedido. Se ha sentido muy sola y abandonada, así que, al principio, se protege un poco: parece que no termina de comprender lo que le está pasando y tampoco quiere afrontarlo.

Quería expresar todo eso a través de cierto sentido del humor, como una forma de mirarse desde fuera, de comentar lo que está sucediendo como si no te estuviera pasando a ti. Bruna tiene una capacidad enorme para aportar muchísimos matices, y trabajamos mucho esa idea: movernos entre momentos un poco burlescos, en los que Clara todavía no está asumiendo lo que está viviendo, y otros en los que aparece más irónica, quizá como mecanismo de protección, hasta llegar al drama más directo.

Para trabajar la vulnerabilidad del personaje, necesitábamos recorrer todos esos matices y conseguir que también fuera una mujer fuerte. Y Bruna es increíble porque, gracias a ella, hemos podido construir este personaje que está sufriendo y que es muy difícil de interpretar. Al principio es casi pasivo, apenas habla y no se mueve. Entonces, ¿cómo pones en escena a un personaje tan pasivo y consigues transmitir que es una mujer fuerte, aunque esté atravesando un momento de enorme vulnerabilidad? Bruna lo consiguió de una forma impresionante, muy humana y muy viva. Logró construir un personaje muy potente.

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Fotograma de ‘Primer fuego’ (Imagen: Materia Cinema)

P: El cortometraje dura 19 minutos, un formato que exige condensar una experiencia emocional compleja en muy poco tiempo. ¿Cómo fue el proceso de escritura y montaje para decidir qué momentos eran imprescindibles y cuáles debían quedarse fuera?

BCG: Tanto en el guion como en el montaje final, siempre ha sido central para mí la idea de que esta es la historia de una herida física y mental que pasa por el cuerpo. Había escenas que tenían que estar necesariamente porque, aunque tampoco hay una trama muy extensa, la historia tenía que pasar por el cuerpo.

Desde el principio, ya en la escritura, tenía claro que Clara debía estar siempre tumbada en el hospital. Después, consigue sentarse en su casa y empieza a confrontar un poco el trauma, la herida. Más adelante, mira su propia herida con un espejo y, al final, llega el primer momento en el que la vemos de pie. Quería que el cuerpo estructurara la historia: pasar de estar tumbada a poder sentarse y, finalmente, ponerse de pie. Era una idea primordial que articulaba toda la película y que se ha mantenido hasta el final.

También era fundamental el momento del clímax, la escena del taxi, porque permite llegar a esa recomposición y reconexión con su propio cuerpo y con los demás. Desde el principio, quería que Clara pudiera liberar la palabra, expresar todo el trauma y que alguien la escuchara. A partir de ahí, puede empezar a vivir de nuevo y comenzar su verdadera recuperación, abandonando esa postura de pasividad y esa dificultad para afrontar lo que le ha sucedido.

Todo esto estaba presente desde el comienzo del proceso de escritura. Sin embargo, había una cuestión más complicada de desarrollar en un cortometraje: la relación de pareja. Escribimos más escenas con la pareja porque también me interesaba retratar cómo cambia una relación durante el posparto, con la llegada de un hijo o una hija, especialmente cuando es el primero. Pasas de tener unas dinámicas a otras, de ser dos personas a construir una nueva realidad como padres. Finalmente, decidimos centrarnos más en ella, en su herida y en su proceso de recuperación, así que algunas de esas escenas se quedaron fuera.

Pero es algo que tengo muchas ganas de explorar en un próximo proyecto, que será un largometraje, porque ya no quiero hacer más cortos. Me interesa profundizar en el personaje del padre, en cómo vive también toda esa experiencia y en cómo cambia la intimidad de una pareja que atraviesa una situación así.

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Blanca Camell Galí en la primera sesión de la Sección Internacional de Cortometrajes de la Seminci 2026 (Imagen: Seminci)

8. Primer fuego tuvo su estreno mundial en Locarno, donde recibió una Mención Especial del Jurado Joven, y ahora llega a la SEMINCI. ¿Cómo esperas que reciba el público de SEMINCI el cortometraje?

BCG: La verdad es que, como decía al principio, uno de mis deseos al hacer esta película era abrir el diálogo en torno al posparto. Es una experiencia universal y muy corriente, en el sentido de que muchísimas personas la están viviendo en este mismo momento. Me gustaría que la película ayudara a generar más empatía hacia quienes atraviesan esa etapa y que, como sociedad, estuviéramos más presentes y acompañáramos mejor en todos los sentidos: desde los cuidados hasta el entorno familiar y social.

Aunque no es el centro de la película, también aparecen negligencias relacionadas con un problema político y sistémico: el funcionamiento de un hospital que no cuida adecuadamente a Clara. No quería señalar a personas concretas, sino mostrar un sistema sanitario sobrecargado que no consigue atenderla como necesita. Es algo que viví personalmente y que también he compartido con otras personas. Cuando he mostrado la película, algunas me han contado que se sintieron igualmente solas durante el posparto. Me interesa especialmente esa sensación de estar en estado de shock, de sentirse perdida ante el caos que puede suponer ese momento, que también tiene cosas muy bellas, pero que es tremendamente complejo.

Por eso, cuando he proyectado la película y han surgido reacciones de personas que compartían experiencias similares, me ha parecido muy potente. Al final, cuando haces una película y la compartes con el público, es muy bonito comprobar que puede llegar a otras personas y generar diálogo y empatía. Espero que suceda lo mismo en Valladolid.

Es verdad que el final también provoca mucha sorpresa. He mostrado la película en el extranjero, en París y en otros festivales de Francia, además de Locarno, y he visto que hay algo en ese desenlace que conecta mucho con la cultura española y nuestras tradiciones: esa forma de conectar colectivamente a través de las fiestas populares. En otros países lo viven de otra manera. A algunas personas les parece algo espectacular, casi increíble, y también les choca un poco ver a una madre con su hija en medio de esa celebración. No sé cómo lo recibirá el público español.

El final está concebido deliberadamente para resultar un poco extraño, metafórico, incluso onírico. Se sale ligeramente de la historia y quizá deja preguntas abiertas sobre lo que sucede con el padre y con la familia. No quería un desenlace estrictamente narrativo en el que ella simplemente dejara atrás a su familia y se marchara. Es más bien un impulso vital, una metáfora de lo que significa la maternidad, de su belleza, de su caos y de la conexión con todo ello. En Locarno y en Francia hubo personas a las que ese final les impactó muchísimo, que se quedaron muy prendadas de él. Así que tengo curiosidad por ver cómo lo recibe el público de Valladolid.

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Blanca Camell Gali (Imagen: Residència de guions de l’Acadèmia del Cinema Català)

P: Actualmente estás desarrollando tu primer largometraje en la Residència de Guions de l’Acadèmia del Cinema Català. ¿Qué puedes adelantarnos del proyecto y qué te gustaría explorar en ese nuevo formato? ¿Hay temas, personajes o territorios que todavía sientas que necesitas llevar al cine?

BCG: La verdad es que es bastante una continuidad de todo lo que he hecho hasta ahora. Al final, los cortometrajes me han servido para ir desarrollando también aspectos más formales y descubrir qué tipo de cine quiero hacer y de qué manera quiero expresar esas emociones y ese deseo.

En cuanto a la temática, es una continuación de lo que exploro en Primer fuego y en mis otros cortos. En este caso, la historia gira más en torno al miedo a perder a un hijo. Tampoco es un drama médico sobre un hijo, sino la historia de una mujer que se convierte en madre y cuya experiencia no es como había imaginado.

La película sigue su viaje para reconectar con su identidad y con todo ese terremoto, por decirlo de alguna manera, que supone la maternidad: cómo se transforma su vida y cómo cambia su relación con el mundo, con los demás y consigo misma. Me gustaría que fuera un viaje esperanzador, con una mirada hacia la empatía y el amor.