Título original: Good Luck, Have Fun, Don’t Die
Año: 2025
Duración: 134 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Gore Verbinski
Guion: Matthew Robinson
Reparto: Sam Rockwell, Haley Lu Richardson, Juno Temple, Michael Peña, Zazie Beetz
Música: Geoff Zanelli
Fotografía: Jim Whitaker
Montaje: Craig Wood
Productoras: Universal Pictures, Blind Wink
Distribuidora: Briarcliff Entertainment
Género: Comedia, Ciencia Ficción
Crítica en Letterboxd
—
Gore Verbinski, el cineasta que definió el espectáculo de masas con Piratas del Caribe y la atmósfera opresiva en The Ring, regresa a la acción real con Good Luck, Have Fun, Don’t Die. Partiendo de un guion de Matthew Robinson, la película se articula como una comedia de acción y ciencia ficción donde un hombre del futuro, interpretado por Sam Rockwell, irrumpe en un restaurante para reclutar a un grupo de personas corrientes con el fin de detener una inteligencia artificial apocalíptica. Sin embargo, el resultado final se siente, ante todo, como un error de cálculo narrativo y generacional. En un momento donde la IA ha dejado de ser una distopía lejana para convertirse en una amenaza presente que ya moldea nuestras vidas, la película intenta lanzar una advertencia que termina diluida en su propio caos visual.
Desde el arranque, la puesta en escena impone una presencia que resulta desconcertante. Para una cinta que pretende alertar sobre el control tecnológico, Verbinski opta por una edición tan hiperventilada que no deja que la imagen respire ni un solo instante; es un montaje de espasmos constantes que solo genera ruido en lugar de la tensión rítmica que evitaba lugares muertos en sus trabajos previos. Si el objetivo es criticar cómo las redes sociales fragmentan nuestra atención, no puedes hacerlo convirtiendo el propio filme en un scroll infinito de TikTok que impide cualquier inmersión real. Esta hipérbole constante busca dinamismo pero solo encuentra una saturación formal que acaba por jugar en contra del film, debilitando el ritmo hasta que la emoción se diluye en un mero artificio.
Esa saturación se traslada a un guion que aplica la táctica de la ametralladora, disparando cientos de chistes para que, por pura estadística, alguno funcione. El resultado es un tono de «humor boomer» que intenta sintonizar con un público juvenil al que parece mirar desde fuera, tratándolo como un accesorio temático más que como un interlocutor válido. La falta de capacidad para empatizar con los personajes desde el inicio es evidente, agravada por una estructura in media res que utiliza los flashbacks de forma errática. Mientras se intenta dar profundidad a figuras como Ingrid (Haley Lu Richardson) o Susan (Juno Temple), se dejan huecos inexplicables en otros como Scott (Asim Chaudhry). Es un error de diseño básico: se utilizan recursos para contextualizar a una parte del grupo mientras otros, que atraviesan toda la película, carecen de un arco propio que les permita existir más allá de su utilidad emocional o instrumental.
En su tono general, se perciben pliegues de similitud con el despliegue de Ready Player One, la extrañeza de Beau is Afraid o el cinismo pop de Taika Waititi, pero bajo esa supuesta precisión técnica asoma un vacío. Al igual que en otras obras contemporáneas que cuidan su imagen exterior más de lo que dejan posarse en el fondo, la película se vuelve previsible y, por momentos, agotadora. El resultado es una propuesta sólida en lo profesional pero poco arriesgada en su mensaje, que se impone por la energía aunque a costa de dejar al espectador sin oportunidad de interpretar un sentido último. Lo que queda es un sentimiento malo: el de una obra perfectamente afinada para encajar y cumplir, pero que nos deja pensando para qué tanto frenesí si la historia se acaba evaporando en su propia forma.



