La vida es Verdi

‘La vida es Verdi’, el valor de una sala de cine

 

Título original: La vida és Verdi

Año: 2026

Duración: 92 min

Dirección: Berta García Lacht

Guion: Berta García Lacht

Reparto: Yanira Giménez, Séfora Gonzalez, Consuelo Malla Ferrer, Isabel Coixet, Albert Serra, J.A. Bayona, Richard Gere

Música: Silvia Perez Cruz

Fotografía: Sandra Roca

Compañía: A Contracorriente Films

Género: Documental

Crítica en Letterboxd

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Con motivo del centenario de los Cines Verdi de Barcelona, Berta García-Lacht dirige La vida és Verdi, un documental que, lejos de limitarse a celebrar la historia de una de las salas más emblemáticas del país, se pregunta por el significado que todavía tiene acudir al cine en pleno siglo XXI. A través de imágenes de archivo, testimonios de cineastas, trabajadores y espectadores, la película construye un retrato de un espacio que ha sobrevivido a los cambios tecnológicos, a las crisis del sector y a la transformación de los hábitos de consumo. Pero, sobre todo, plantea una cuestión de fondo: ¿qué perdemos cuando desaparece una sala de cine?

La respuesta nunca llega de forma explícita. Y ese es, a mi parecer, uno de los mayores aciertos del documental. García-Lacht rehúye el discurso tradicional y el homenaje institucional para dejar que sean las personas quienes expliquen, casi sin darse cuenta, por qué un cine puede convertirse en parte de la biografía de una ciudad. Los Cines Verdi aparecen aquí no solo como un edificio o una empresa, sino como un lugar de encuentro donde varias generaciones han aprendido a descubrir películas que difícilmente encontraban espacio en los circuitos comerciales.

Uno de los aspectos más inteligentes de la propuesta es la manera en que articula las distintas voces que construyen el relato. El documental encuentra en las dos niñas que recorren el Verdi (Yanira Giménez y Séfora González) el hilo conductor perfecto: sus miradas curiosas y sin prejuicios sirven para descubrir el cine como si fuera la primera vez, recordándonos que toda pasión cinéfila empieza con una primera película y una primera sala. A su alrededor aparecen nombres ampliamente reconocidos, como Isabel Coixet, J. A. Bayona, Carla Simón, Fernando Trueba o Richard Gere, cuyas intervenciones aportan prestigio sin eclipsar el verdadero corazón de la película. Porque García-Lacht concede el mismo espacio a acomodadores, trabajadores, exhibidores, vecinos y espectadores anónimos, entendiendo que la historia de un cine no la escriben únicamente quienes hacen películas, sino también quienes abren sus puertas cada mañana y quienes ocupan sus butacas desde hace décadas.

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Fotograma de «La vida ès verdi» (Imagen: Acontracorriente Films)

Visualmente, el documental apuesta por la sencillez. No hay artificios ni una búsqueda constante de la emoción. El montaje permite que las historias respiren y que el pasado dialogue con el presente sin caer en la nostalgia complaciente. Porque La vida es Verdi no defiende que cualquier tiempo pasado fuera mejor, sino que reivindica la vigencia de una manera de entender el cine como experiencia cultural compartida. Y es precisamente ahí donde el documental adquiere una dimensión que trasciende el caso concreto de los Verdi. Mientras muchas salas tradicionales en España han ido cerrando sus puertas o han tenido que reinventarse para sobrevivir frente al auge de las plataformas y los grandes complejos comerciales, este cine barcelonés se convierte en el símbolo de una resistencia posible. No porque viva al margen de los problemas del sector, sino porque demuestra que todavía existe un público dispuesto a buscar una programación diferente y una forma distinta de vivir el cine.

Quizá la mayor virtud de la película sea recordar que las salas no solo proyectan películas: crean espectadores. Son lugares donde se educa la mirada, donde se descubren autores y donde el cine deja de ser un contenido para convertirse en una experiencia. Esa idea, que atraviesa todo el documental, termina siendo mucho más poderosa que cualquier celebración de un aniversario.

La vida es Verdi celebra el pasado de una sala centenaria, pero su verdadera mirada está puesta en el futuro. En preguntarnos si seguiremos necesitando lugares como este para descubrir el cine o si aceptaremos que esa experiencia se diluya en la comodidad doméstica. Berta García-Lacht no responde a la pregunta y nos deja que seamos nosotros, los espectadores, quienes salgan del cine con ella en la cabeza.

Nota de lectores3 Votos
5.4
LO MEJOR: EL EQUILIBRIO ENTRE GRANDES NOMBRES Y PROTAGONISTAS ANÓNIMOS
LO PEOR: DEJA ABIERTAS ALGUNAS PREGUNTAS QUE HABRÍA SIDO INTERESANTE DESARROLLAR
7.3