‘Magallanes’, el viaje del antihéroe

 

Título original: Magalhães

Año: 2025

Duración: 160 min.

País: Portugal

Dirección: Lav Diaz

Guion: Lav Diaz

Reparto: Gael García Bernal, Ângela Azevedo (Ângela Ramos), Amado Arjay Babon, Ronnie Lazaro

Fotografía: Lav Diaz, Miquel Barceló, Ciril Barba, Julien Hogert, Artur Tort

Compañías: Rosa Filmes, Lib Films, Andergraun Films, El Viaje Films, Black Cap Pictures

Género: Drama histórico. Biografía

Crítica en Letterboxd

Magallanes, la última propuesta de Lav Díaz (The woman who left) arribará a las salas de cine habiendo convencido a crítica y público en todos los festivales por los que ha pasado, desde Cannes, en donde se estrenó en sección oficial, pasando por la Seminci 2025, el Festival de Gijón y acabando, esta primavera pasada, en la BCN Film Fest.

La verdad es que acercarse a un personaje de la magnitud de Fernando de Magallanes y hacerlo desde una perspectiva diferente a las mostradas hasta ahora no es una empresa fácil. Tampoco será fácil para el espectador, no tanto por el detalle o el rigor histórico, que aun siendo fiel no es lo central, sino por el formato con que se nos presenta la historia, estática, lenta y completamente fragmentada.

Pero Magallanes no pretende construir un relato al uso ni explicarnos la ruta del Pacífico hacia las Islas Molucas (Filipinas) ni nada de lo que ya se nos ha contado miles de veces. La propuesta de Diaz está centrada en la figura del conquistador pero despojada de la épica de los relatos europeos, con el que consigue un retrato fiel de la persona, muy cercana a las crónicas de la época pues, efectivamente, Magallanes fue autoritario, cretino y exultantemente religioso, incluso más de lo que nos muestra la película.

Gael García Bernal (Amores perros, Diarios de motocicleta) construye de manera exquisita el personaje, que se va tornando egocéntrico, endiosándose poco a poco a medida que avanza el relato y el viaje, para acabar siendo el símbolo de la barbarie. Magallanes es la desmitificación del conquistador y, por extensión, de la gloria de las hazañas europeas.

De esta manera, mientras que en la primera parte nos muestra a un capitán de la corona portuguesa, ambicioso pero comprometido con la empresa y su rey, en la segunda expedición, la de la circunnavegación del globo, García Bernal va alargando la sombra de su personaje, con su ambición desmedida, su crueldad y sus pocos escrúpulos, que empiezan por los castigos a su tripulación y la liquidación del motín en medio del estrecho de Magallanes (que por aquél entonces no tenía ese nombre, claro) y culminan con la matanza en la batalla de Mactán.

Es a partir de la mitad del segundo viaje cuando la película consigue, de verdad, interesar(me) a nivel cinematográfico. Cuando, en medio del Pacífico – por el hambre, el escorbuto y la locura que inflige el propio viaje- el protagonista pierde toda conexión con el mundo real y con la empresa de llegar a las Indias y se introduce la idea de la fe y de la duda, encarnados en la figura de Beatriz, su mujer (muerta), como un personaje onírico, para ahondar en su religiosidad y aportar humanidad y profundidad a Magallanes, siendo éste el único elemento fantástico de todo el film, como contrapunto a lo literal, casi documental, del relato.

Y aunque Díaz firma una película colosal, es ese tono documental, precisamente, uno de los elementos más destacados y señal inequívoca de que estamos ante una propuesta del director filipino. Aquí, como en la mayoría de proyectos enmarcados dentro del llamado cine lento, el paisaje funciona como un personaje más, sórdido e imperturbable. La ausencia total de banda sonora – excepto en dos escenas en donde sí hay música, diegética-, los planos, fijos y larguísimos, nos invitan a disfrutar de la pausa y del tiempo, de la espera y el cansancio, del viaje y la inmensidad.

La elección del formato de encuadre, así como la posición de la cámara, a menudo situada en el suelo o escondida detrás de un arbusto, convierte al espectador en un testigo directo de la acción, en una especie de «voyeur», y Díaz, que utiliza este recurso desde el arranque de la película, nos deja claro que nosotros, los espectadores, somos el extraño, el invasor.

No obstante, algo falla en el relato, especialmente por ser Lav Díaz quién firma la obra. Decía en una entrevista durante la Seminci que Magallanes es un personaje capital en su cultura, pues existe un antes y un después de la llegada de portugueses y españoles a las islas Molucas, pero que nadie nunca lo ha retratado desde la óptica de los colonizados. Él tampoco lo hace. Intenta reapropiarse del discurso y la representación, pero no lo logra.

La película consigue plasmar la idea de un occidente movido por la codicia y el reconocimiento personal del propio Magallanes quién, menospreciado por el rey portugués, buscará la gloria mediante la corona española, pero sigue sin dar voz a Filipinas. Díaz trata a los habitantes de Filipinas como uno solo. Una especie de personaje coral que funciona como un todo, una unidad casi homogénea, deshumanizada y despojada de cualquier individualidad.

No existe una contraparte, un otro con el que Magallanes pueda mantener un diálogo: Lapulapu es leyenda y Humabon (Ronnie Lazaro) es ignorante, cruel y manipulable, como todos los demás. Se trata de una representación monolítica, apenas con voz y que, cuando la utiliza, es para dar crédito al otro, es decir, al propio Magallanes o, a falta de éste, a su dios, de quién Magallanes es el representante en la tierra. El pueblo de Filipinas es el observado, el visto, y Díaz no consigue quitarle la pátina de la visión europea del buen salvaje.

Incluso en la conclusión de la película, en una especie de epílogo antibelicista, se nos muestra al personaje de Enrique de Malaca (Amado Arjay Babon) como el único capaz de poner fin a tanta violencia, pues conociendo los dos mundos, se decide por el «salvaje», pero puro.

Magallanes
Fotograma de Magallanes (Imagen: Acontracorriente Films)
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LO MEJOR: LA COMPOSICIÓN DE TODAS Y CADA UNA DE LAS ESCENAS
LO PEOR: LA PRIMERA EXPEDICIÓN
8