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Lluís Homar (‘Forastera’) : «A mí lo que me gusta es dejarme sorprender por la propia vida»

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Fotografía de Lluís Homar (Imagen: revistateatros.es)

Nos sentamos con Lluís Homar en la terraza de un bar de Barcelona, aprovechando una tarde tranquila y un tiempo soleado. Homar nos habla de su regreso al cine con Forastera, después de varios años alejado de la gran pantalla, pero también de una trayectoria que le ha llevado del Teatre Lliure a la Compañía Nacional de Teatro Clásico, pasando por algunos de los escenarios y rodajes más importantes de nuestro país. A sus 69 años sigue teniendo muchas cosas que contar y, sobre todo, muchas ganas de seguir trabajando.

PREGUNTA: Lucía Aleñar es una directora novel que trabaja con mucha sensibilidad. ¿En qué momento sentiste que te estaba acompañando desde dentro del dolor de Tomeu y no desde fuera? ¿Cómo fue ese proceso?

LLUÍS HOMAR: Conecté con ella desde el primer momento, de una forma muy sencilla, relajada y agradable. Leí el guión porque Irene Roqué, la directora de casting, me lo hizo llegar y me gustó mucho. Sobre todo la parte que me toca, que es la de encarnar al abuelo Tomeu, y tuve una conversación con Lucía. Ella estaba en Los Ángeles, que es donde vive, y estuvimos hablando por teléfono un buen rato. Una hora hablando y comentando el guión. Y ahí yo ya tuve clarísimo que me apetecía muchísimo hacer esta película. Llevaba muchos años sin hacer cine por el tema del teatro y por mis compromisos, entonces, qué mejor manera que volver al cine que a través de Lucía. Yo soy muy fan de ella. Porque es una persona con una mirada muy sin ruido de aspectos de la vida, de cosas que están ahí y a veces no nos damos cuenta. Me gusta porque me enriquece y me da un punto de vista que solo se puede hacer desde una sensibilidad reconocible y cercana. Poesía, porque lo que me gustaba más es alguien de que tenga la capacidad, a pesar de que la vida es como es y en el caso de la película está muy claro porque todo está muy bien, pero de repente la muerte súbita inesperada de alguien cercano  lo cambia todo de la noche a la mañana. Y entra lo que es la tragedia. Bueno, a veces las tragedias también esconden espacios distintos, nuevos, que nos hacen vivir quizás cosas insospechadas, pero que nos hacen crecer y nos hacen reconciliarnos con lo que es la vida. Porque en la vida todos querríamos coger y decir «¡Ah! ¡Es esto!», pero la vida no se deja. La vida va por ella misma. Ese talante que respira Lucía, ella como ser humano, y que lo traduce en lo que es la película, a mí me ha hecho mucho bien.

P: En las escenas más íntimas de la casa en Mallorca, cuando el silencio pesaba entre Tomeu y su nieta, ¿hubo algún momento en el que la frontera entre el duelo del personaje y lo que sentías tú como actor se volvió invisible?

LLH: Había momentos de desconsuelo total, donde no hago más que llorar y llorar. Y cuando llega mi hija me abrazo a ella. Ese desconsuelo puedo reconocer esa parte de mí, en un momento dado, que solo se viene abajo; llores o no llores. Que se te cae el mundo encima, que es lo que le pasa a Tomeu. Intentas, en la medida de lo posible, que sea reconocible en ti mismo. Lo que me viene a la mente es esa secuencia en que ella llega a la habitación, está con la cámara, me hace ponerme el uniforme y revivimos una historia. Dices «¿qué es esto?». No se sabe qué es. Pero es bonito. Cuando llega la madre dice «¿qué hacéis?», pero detrás de ese escándalo hay otra vida. De repente, aparece este juego sutil. El juego tiene muchas posibilidades. Siempre estamos con que esto es turbio, no hay nada turbio. Es el juego más blanco imposible. Y hay que estar abiertos. Y la vida también es eso. A mí lo que me gusta es dejarme sorprender por la propia vida. Y esa capacidad la tengo.

P: Lucía escogió para rodar lugares que conoce de niña (Alcúdia, Pollença…). Tú, catalán de Canet, llegaste a esta isla como «forastero» interpretando a un abuelo mallorquín que de repente se queda solo. ¿Te ayudaron las localizaciones con el personaje?

Soy de Canet pero soy forastero de allí. Viví 20 años en Canet porque la madre de mis hijos era de allí,  y cuando los niños fueron pequeños estuve allí viviendo. Pero yo soy de Horta, mi barrio original de aquí de Barcelona. Pero bueno, la casa de Mallorca era un regalazo. A mí lo que me pone es el mar. Más que la playa. Y como en el cine hay muchos ratos que se rueda y estás ahí esperando porque están trabajando otros departamentos, esas esperas eran maravillosas. Yo tenía ahí mi silla en la sala de descanso, mirando al mar y pensando «bueno, ya me dirán cuando tengo que trabajar». Porque esto es un regalazo. No había prisas, las jornadas se hacían muy llevaderas.

P: Has hablado de que «una vez nacemos no morimos». Después de tantos personajes que conviven con ausencias ( Tomeu, pero también otros como el Mateo de Los abrazos rotos (2009) o varios que has interpretado en teatro enfrentándose a la muerte como Adriano o Hamlet ), ¿hay alguna noche, tras una función o un rodaje, en la que has sentido que uno de esos muertos se quedó contigo un rato más de la cuenta?

LLH: Yo convivo con muchas de esas almas. Empezando por mi padre, por mi madre, por una prima mía que murió muy joven de cáncer, mi abuelo, mis padrinos, gente del Teatre Lliure que murieron muchos de ellos y yo sigo sintiendo que esas personas están y que forman parte de la existencia. Quiero decir, tengo muy claro que la existencia no solo es estar en esta vida, sino que tiene otras dimensiones. Tampoco puedo hacer ningún tratado, son sensaciones que yo tengo. Y en este sentido, la película también habla de esas presencias y a mí me hace bien tener esa dimensión de la existencia. Porque me hace pensar que la vida es inmortal. Tampoco me reconozco tanto, por una cuestión cultural, en lo de las reencarnaciones…Hasta ahí no conozco tanto. Lo respeto y digo «¿por qué no?» pero estoy más con la idea de que el alma nace pero no muere. Y eso para mí es una convicción. Y ¿dónde lleva esto?. No lo sé, pero yo lo siento así.

P: De joven querías ser Marlon Brando y usabas los personajes para escaparte de ti mismo. Después de tantos años de trabajo interior y de meditar cada día, ¿hay algún personaje que te haya obligado a quedarte quieto y mirarte sin máscara?

LLH: Eso es precisamente lo que intento. Quedarme quieto y quitarme la máscara. Y aceptar lo que hay. Porque siempre estamos, y ahora más que nunca, con qué impresión te llevas tú de mi, especulando…Y ¿qué pasa de ti contigo mismo?, que al final esto es lo más importante y para lo que menos estamos educados. Entonces, ese encuentro de mi conmigo mismo era tan poco fructífero que buscaba un encuentro con el mejor. Sigo pensando que Marlon Brando es dios. Pero es Marlon Brando, yo soy Lluís Homar. Entonces, lo que merece la pena de verdad es el acto de amor hacia quién yo soy. Y eso tiene mucho más que ver con eso que tu dices del silencio y quitarse la máscara. Y ahí es donde está el tesoro de cada uno. Yo cuando hago talleres y trabajo con gente más joven soy un buscador de tesoros porque ¿cuál es el tesoro de cada uno?. Ese que casi siempre no computa, ese que no cuenta, la parte que uno tiene que realmente merece la pena. Pero está tan escondido, no hay mapa, que a veces el silencio te sirve para ir a la búsqueda de tu propio tesoro. Y cuando encuentras tu propio tesoro allí está dios también pero, en fin, aquí ya entraríamos en una discusión teológica.

P: Cuando dejaste el Teatre Lliure te sentiste huérfano. Ahora, casi a los 70 y después de dirigir la Compañía Nacional, ¿hay alguna «casa» que todavía eches de menos?

LLH: No. La casa que echo ahora mismo de menos es de donde he venido hoy. Me he ido y me hubiera quedado con mi mujer, porque es donde queremos que sea nuestra casa. Esa casa nos está quedando preciosa, en un pueblo precioso, con una gente fantástica, y ahora es la casa que echo de menos. Pero, respondiendo a lo que me preguntas no. He tenido la suerte de que el Lliure ha sido mi casa, de hecho, durante muchos años. Empecé con 19 y estuve ahí implicado unos 25 años. Ahora voy a participar en la celebración de los 50 años del Lliure, el día 9 de diciembre, lo cual me hace muy feliz.

He tenido la oportunidad de dirigir la Compañía Nacional de Teatro Clásico durante 5 años, y esto ha sido complejo y maravilloso al mismo tiempo. Encontrarme con esos autores, sobre todo con Calderón y con Lope de Vega, y con tantas personas maravillosas que me encontré en esa casa, y con el equipo con el que trabajamos: actrices, actores, directores….Pero ahora es momento de La casa del silencio. Ahora mi maestro es Pablo D’Ors. Soy de Amigos del desierto, soy un meditador y sigo siendo un enamorado de mi trabajo. Pero cada vez tengo más ganas de que mi trabajo tenga que ver con el espíritu, con el alma, con el sentido que merece la vida y, en la medida de lo posible, ponerlo todo junto. Y espero que así sea.

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De izquierda a derecha Zoe Stein, Lucía Aleñar y Lluís Homar (Foto: elperiódico.com)