Título original: Disclosure Day
Año: 2026
Duración: 145 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Steven Spielberg
Guion: David Koepp, Steven Spielberg. Historia: Steven Spielberg
Reparto: Emily Blunt, Josh O’Connor, Colman Domingo, Colin Firth
Música: John Williams
Fotografía: Janusz Kaminski
Compañías: Amblin Entertainment, Universal Pictures
Distribuidora: Universal Pictures
Género: Ciencia ficción. Intriga. Thriller. Drama
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El fondo arrollador sobre el que aparece la primera imagen de El día de la revelación (Steven Spielberg, 2026) casi impide procesarla. En pleno combate de lucha libre, la cámara adopta la subjetividad de uno de los dos contingentes que, desde el suelo, recibe los pisotones de su adversario erguido. Este plano contrapicado podría establecerse desde la mera funcionalidad, pero la motivación que su forma tiene para Spielberg es tal, que el escenario argumental (el combate) solo existe para iniciar el metraje a partir de la literalmente vapuleada mirada.
Y es que su 36º largometraje se estrena en ese preocupante momento del round; una contemporaneidad en que nuestros ojos reciben impactos visuales sin posibilidad de reponerse, sin el respiro de un conteo que interrumpa el asalto. Con la inteligencia artificial o las redes sociales, las pantallas han devaluado su contenido visual (incluso) por debajo del entretenimiento: un límite que dista de lo proyectado en la sala de cine y que sin embargo retiene en su franja a gran parte del planeta. Se genera así un estímulo dañino; mentiroso bajo un disfraz que corrompe la mirada receptora. ¿Cómo lograr que esta acceda a la verdad?. ¿Cómo revertir su desfavorable contexto?
La forma en que el montaje introduce al personaje de Margaret (Emily Blunt) no es baladí. Su acción, presentar en directo el tiempo de una cadena local, parece innegociable, pero los centímetros retrocedidos por un travelling refutan la apariencia inicial del encuadre: se trataba de una grabación reproducida por una tablet. El siguiente plano, en cambio, focaliza con su pureza el ojo de la protagonista. Spielberg marca este órgano como la solución para discernir la verdad dentro de una manipulación visual. Es un juego asociativo que invade toda la película; aquello que sucede delante de nuestros ojos y que la imagen (de hoy) se esfuerza en ocultar.
El cineasta estadounidense decide emplear su cine para invertir estas condiciones. A medida que avanza el film, se intercalan escenas en códigos de espionaje que ejercen de nexo narrativo. Las mismas conectan las llamadas telefónicas que realiza el personaje de Colman Domingo (Michael) desde la clandestinidad, aunque la esencia de los breves encuentros recae en lo visual. Y es que la construcción y decoración del set que entretanto (en segundo plano) se lleva a cabo, culmina más adelante en una casa que cimienta bajo su apariencia esa idea de control visual, pues su visibilización se destina de manera exclusiva. Un dispositivo alienígena impide que el bando antagonista, una agencia gubernamental que niega evidencias extraterrestres, acceda a la información visual de la casa. Supone una receta meta-cinematográfica contra aquellos estímulos que apalizan nuestros ojos.
Así, el guión del film confronta una exposición confidencial mediante imágenes. La liberación de esta censura es la excusa por la que el consagrado realizador revisita el sci-fi de Encuentros en la tercera fase (1977), E.T. el extraterrestre (1982), La guerra de los mundos (2005) e Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (2008). Los alienígenas sirven a la puesta en escena como símbolo de la verdad oculta en las imágenes actuales al reivindicar su accesibilidad. Asimismo, Spielberg se propone como solución, trasladando su contenido extraterrestre hasta el colectivo de pantallas congregado desde diversas localizaciones durante la última secuencia.
Con este gesto dice 一a través de sus imágenes一 ser capaz de anular el control informativo y detener los conflictos geopolíticos; pausar el mundo con unos medios (los suyos) prácticamente ilimitados dentro de la industria. Es un mensaje que pone en espera al espectador como el que también retransmitía recientemente Pedro Almodóvar en el cierre de Amarga Navidad (2026). Pero aquí, la ensimismación por la imagen propia, denota un ego desmedido, pues elevarse como un salvador espiritual se acerca a una pretensión mesiánica: proponer con tu cine una nueva religión. Defiendo un cine que devuelve a los ojos su derecho y restablece el poder de la mirada sin necesidad de adoctrinarla bajo una fe.



