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Òscar Bernàcer y Joana M. Ortueta (‘Eixam’): «Había que pensar mucho con qué herramientas ibas a contar lo poco que ibas a sugerir»

Hay historias que tardan años en encontrar su momento. Historias que permanecen en un cajón mientras el mundo cambia a su alrededor y que, cuando finalmente vuelven a la luz, descubren que las preguntas que las hicieron nacer siguen estando ahí. Eixam es una de ellas. El primer largo de ficción de Óscar Bernàcer es una película nacida de inquietudes sociales, de preguntas sobre la forma en la que convivimos y de la necesidad de imaginar otras maneras de construir una comunidad.

Tras una destacada trayectoria vinculada al documental y el cortometraje que le ha llevado a ganar un Premio Goya y un Premio Gaudí, el director mallorquín cambia de registro para construir un relato que transita progresivamente desde la aparente calma hacia la tensión y el suspense, utilizando el aislamiento y el paisaje como elementos fundamentales para introducir al espectador en una comunidad donde nada es exactamente lo que parece.

Junto a él está Joana M. Ortueta, guionista con más de dos décadas de trayectoria que ha trabajado en series como Servir y proteger, Heridas, Asuntos internos o La encrucijada, para quien el germen de esta historia se remonta incluso más atrás. A lo largo de los años, Ortueta ha seguido haciéndose preguntas para las que difícilmente existen respuestas sencillas: ¿cómo es posible que una sociedad que nace con el propósito de construir algo mejor termine reproduciendo dinámicas de violencia?

El resultado del trabajo de ambos es un thriller rural que comienza como una invitación a escapar del ruido del mundo y termina convirtiendo ese refugio en una trampa. Bernàcer y Ortueta utilizan así el aislamiento y el conflicto entre individuo y colectivo para plantear preguntas que no admiten respuestas sencillas. Con motivo del estreno de Eixam, conversamos con ambos sobre el proceso de creación de la película y las inquietudes sociales que permanecen en el corazón de esta historia.

PREGUNTA: Óscar, Eixam supone tu debut en el largometraje de ficción. ¿Qué te llevó a dar el salto del documental y el cortometraje a una historia como esta?

ÒSCAR BERNÀCER: Bueno, esta es como una historia bastante circular, porque este proyecto tiene pues unos 14 o 15 años. Cuando empezamos a montar la productora para hacer los cortos y empezaron a funcionar, el primer proyecto de largo que teníamos fue este. Lo que pasa es que no acabó de cuajar por muchas razones. Una de ellas era que había mucha gente que no asociaba bien que el éxito de los cortos de comedia llevara al director a proponer un thriller para su debut en el largo. Era una apuesta un poco arriesgada para algunos. Intentamos moverlo por aquí, por allá, y se quedó en un cajón hasta ahora.

En aquella época era un guion que habían escrito Joana y Jorge motivados por la situación social que estábamos viviendo. Que eran los coletazos bestias de la crisis financiera: la falta de trabajo, los desahucios masivos, los recortes, los pagos…Veíamos cómo el Estado, o todo el aparataje de este estado de bienestar que nos habían construido con grandes anuncios y grandes altavoces políticos, se desmoronaba. Y a quién se rescata es a la banca, no al ciudadano. El apoyo prácticamente es mínimo.

Y entonces empiezan a surgir preguntas de: «Ostras, ¿qué hemos hecho mal? ¿Qué está pasando aquí?». Y la sensación de desamparo o de tomadura de pelo que puedes tener es muy peligrosa porque, de repente, te lleva a no creer en las instituciones, lleva a abrazar discursos radicales, como los que estamos viviendo hoy en día. Y entonces queríamos hablar de esto. Y Joana y Jorge se pusieron con esta historia, que nace también de un trauma infantil de Joana, que ella te puede explicar perfectamente.

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Pablo Molinero, Fernández Pintado, Òscar y Joana, en un preestreno de ‘Eixam’ en Valencia (Imagen: Europa Press)

P: Joana, ¿Cuál fue la primera imagen, situación o pregunta que dio origen al guion de la película?

JOANA M. ORTUETA: Mi padre era periodista también. Entonces, una tarde de estas que él tenía que escribir y estaba en nuestro cargo, vio que daban en La 2 Rebelión en la granja. Y allí que nos sentó a mi hermano y a mí a ver la película de dibujos animados. Para una niña de seis años fue maravilloso ver cómo los animales echaban a los humanos de la granja. Pero claro, compré la utopía, la promesa de utopía del inicio. Y cuando fue saliendo toda la violencia, todo el abuso, todo el odio…yo ya era un mar de lágrimas. Ya no acabé hasta el final de la película de llorar.

Y se me quedó un poco esa espinita, ¿no?, de la incomprensión desde el punto de vista de una niña, de decir: «Pero ¿cómo es posible que, teniéndolo todo a favor para ser felices, no sea posible que acabe siendo esta matanza y esta barbaridad y este abuso?». Y ahora, ya con 40 y pico años, pues en realidad sigo haciéndome la misma pregunta. Porque la historia nos demuestra una y otra vez que, por más ideales que persigamos, al final los sistemas fallan. De una u otra manera. Para que unos vivan bien, otros viven explotados.

Y entonces, bueno, pues de ahí nace un poco este tema latente que teníamos ahí. Cómo lo tradujimos en esta película, utilizando una pequeña comunidad. El restringir tanto el espacio y los personajes ha sido un artefacto tan útil como divertido para utilizarlo como espejo de estos problemas sociales.

OB: Si, para hablar de las relaciones de poder, de las segundas oportunidades y, bueno, de preguntas que aparentemente son abstractas, como cuánto vale la libertad a cambio de tener seguridad. Aunque parezca un tema abstracto, pues de repente, en una ficción como esta, lo puedes ver muy claro. Pero es porque también lo estamos viviendo en esta sociedad, como estamos ahora, en la actualidad. Estamos renunciando a muchas garantías de libertad y de privacidad por una falsa sensación de seguridad, porque estamos viviendo en una inestabilidad emocional constante, viendo todo lo que está sucediendo en el día a día, a nivel geopolítico, a nivel naturaleza… O sea, te dan ganas de echarse al monte.

P: ¿Partisteis de un guion muy cerrado o la película fue transformándose durante el desarrollo y el rodaje?

JMO: El guion que llegó a rodaje estaba muy cerrado por esta cantidad de versiones que llevábamos acumuladas. Al final, siempre los guionistas, o al menos yo, tendemos a escribir de más, a explicar de más, a dialogar de más. Porque siempre te da miedo de que la historia no llegue, que no atraviese la pantalla.

En cambio, un director llega y dice: «No, y esto tengo el plano en la cabeza que lo va a contar y todo este diálogo lo único que hace es ensuciarme». O sea, en ese aspecto, a nivel… La historia estaba muy cerrada, el final estaba clarísimo.

Durante el proceso de escritura sí que iban surgiendo este tipo de escenas. Ibas teniendo como hallazgos a medida que nosotros dos nos metíamos de lleno en lo que sería la vivencia de la aldea: a qué podían dedicarse los personajes, cómo podían relacionarse… El hallazgo de las abejas, por ejemplo, que fue muy temprano, de una primera o segunda versión. O el personaje de la niña. Cosas que, a medida que construíamos la historia, como que surgían solas, como si siempre hubieran estado ahí. Y de pronto dices: «No, evidentemente aquí hay una niña», que empezó siendo un niño, que va a ser un reflejo de todo lo que está absorbiendo esta comunidad, no de lo que se dice, sino de lo que ella ve. Entonces, las cosas iban surgiendo.

Luego sí que es verdad que, ya después del rodaje, en postproducción, sí que ha habido otra reescritura, ya la reescritura de montaje. Esa ya le correspondía ya más a Óscar y al montador, que le dieron muchas vueltas.

OB: Sí, porque sí que es cierto que el guion… Yo sí que lo he leído, todas las versiones, desde la primera hasta la última. Entonces también he podido palpar un poco esos cambios y tal. Lo fundamental ha sido ir reduciendo la coralidad, a pesar de que la ves una película coral. Claro, había mucha trama para cada personaje. Entonces, claro, la película se hacía muy grande y muy larga. Había que pensar mucho con qué herramientas ibas a contar lo poco que ibas a sugerir de cada uno de ellos.

Que luego, al final, creo que es un acierto, porque creo que menos es más cuando tienes a personajes que te puedes imaginar su pasado y puedes dibujar un poco su línea de pensamiento en función de una mirada o de una actitud ante una conversación. Creo que es más interesante eso que que te cuenten toda su historia.

Eso, por ejemplo, sucede con los personajes de Marta Belenguer y Jordi Aguilar, que son los padres de la niña. Sabes un poco de dónde vienen porque ellos son los desahuciados, pero los demás no te acaban de contar casi nada de ninguno. Pero te vas dibujando un poco la historia. Sí, y ahí fue una suerte también el elenco que teníamos, de actorazos valencianos, que son capaces de transmitir tanto con tan poco texto. O sea, hay algunos de ellos que apenas tienen unas líneas de texto.

Al tener esa coralidad, sí podías jugar un poco en montaje con qué enseñar primero sin perjudicar la trama. Sin que la película se parase, qué atacabas de cada uno de ellos para que la película también avanzara y fueras recopilando, o componiéndote, el puzle de lo que es ese lugar. Y eso ha sido muy, muy interesante. O sea, ha costado mucho, pero ha sido divertido porque, al final, es lo que nos gusta: escribir historias.

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Òscar y Joana en un momento del rodaje de ‘Eixam’

P: ¿Cómo trabajasteis juntos de forma que el espectador sintiera que algo no funciona antes incluso de saber exactamente qué ocurre?

OB: Teníamos muy claro que la película tenía dos partes. Muchas veces se hacen un planteamiento clásicos de tres actos, pero nosotros sabíamos que lo que queríamos contar era que, como la naturaleza, la historia tiene un reverso oscuro, un momento implacable, una brutalidad. Y entonces eso lo queríamos trasladar a la película también, a lo que le pasa a los personajes. La película empieza a un ritmo y, cuando ya llagamos al punto medio de la película, más o menos empiezan a torcerse las cosas. La velocidad ya es de thriller psicológico, con un poco más de acción, y ya, pues eso, hasta el final ya no paras.

JMO: Esa sensación de claustrofobia sí queríamos trasladársela al espectador. Esa sensación de invitarlo primero a llegar a un lugar en el que apetece quedarse. Pero sí que toda la primera parte es como una respuesta a esa pulsión nuestra de: «Es que me dan ganas de coger la mochila e irme al campo». Y luego ya, a medida que se va desatando el thriller, lo que quieres es salir de allí. Y estás encerrado entre montañas. No son cuatro paredes, son las propias montañas las que generan esa opresión.

OB: Sí, hay un plano en el momento final de la pelicula de una pick-up circulando por una pista forestal. Entonces, el plano está montado de manera que todos los árboles funcionan como rejas de una cárcel. Y entonces esa es un poco la sensación con la que se queda… que está en una prisión.

P: La película se rodó en diferentes localizaciones de la Comunidad Valenciana, especialmente en el entorno de Bejís. ¿Qué encontrasteis en ese territorio que resultara esencial para construir Malpàs?

OB: Rodamos en la comarca del Alto Palancia, allí hay varios municipios. Entre ellos está Bejís, también está Torás y El Toro, que los tres municipios se volcaron en ayudarnos a sacar adelante la peli. Y las aldeas pertenecen a esos municipios, porque no está rodada en una única aldea, está rodada en varias. Y el paisaje es fundamental en la peli. O sea, dentro de lo que es el paisaje que hay en la Comunidad Valenciana, tener una vista mucho más continental, no tan mediterránea, pues también le da una sensación como de estar más aislado, más metido en tierra adentro. Ese lugar era perfecto para mostrar esa sensación.

P: Uno de los grandes temas de Enjambre es la tensión entre individuo y comunidad. ¿Dónde se encuentra el límite entre la solidaridad para la convivencia y la pérdida de libertad individual?

JMO: Bueno, nosotros la intención que teníamos desde el guion era plantear preguntas. Que el espectador salga del cine necesitando comentar las preguntas que le están viniendo a la cabeza y ponerse en el lugar de un personaje y ponerse en el lugar del otro y decir: «Ostras, pero es que en esta situación, pues es que a lo mejor estoy bastante de acuerdo con lo que dice Alba aquí o con lo que ha hecho el otro allí».

Realmente hay debates entre los personajes, o debates que se deducen de la película, que creo que son muy complejos y muy interesantes, que no tienen una única respuesta. Y ahí está la gracia, precisamente: que te puedas sentar después de haber visto la película con un amigo o con quien sea y que te pases dos horas discutiendo y acabes discutiendo de lo divino y lo humano.

OB: Entran ya mucho en juego las dinámicas de grupo, que tienes los roles que todos conocemos, que se ponen a veces en las pruebas para acceder a una entrevista en una empresa, que tienen ahí en una sala y empiezan a plantearte problemas. Entonces, claro, en estas dinámicas de grupo hay quien es más pasivo, hay quien lidera a veces desinteresadamente, pero también, como es aquí en este caso, es totalmente interesado. Es: «No, no me desmontes mi propio chiringuito». Y es un chiringuito cimentado en mentiras.

Y cuando está cimentado en mentiras y no en un proyecto real, solidario, social, pues todo al final acaba cayéndose por su propio peso. Y eso funciona en cualquier dinámica de grupo. En este caso no es una excepción.

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El equipo de ‘Eixam’ en la presentación de la película en el Atlàntida Film Fest (Imagen: Acontracorriente Films)

P: La película presenta una sociedad que aparentemente ha eliminado muchos de los problemas del mundo exterior. ¿Queríais plantear también una crítica a nuestra fascinación por las soluciones utópicas?

JMO: A ver, no es crítica. Yo diría que se plantean dudas, cuestiones que habría que resolver. Por ejemplo, el otro día se generó un debate muy interesante con algunas de las personas que vieron el estreno en el Atlántida Mallorca Film Fest, en torno a la falta de justicia. Es decir, los personajes crean este sistema de espaldas a nuestro sistema, absolutamente. Está claro que la justicia actual hace aguas por los cuatro costados. Eso creo que nadie de ninguna corriente ideológica me puede negar que tenemos un problema con la justicia en este país. No hay una sensación de que la justicia sea igual ni que funcione. Entonces dices: «Bien, prescindamos de esta justicia.» Pero entonces, ¿cómo lo hacemos?

Es tal como sucede en ese momento brutal en el que al personaje de Pablo Derqui (Dos) le han agredido a su pareja y le dice a una madre: «Si le pasa algo, lo mato. Sí, lo mato». Cuando estallan los problemas es cuando el sistema muestra sus debilidades y sus grietas. Negarlas, que es lo que hace Alba por su cerrazón, por su empeño en tener razón, es negar esos problemas, esas circunstancias que se están dando allí. Pero se dan y tienen consecuencias terribles.

P: ¿Consideráis que Eixam es una película pesimista sobre nuestra capacidad para construir una sociedad diferente o todavía deja espacio para la esperanza?

JMO: A ver, yo soy optimista por naturaleza, al contrario de lo que pueda trasladar la película. Sí que me parece que la película tiene un poso pesimista, pero siempre creo que la única forma de hallar solución a los problemas es ponerles nombre y señalarlos. Fracasamos cuando nos metemos bajo la alfombra. Que es lo que intenta hacer Alba, y entonces se hacen más bestias. Yo sí quiero pensar que hay fórmulas y, de hecho, debe haber.

OB: A ver, yo creo que evidentemente sí que tiene un poso pesimista, porque la peli te deja bastante chapado. Pero, claro, si hacemos una lectura a nivel de sociedad alternativa, aquí lo que pasa es que hay una trampa: que la sociedad no es una sociedad alternativa. Lo que hay ahí detrás, bajo la fabricación de este espacio, es una mentira, o sea, hay una tiranía. Entonces es muy difícil que funcione.

Entonces, las sociedades alternativas reales tienen que ser, evidentemente, muchísimo más igualitarias. Pero vamos, yo, sin ser una persona que abogue por el Estado, creo que los elementos que tenemos en la sociedad para que las cosas sean mucho mejor de lo que están siendo existen. Y nosotros nos expresamos a través del voto. Lo que pasa es que, claro, estamos viviendo una época en la que vemos que los problemas que se están generando se están atendiendo de una manera en la que benefician a unos pocos y los que realmente están necesitados no están siendo atendidos como debería ser.

Óscar, junto a Claudia Pinto, Araceli Isaac y Joana en la gala de los Premios Goya 2024, donde ganó el premio a Mejor Documental por ‘Mientras seas tú’ (Imagen: Última Hora)

Si los recursos que tienes los pusieras donde toca, los incendios se hacen de otra manera, la DANA se había gestionado de otra manera, la falta de espacios de vivienda se podía gestionar de una manera… Pero, claro, si tú gestionas mirando hacia unos pocos, hacia los poderosos, hacia los que acumulan el capital en detrimento de los demás, es cuando la ruptura con los agentes administrativos y sociales se pierde. Y es cuando nacen estos mensajes tan terribles que estamos viviendo hoy en día y que se individualizan mucho en las redes sociales, porque ahora la información es muy directa, que es a través del teléfono. Ya no es varias personas viendo la tele, ya ahora es todo muy personalizado y se trabaja en que veas lo que crees que quieres ver y que oigas lo que crees que necesitas oír, y en que la opinión crítica se vaya desvaneciendo.

Hay mucha frustración. Y yo creo que eso es peligroso. Y, sin ser un defensor de cómo es el actual sistema social y político en el que vivimos, porque evidentemente tiene muchas fallas. No puede ser que haya 25.000 desahucios en 2025. Algo está pasando, algo estamos haciendo mal. A ver, y sí que…

JMO: Yo creo que sí que hay un mensaje positivo del trasfondo de la película y es que nos necesitamos unos a otros. Necesitamos la comunidad. Solos no sobreviviríamos. Y frente al discurso individualista de este turbocapitalismo en el que vivimos, que ya incluso la palabra «autocuidado» está ya totalmente normalizada y nos asaltan el móvil constantemente. «Si no tienes tiempo para hacer deporte o para hacerte un chequeo médico o para equilibrarte psicológicamente, también es culpa tuya, individuo».

Entonces creo que, frente a eso, al discurso que está normalizado hoy en día, esta película sí que reivindica la necesidad de la comunidad, que no somos nadie los unos sin los otros, sin el enjambre. Hay que encontrar el modo de que esa necesidad mutua no se convierta en una explotación.

P: Y para terminar: ¿qué os gustaría que se llevara el espectador al salir del cine el 4 de septiembre? ¿Una respuesta, una duda o quizá la necesidad de hacerse nuevas preguntas?

OB: A mí me gustaría que disfrutara mucho de la proyección, pero que, cuando acabe la película, le haya sacudido. Que pueda irse a hacerse preguntas y que pueda hacer debates internos y externos de cuestiones que, a lo mejor, hace mucho tiempo que no hemos hablado entre nosotros.

JMO: A mí me encanta esa sensación de ir al cine, y que de pronto te sorprendas al día siguiente, incluso varios días después, haciéndote el café por la mañana. Esta cosa del subconsciente, ¿no? Ese momento en el que todavía estás más dormido que despierto y, de pronto, te viene algo de la película a la cabeza. Algo en lo que no habías pensado. O al revés, una idea que se te ha quedado ahí pegada, o un personaje, o una situación. A mí me encantaría conseguir esto con esta película: que haya mucha gente haciéndose el café por la mañana y diciendo: «Qué cabrones».