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‘La ballena’, desde los abismos

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Brendan Fraser en 'La ballena' (Aronofsky, 2022)

Título original : The whale

Año : 2022

Duración: 117 minutos

País : Estados Unidos

Dirección: Darren Aronofsky

Guion: Darren Aronofsky

Música : Rob Simonsen

Fotografía : Matthew Libatique

Reparto: Brendan Fraser, Sadie Sink, Samantha Morton, Ty Simpkins, Hong Chau, Sathya Sridharan, Jacey Sink

Productora : A24

Género : drama

Ficha completa en FilmAffinity

Las vidas de las personas son muy frágiles. Un cambio puede dar un giro de 180º a tu forma de ser. Poco a poco estamos más sensibilizados sobre las enfermedades mentales y aceptamos que todos podemos caer en alguna. Incluso Brendan Fraser.

2018 fue el año en que el actor de la infancia de los niños de los 90 declaró que Philip Berk, presidente de la Asociación de Prensa Extranjera de Hollywood (HPFA), le agredió sexualmente a principios de siglo. Esto sumado a la reacción violenta de la industria, la muerte de su madre, su divorcio y multiples cirugías que se había hecho por participar en cintas de acción, le llevaron a una dura depresión.

Aunque ya había vuelto en la serie Doom Patrol (Carver, 2019) y la película Sin movimientos bruscos (Sorderbergh, 2021), Darren Aronofsky adapta la obra de Samuel Hunter para hacer que Fraser renazca de sus cenizas y ofrezca una de sus mejores interpretaciones.

La ballena se centra en un profesor de universidad con obesidad mórbida que sabe que en una semana va a morir. Este decide ponerse en contacto con su hija –Sadie Sink, conocida por su papel en Stranger Things (Matt y Ross Duffer, 2016)-, a la que lleva años sin ver tras separarse de su madre y empezar a salir con un hombre.

Para esta historia, Aronofsky crea una pecera minúscula en todos los sentidos. Como uno de los posters con los que se ha promocionado la película, el personaje de Fraser es un pez atascado en un diminuto recipiente de vidrio. No cabe dentro de la pantalla, tampoco casi en su diminuto apartamento. Así se siente un ambiente opresivo, una contrarreloj ante la hora de su muerte por conseguir la aprobación de su hija, reacia en todo momento.

Pero el vidrio se rompe. Y la película lo hace a base de generarnos emociones fuertes, tanto de felicidad como de tristeza. A través de las lágrimas de los espectadores, al unísono con los de unos actores en estado de gracia, consigue deslizarse por diferentes temas como la homosexualidad encubierta, las difíciles relaciones paterno-filiales o la depresión. Todo con la suficiente elegancia para no caer en la exageración y en la pornografía emocional, el pecado de muchas adaptaciones teatrales y la misma obra del director. Tan solo puede ser que se recree demasiado en los momentos donde el personaje de Fraser se atiborra de comida basura o muestra su desagradable cuerpo.

Aun así, es una película de sentimientos, de llorar desde nuestros adentros, de reconciliación con nosotros mismos y nuestros seres queridos. Vemos a personas reales, con sus defectos y virtudes, con pasado. Nos vemos a nosotros y por eso nos consigue llegar esta historia paterno-filial. Con el añadido de dos actores que se salen de la pantalla: un Brendan Fraser que se consolida como un intérprete en mayúsculas -siempre habiéndolo sido, cabe decir- y una Sadie Sink que viene a comerse el mundo.

Lo mejor: las interpretaciones de Sadie Sink y Brendan Fraser

Lo peor: excesiva y desagradable en los momentos donde se ve comiendo comida basura al personaje de Fraser

Nota: 8/10

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Mis referentes morales son Joe Strummer, el Espartaco de Kirk Douglas y Susan Sarandon. Una vez vi a Willem Dafoe.

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