Los ‘Backrooms’: del terror liminal a la inteligencia artificial

Chiwetel Ejiofor en la película ‘Backrooms’ (Imagen: Filmaffinity)

Si no tienes cuidado y te sales de la realidad en las zonas equivocadas, acabarás en los modelos de IA, donde no hay más que prompts, bots y la locura de las alucinaciones, entre millones de intentos recordar sin entender, de perfeccionar sin conocer y replicar sin sentir. 

Que Dios te salve si oyes algo merodeando cerca, porque seguro que te ha copiado ya. 

En uno de los momentos más inquietantes de la webserie de YouTube, ‘Backrooms’, de Kane Parsons (Kane Pixels), seguimos a una persona que acude a la llamada de auxilio de una voz perdida en la lejanía de estos eternos pasillos amarillos. Una voz humana. Mientras la busca, encuentra ropa y enseres personales en el suelo. Alguien vive ahí. Pero al doblar una esquina, desde la distancia, ve qué era realmente lo que emitía esa voz. Con una rotundidad escalofriante, solo acierta a murmurar: “that ‘s not a person”. 

La historia de los backrooms, aunque es bien conocida, se narra como una heroicidad casi de epopeya clásica, el sueño americano trasladado y embutido en esta era digital. De una aparición anónima como un post de 4chan en 2019 a un cortometraje viral (84 millones de visualizaciones) elaborado con After Effects y renderizado por un adolescente desde su casa. De ahí, a una mini serie de 25 episodios de narrativa fragmentada, combinando found footage, animación 3D, actores reales y música original compuesta. Del adolescente en su casa, a dirigir un largometraje bajo uno de los sellos más importantes del panorama actual, como es A24, y a convertirse en uno de los estrenos más importantes del año. Del creepypasta al taquillazo. 

Fotograma webserie 'The Backrooms
Fotograma webserie ‘The Backrooms’ (Imagen: YouTube)

Pero, ¿qué tienen estos pasillos para haber conectado de forma tan medular con toda una generación (o con varias a la vez)? Al igual que cualquier mito de terror, los backrooms son hijos de su tiempo: un catalizador de emociones surgidas como reacción a miedos y temores de una era concreta. El lobo en el bosque, el kraken en los mares, la invasión de los ladrones de cuerpos, el botón nuclear. 

Precisamente el éxito de este creepypasta radica en que conjuga varias inquietudes de nuestro tiempo; no todas necesariamente terroríficas. 

Porque si lo liminal está de moda, al igual que el minimalismo, tiene mucho que ver con vaciar espacios y momentos que normalmente vemos atestados de personas; un incordio que solo nos genera estrés y ruido pero que, al mismo tiempo, tememos perder, como tememos al silencio y a la soledad. O a encontrarnos solo con nosotros mismos en un momento en el que nuestra identidad parece ser confeccionada desde fuera; casi programada. 

El concepto de los backrooms también toca otras teclas que nos fascinan (y aterran): la última frontera, lo que para la humanidad antes era el océano, infinito y lleno de peligros; o el bosque, repleto de horrores y de caminos sin salida. Esos espacios los exploramos, los entendimos, y los conquistamos. Y nos fascina contar historias sobre ellos. Miramos al cielo y pensamos en alienígenas, naves espaciales y espadas láser.  

Con el mito de los backrooms volvemos a encontrarnos con otro mundo incógnito, conviviendo con el nuestro, – literalmente pared con pared – que no entendemos, que nos atosiga y fascina. 

No parece casualidad que en la película (sin spoilers, esto aparece en el propio tráiler), el personaje de Chiwetel Ejiofor se tope con una inquietante grabación de voces en distintos idiomas. En concreto 50 diferentes. Son las grabaciones reales, en forma de saludos oficiales, que viajaron en las sondas espaciales Voyager 1 y 2, enviadas por la NASA al espacio en 1977 en busca de vida alienígena. Este nuevo mundo parece darle la bienvenida.

O que el mismo Ejiofor se disfrace de pirata, símbolo de exploración de mares y lugares desconocidos. De nuevo, la última frontera

Fotograma de la película ‘Backrooms’ (Imagen: YouTube)

Pero hasta ahora, nada es sustancialmente nuevo. Jurassic Park (1993) ya hablaba de los límites de la ciencia y de la creación de nuestra propia destrucción. El Resplandor (1980) también jugaba con lo liminal y el terror al aislamiento. En la serie Severance (2022) reconocemos esos pasillos (ahora blancos), y esos espacios extrañamente familiares pero ajenos. Y si hablamos de laberintos y criaturas horripilantes que acechan, ahí tenemos a Teseo y el minotauro como el primer backroom de nuestra tradición.

Kane Parsons va más allá. Sus backrooms no solo son espacios infinitos con monstruos. Su horror lo basa en que este nuevo mundo no solo nos fascina a nosotros, sino que nosotros le fascinamos a él. Los backrooms quieren ser como nosotros. Nos miran, nos estudian, nos recuerdan, nos copian, nos absorben. Y sin embargo, no nos entiende. 

En otro momento de la webserie, una entidad de las que acechan en los backrooms está persiguiendo a la protagonista del vídeo. Ella cierra una puerta y se aleja, aterrorizada. La entidad, al toparse con esta puerta, no la destruye, sino que la golpea con “sus nudillos”. Parece que pide permiso. Nos ha visto antes interactuar con puertas y ha aprendido. Entiende el prompt, la instrucción, pero no el contexto, la vivencia. Quiere ser humana, pero no sabe cómo. 

En la película Backrooms (2026) vemos esta idea de forma aún más tangible. Nuestros recuerdos, espacios y vivencias, son replicadas, pero sin alma ni sentido. “Cuantas más veces recuerda algo, menos lo hace”, explica el propio Chiwetel Ejiofor en la cinta. Las caras se desdibujan, los cuerpos se deforman: intentos de ser humanos sin entender qué nos hace humanos.

Y aquí reside lo diferenciador de la propuesta de Parsons. Porque es un eco que resuena con nuestra vida cotidiana ahora dominada por nuevos universos que nos fascinan, como el de la inteligencia artificial. Mundos pegados ya al nuestro cuyo único fin es el de ser nosotros. Así escribiría un humano, esa sonrisa la tendría un humano, así se emocionaría un humano. 

That ‘s not a person”.

La tragedia de este concepto es que todo deja huella, como la dejamos nosotros en nuestra realidad digital. Cada paso nuestro en los backrooms de Parsons se traduce en información que replica, aprende y emula. Datos con los que llenar sus pasillos, hasta que no los distingamos de los nuestros.

Porque al principio salíamos con seis dedos y mil dientes en las imágenes hechas con IA; y el papa con un abrigo imposible. Sabíamos que no era real. Pero, como los backrooms, seguimos haciéndole recordar más y más. Hasta que el mito se convierta en realidad, y el minotauro nos alcance.