‘Obsession’, Barker es un «rookie» que ya juega en las grandes ligas del terror

Año: 2025

Duración: 108 min.

País: Estados Unidos

Dirección y guion: Curry Barker

Reparto: Michael Johnston, Inde Navarrette, Cooper Tomlinson, Megan Lawless, Andy Richter

Música: Rock Burwell

Fotografía: Taylor Clemons

Distribuidora: Universal Pictures

Género: Terror. Thriller. Romance.

Crítica en Letterboxd


¡ATENCIÓN! ESTA CRÍTICA CONTIENE ALGUNOS SPOILERS. 

Bear piensa que Nikki le debe amor. Obsession (Barker, 2025) se vertebra sobre la premisa del hombre que se siente con derecho a ser correspondido y que, de pronto, encuentra la herramienta sobrenatural que se lo permite. El One Wish Willow de Barker, su particular puño de mono, juega con la sospecha de que, quizás, el problema no es la maldición que el objeto porta, sino la estructura deseante del protagonista. El querer, a toda costa, que su amor platónico lo corresponda sin resto es lo que realmente está maldito. Y es la naturaleza de ese sortilegio la que convierte a su receptáculo, el personaje visceralmente interpretado por Navarrette, en un sujeto terroríficamente manipulable, alejándolo de los relatos de posesión afincados en el más allá para sugerir que el monstruo más implacable es el egoísmo narcisista de un hombre «herido».

Como en Solaris (Tarkovsky, 1972), Bear (Michael Johnston) descubre que el cumplimiento de su fantasía no abre un escenario ideal, sino un núcleo traumático que el fantasma venía a velar. Permitidme ahora invocar a Lacan: la fantasía lo protegía del Horror de lo Real. Mientras el amor de ella fue un imposible, Bear pudo refugiarse en la fantasía romática y la autocompasión y timidez del nice guyAhora que Nikki es exactamente lo que él creía desear, profesándole amor eterno, trae a flote lo abyecto de convertirla en un cascarón dócil y radicalmente manipulable. Al vaciarla de su propia voluntad para moldearla a su antojo, Bear no encuentra la plenitud, encuentra un espejo deformante que le devuelve el trauma de su propio vacío existencial, de su miseria humana. El reverso de su idilio soñado es una pesadilla de sumisión artificial.

Fotograma de ‘Obsession’ (Foto: Universal Pictures)

Hay una escena que condensa esta abyección de forma magistral: mientras el cuerpo maldito duerme, la Nikki Real emerge momentáneamente del hechizo y, en un susurro desesperado, le pide a Bear que la mate. Su respuesta —un lacónico e infantil «¿Qué hay de malo en estar conmigo?»— no es de horror ni de culpa, sino una reafirmación narcisista que invalida cualquier comprensión de alteridad: para él, el problema nunca es la violencia ejercida, sino la resistencia de ella a ocupar el lugar que le ha asignado dentro de su fantasía.

Esa réplica desvela el núcleo de la cultura incel y el resentimiento de la masculinidad tóxica contemporánea, donde el consentimiento es un accesorio prescindible frente a un derecho autoimpuesto a la validación afectivo-sexual. El sufrimiento ajeno se vuelve invisible porque el sujeto se percibe a sí mismo como verdadera víctima de la situación. Lo que en los foros digitales aparece como victimismo por la idea de que el amor les es injustamente negado, aquí se convierte en un dispositivo de dominación absoluta. Pero esa consumación, lejos de ofrecer satisfacción, termina revelando la lógica patológica que sostenía el deseo desde el principio.

Barker hace un énfasis brillante en cómo esta idea macabra se incuba a través de las pantallas. Ya desde el inicio de la película, cuando vemos a Bear scrollear obsesivamente por el feed de Nikki, se establece una relación con la imagen marcada por la distancia, la idealización y la apropiación: ella no es del todo una persona, sino una interfaz personalizable, una estatua pigmaliónica posando para un selfie, un conjunto de signos que pueden ser consumidos, interpretados y, eventualmente, reescritos. El hechizo no hace sino materializar esa lógica preexistente, la de transformar a la persona en imagen dócil.

Por eso, cuando el sortilegio se cumple, el comportamiento de la joven se glitchea. Y ahí la película alcanza su cénit. Nikki avanza en rewind, se queda atascada, como si saltara unos fotogramas atrás y volviera a arrancar una y otra vez. Invoca la archiconocida escena de Pulse (Kairo) (Kurosawa, 2001), donde el horror venía dado de una figura que parecía descomponerse ante nuestro ojos por un régimen de realidad, el cibernético, que erosionaba la consistencia misma de los sujetos. Nikki se convierte en una presencia espectral atrapada entre el mundo de los vivos y el deseo de su captor, atravesado por un contexto digital. Allá donde Bear busca una presencia absoluta, lo que emerge es una figura espectral, rota, que evidencia la imposibilidad misma de su proyecto.

Obsession es un peliculón. Su éxito desmesurado en taquilla —300 millones de dólares— en relación con su escaso presupuesto, de 750.000$, vaticina el bombazo en su llegada a España. La noción del ritmo que tiene Barker es fantástica, destensando y tensando milimétricamente los momentos de horror y comedia negra sin perder fuelle en ningún momento por ninguno de los dos lados. Cuando la película apuesta por el terror, alcanza cotas verdaderamente inquietantes. Los jump scares no se sienten como el típico recurso gratuito para arrancar el grito fácil, sino como la culminación natural de una atmósfera traumática e insoportable —especial mención a la escena de Bear y Sarah en el coche, que en la sesión del Phenomena en Barcelona a la que asistí hizo arrancar al público en aplausos.

Curry Barker parece haberse saltado por completo la etapa de rookie. Maneja la puesta en escena con una contundente seguridad y reclama a gritos, a base de los de Navarrette como nueva scream queen, el liderazgo de esta nueva hornada de cineastas de terror que han dado el salto desde YouTube a la gran pantalla —con la pareja llegada de Parsons y su Backrooms. Barker va a la raíz del género. Es un auténtico infierno. Id a verla. Es un imperativo. 

obsession-critica
Fotograma de ‘Obsession’ (Foto: Universal Pictures)
Nota de lectores0 Votos
0
LO MEJOR: ES CAPAZ DE DAR AL CINE DE TERROR UNA NUEVA VITALIDAD SIN ALEJARSE DE LA RAÍZ DEL GÉNERO.
LO PEOR: QUE EL ARRIESGADO PROTAGONISTA PUEDA HACER QUE LA PELÍCULA SE LEA DESDE POSTURAS ERRÓNEAS.
9.5