Series que son un buen negocio (XIV): el ‘Black Monday’ de 1987

De igual forma que muchas inversiones en los mercados financieros, Black Monday (2019) es una de esas series que se devoran rápidamente. Bajo un formato de unas livianas tres temporadas y mini episodios de veintipocos minutos, resulta muy amena. Si bien es cierto que la primera de ellas es imprescindible, y la segunda aceptable, la última termina por ser de lo más prescindible

De lo que no cabe duda es lo adecuada que resultará para los amantes de la comedia transgresora. Un tono cómico con chistes de monologuista (como lo visto en la pasada Gala de los Oscar) no aptos para ofendiditos.

Con un estilo de lo más cómico-grotesco (está dirigida entre otros por Seth Rogen y sello Showtime), aborda las andanzas de un grupo de compañeros en el seno de una agencia de valores de la siempre atractiva industria bursátil de Wall Street de los años 1980. Más bien el desfasado mundo de la Bolsa, negociaciones entre desenfrenados agentes (‘brokers‘) con sus excesos y todo tipo de fraudes y atajos para enriquecerse por la vía rápida.

Protagonizada por un dueto que recuerda al Jordan Belfort (Leonardo DiCaprio) de El lobo de Wall Street, y otros personajes de los ochenta y noventa al estilo de Whoopi Goldberg (Cómo triunfar en Wall Street) y Eddie Murphy (Entre pillos anda el juego). Representan en cierta medida esa minoría racial escalando en el difícil mundo de las élites financieras.

Los protagonistas lo bordan. Don Cheadle (Hotel Ruanda, Crash, El irlandés, En algún lugar de la memoria) está estupendo como conspirador y tipo resuelto hecho a si mismo en el complejo mundo de las altas finanzas. Un tipo con olfato, ambicioso e increíblemente espabilado. Mucho más que el crápula en busca del gran pelotazo que aparenta ser. Como ocurre normalmente con Eddie Murphy. Es un líder, que crea un ambiente de trabajo propicio y a su medida, por alocado que parezca. Como Jordan Belfort, funda una exitosa agencia de valores con su legión de fieles seguidores y con un particular estilo corporativo.

«Aquí no se hacen amigos, se hacen negocios», «Eso no es información privilegiada…Aquí le llamamos trading».

Otros dos le acompañan en la gestión de esa disparatada agencia de Bolsa, con variados dislates y un hilarante modus operandi. Regina Hall es como esa Whopi Goldberg experta en finanzas, mujer y afroamericana, el máximo desafío contra el techo de cristal, el machismo y el racismo del mundo de los negocios. Y el que completa el tridente protagónico, Andrew Rannells. Una especie de Charlie Sheen en Wall Street, inexperto e ingenuo agente que intenta prosperar y convertirse en ‘yuppie’, y que acaba aprendiendo que o espabila o tiburones financieros como Gekko se lo comen vivo. Y vaya si progresa.

En la primera temporada prima un ambiente de Lamborghini limusina rojo, cocaína y otras drogas en cantidades generosas, ropa ostentosa y relojes dorados. Un decorado de lo más pintoresco: oficinas y parqué de voces alocadas y desesperadas en busca de cerrar posiciones. Y mucho monitor enorme con valores bursátiles en letras verdosas. Puras finanzas de estilo retro vintage.

La fabulosa música de la época y la estética de videoclip ochentero ameniza cada episodio, constituyendo otro elemento atractivo más que complementa perfectamente las extravagancias de los personajes.

Por un lado, será atractiva para seguidores de producciones estilo Resacón en Las Vegas y otros desmadres variopintos de la filmografía estadounidense. Estética y cómicamente les va a encajar porque es entretenimiento a golpe de situaciones aberrantes y conversaciones descaradas. Hay menos de los ‘yuppies’ arquetípicos como Gordon Gekko (Michael Douglas), salvo para ridiculizarles por ser la élite supremacista de esa sociedad.

Por el otro lado, también va a entusiasmar por igual a esos aficionados a operar e invertir en Bolsa (“jugar en Bolsa” o “tradear” según algunos de ellos). Cómo no, a entusiastas e impresionables por tipos forrándose en los mercados financieros. Esos que fingen ser Warren Buffet o los que idolatran al Lobo de Wall Street casi a partes iguales. Podría haber algo más que autoparodia en todo ello.

 

Pero no es tanto una de esas comedias facilonas de risotada fácil. La verborrea de los personajes y sus incesantes diálogos están cargados de chascarrillos y múltiples vaciladas. El registro y la jerga desemboca casi siempre en un lenguaje soez y vulgar, pero es burlesco y juguetón. No dejamos de encontrar lecciones sobre los negocios y el funcionamiento tanto racional e irracional de la Bolsa en esos comportamientos y usos verbales.

No en vano la historia intenta narrar desde un punto de vista particular el Crash de 1987, una de las grandes crisis financieras de nuestro tiempo, en uno de esos denominados Lunes Negros.

Cada (breve) capítulo está repleto de situaciones y negociaciones de lo más burdas y divertidas. Un sinfín de gags hilarantes donde hay ofensas y provocaciones de todos contra todos.

Sin la arrogancia de Damian Lewis y Paul Giamatti en Billions, ni esos giros forzados ni excesos de lucidez llevados al extremo, como también ocurre con los abogados de Suits. En Black Monday por contra, hay más frescura y naturalidad. Más bien por el descaro de avispados tipos de la calle.

Más allá de ser una versión irreverente de producciones sobre el codicioso mundo de las finanzas y Wall Street, hay otros elementos con profundidad reflexiva. A pesar de ser una comedia gamberra plagada de situaciones aberrantes y faltadas con exabruptos e insultos variados, cuenta con comentarios muy agudos y sarcásticos sobre los mercados financieros y los agentes institucionales, tiene crítica social y temas de transversalidad. Quizá no tanto al nivel ético de la gestión de fondos de los noruegos, ni tampoco la agresividad formal y corporativa de Devils o de la banca de inversión de Industry.

Parodia el Reaganismo y el capitalismo neoliberal ochentero. Sin olvidar el tratamiento de grandes aspectos no resueltos (quizá ni actualmente) sobre la sociedad de esos 1980. El racismo, el empoderamiento de la mujer y los afroamericanos, la homosexualidad y el puritanismo, las drogas, las minorías religiosas…Todo aderezado con operaciones bursátiles de por medio. Con mucha diversión y de forma desenfadada.

En definitiva, es una muy particular visión de la crisis financiera de 1987, ahondando en las tramas subrepticias implícitas de este juego de las altas finanzas. Una comedia tan loca que a base de chanchullos diversos, esquemas Ponzi e información privilegiada acaba por ser un retrato pintoresco del Wall Street tan idealizado por algunos y tan denostado por otros.