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‘Sentimental’, cine a pelo

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Sentimental
Fotograma de Sentimental (2020) de Cesc Gay

Título original: Sentimental

Año: 2020

Duración: 82 min.

País: España

Dirección: Cesc Gay

Guión: Cesc Gay

Fotografía: Andreu Rebés

Reparto: Javier Cámara, Griselda Siciliani, Belén Cuesta, Alberto San Juan

Productora: Imposible Films, Movistar+, TV3, ICEC, Sentimentalfilm, Televisión Española (TVE)

Género: Comedia

Ficha en Filmaffinity

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Me parece muy interesante cómo Sentimental, la nueva película de Cesc Gay, funciona como un placer culpable para ese cinéfilo empedernido que se sentirá Judas al estar disfrutando de un cine que resulta estimulante justamente porque no es cine del todo. La esencia teatral de esta comedia nos saca de nuestra zona de confort. Nos obliga a huir de esta adicción que el espectador contemporéneo parece tener al peplum. Porque parece que lo único que justifica ya la asistencia a las salas es la existencia de estos monumentales dispositivos de puesta en escena. “La fotografía de esta película es espectacular, merece la pena verla en el cine”, hemos escuchado más de una vez. ¿Por qué no puede merecer la pena asistir a una sala para escuchar un guión en concreto?

Gay parece querer reivindicar con Sentimental justamente eso: el volver a enamorarnos de un cine anterior, de remontarnos a esa época en la que escuchar una voz en un filme resultaba más emocionante incluso que ver una figura. Nos encontramos ante una pieza con muchos más desnudos técnicos que literales, con una clara ansia por eliminar casi por completo cualquier filtro cinematográfico para dejar paso al personaje, al gesto, a la voz… En definitiva, por reivindicar un humanismo que el cine (y por lo tanto el cineasta) parece anular.

El individuo es ahora todo, siendo el apartamento (único lugar donde sucede la acción) un lienzo en blanco y los protagonistas, esas acuarelas encargadas de dotar de color a la película. Al ser los personajes lo único que se posa ante el punto de mira del espectador, el guión de Gay parece inducirnos en una esperpéntica a la par que elegante sesión de psicoanálisis donde nosotros somos ese terapeuta que calla y escucha.

Cada mínima mirada, gesto o interacción con el reducido espacio se convierte en una declaración de intenciones. Incluso cada objeto parece significar más de lo que realmente significa (pensé mucho en La soga de Hitchcock durante la proyección). Porque al final los poemas con menos versos son los que más tendemos a sobreanalizar. Porque lo mínimo esconde mucho más que lo excesivo.

Sentimental
Fotograma de ‘Sentimental’

Como cualquier terapia, Sentimental no deja de ser un juego de máscaras sobre máscaras que, inevitablemente, acaban agotándose. Nos encontramos ante personajes que interpretan a personajes, ante verdades vertidas con cuentagotas en un vaso que está apunto de colmar. Porque, como decíamos, es innegable el homenaje que supone lo último de Gay a esa pureza cinematográfica de las comedias clásicas de Capra o Lubitsch. Pero también hay algo en esta obra de la tóxica modernidad de Cassavetes, de esos invididuos tan contradictorios e impredecibles que sólo encuentran la coherencia en la incoherencia (reir y llorar son dos acciones indiferenciables).

Quizás aquí es donde señalo mi mayor pero con la película. Y es que creo que es inevitable echar en falta esa dinamitación de lo humano, como si el director llevara todo el metraje filmando una mecha que se acerca lentamente a una deseada bomba que nunca explotará. Es cierto que hay algo muy interesante en la sutileza que la película tiene a la hora de jugar con las expectativas del espectador, siendo capaz de hablar de cosas sin esas mismas cosas. Pero al final Sentimental se convierte en una oda al dejarse llevar demasiado contenida, una invitación a algo que ella misma tiene dificultades para hacer.

Las actuaciones de todo el reparto son dignas de mención, aunque quizás sea justamente el nada sutil bombero de Alberto San Juan quien se lleve la palma. Pero es que justamente se la lleva por eso. Porque es él el único personaje que parece empeñado en perturbar lo imperturbable, en convertir los arcos de personaje clásicos en posmodernas montañas rusas emocionales. Porque cuando uno sólo puede fijarse en las voces le es más fácil diferenciar entre guion y palabra. Y si el espectador detecta más guion que palabra, se vuelve a acordar de que lo que está viendo sí es cine.

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Lo mejor: Sentirnos confusos al disfrutar del cine por el hecho de no serlo

Lo peor: Que escriba una invitación a algo que ella misma tiene dificultades para hacer

Nota: 7/10

 

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