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CutreCon 2022 – ‘New York Ninja’

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Había oído hablar del festival de cine CutreCon y lo que ahí sucedía. También estaba al tanto de los niveles de “cutrez” de la película, New York Ninja (1984), que habían escogido para estrenar a lo grande la edición de este año. Con todo, nunca podía haberme imaginado de lo que iba a ser testigo el pasado 23 de febrero, sin duda una buena efeméride para comenzar a ilustrar lo que voy a tratar de resumir a continuación, dado el intento de golpe de estado al cine del que fui testigo. Espero conseguir volcar fielmente el inenarrable espectáculo al que tuve el placer de asistir. No sé si lo lograré, dado que los recuerdos y las anotaciones que hice se fueron alejando de toda lógica a medida que se desarrollaba aquella desconcertante noche.

Pero antes de adentrarnos en materia, para los que no conozcan la naturaleza de este festival, cabe hacer unas aclaraciones previas. En la rueda de prensa que se celebró una semana antes, Carlos Palencia, director del CutreCon, lo calificaba como un “antifestival” que, lejos de buscar cine de buena calidad, ofrece desde hace 11 años “lo peor de lo peor, aquello que está tan mal hecho o es tan erróneo que al final resulta divertidísimo”. Es decir, películas que son tan malas que no puedes dejar de verlas. En esta ocasión, la cinta elegida era New York Ninja, un film protagonizado y dirigido por el taiwanés John Liu, una estrambótica versión de Bruce Lee que, al parecer, tenía lo suyo y estuvo metido en mil líos. Había hecho varias producciones de un cine que, por decirlo de alguna manera, no había tenido mucho éxito y había pasado al olvido como esta ochentera “obra” de ninjas y peleas callejeras. Todo lo que se grabó de este proyecto desapareció hasta que la distribuidora Vinegar Syndrome recuperó lo que quedaba del material original cuatro décadas más tarde, a saber, seis horas de metraje sin sonido ni guion ni nada de nada. Parece que aquello les pareció que merecía otra oportunidad. Además de restaurar en 4k el negativo original de 35 milímetros, tuvieron que montar y editar el material tras reconstruir los diálogos con la ayuda de expertos en lectura labial, lo que puede resultar difícil dado que los ninjas acostumbran a tener la cara tapada.

Pues bien, tras esta introducción comencemos la reconstrucción de los hechos. Antes, debo advertir que las líneas que siguen a continuación no son recomendables para personas aprensivas. Desde 35 milímetros no nos responsabilizamos del contenido de la crónica que sigue, pues simplemente refleja lo que ahí sucedió, para bien o para mal.

La velada se desarrolló en la Cineteca del Matadero de Madrid. Antes de entrar pregunté a uno que estaba fuera si aquel era el lugar de la película de los ninjas. Además de indicarme el emplazamiento exacto, me comentó con devoción que había comprado de antemano todas las entradas para los cuatro días del festival. La sala estaba ya muy llena cuando yo llegué y me senté en primera fila, la zona de prensa. Estaba hablando con un compañero de otro medio, que ya había vivido esta experiencia anteriormente, cuando apareció un fulano con el pelo largo (una estética muy recurrente en este lugar). Al atravesar la puerta, un grupo que se encontraba unas butacas detrás comenzó a aplaudir y a celebrar a gritos la entrada de este sujeto, el cual hizo una reverencia y continuó alegre su paso hasta llegar junto a ellos. Fue entonces cuando empecé a entender la dinámica del evento. Miré al otro periodista pero él no parecía sorprendido, al contrario, parecía feliz e ilusionado de volver a vivir esta experiencia. Tras esta entrada triunfal, le siguió Juan Pérez, productor del festival, que llevaba un micrófono:

– ¡Empezamos en un minuto o dos! ¿Preparados para el CutreCon?

A la proclama le siguieron unos gritos, a los que todavía no me había acostumbrado, que recordaban a un concierto de Pantera. Parecía claro que estaba asistiendo a la previa y que Pérez haría las veces de maestro de ceremonias para poner a tono al público. La gente seguía entrando a raudales y un grupo competía con la atención del showman porque no podían sentarse. “¡Cine de Rayaner!”, jaleó uno en referencia a lo hacinados que estábamos. El anfitrión continuó con su discurso explicando la situación a los inexpertos como yo que no sabíamos lo que estaba sucediendo. Así pues, preguntó que quiénes estábamos en el CutreCon por primera vez. Unos cuantos levantamos la mano entre temerosos y avergonzados. Ante esta confesión siguió un amenazante estruendo:

– ¡Queremos su sangre!

– ¡Sangre fresca!

Todos nos reíamos de aquello y de lo que decía el orador, al cual interrumpían constantemente con chascarrillos de los que se defendía con la sutil retórica que caracteriza el festival:

– ¡Vete a tomar por culo! –respondió él mientras continuaba con la explicación–. Queremos que comentéis, que hagáis chistes.

En medio de la previa, apareció el ya mencionado director, Carlos Palencia, que fue presentado por Pérez mientras que le asaltaban descalificativos varios:

– ¡Corrupto!

– ¡Búscate un trabajo, Hippie!

Él se presentó y continuó por donde lo había dejado su compañero. Recordó a los presentes que era 23 de febrero:

– ¡Se sienten, coño!… Como en el Congreso.

A continuación, comparó el gusto de estar ahí con el sadomasoquismo, analogía que remató lanzando unos papeles al suelo (al parecer sus chuletas), por lo que continuó su discurso improvisando. Fue el momento de abrir el melón para cuestionarse si existía una falta de ética por reírse del trabajo de otras personas, aunque no me quedó muy claro lo que dijo para justificarlo, algo de que se reían del momento en sí y no de terceros. Tampoco me importó mucho, habíamos venido a lo que habíamos venido. Pero trató de afinar más la coartada al relatar la historia de John Liu, del cual dijo que residió y rodó en España, que tuvo varios problemas con la ley (llegó a ser conocido en nuestro país como Juanito Líos) y que fue incluso encarcelado en Zaragoza por pertenecer a una red de trata de blancas. Bueno, no sé si esta biografía es real o no, me cuesta creerlo, claro está, no obstante animó al personal a reírse del que denominó con el apelativo “hijo de puta”.

– ¡Hijoputa! –gritaron varios.

– ¡Vanguardista! –exclamó otro.

Mientras el director del festival explicaba cómo se había encontrado el material original y cómo lo habían restaurado, apareció una pareja que llegaba tarde.

– Pasad, pasad –dijo Carlos Palencia interrumpiéndose a sí mismo.

Tras una ovación a los recién llegados, Palencia retomó su discurso mencionando que este proyecto había muerto hacía cuatro décadas, pero que había resucitado.

– ¡Como el Franquismo! –propuso un asistente.

El director, para terminar, mencionó que “Juanito Líos” estaba escondido en alguna selva, pero que había dado el beneplácito de que se usara su película como se estaba haciendo o como asegura Palencia que el taiwanés le comentó: “haced lo que os de la gana con esta mierda”. Tras animar al público a seguir insultando al cineasta, culminó su arenga con un “John Liu no va a ver un duro de todo esto”. Palabras que desataron un manto de excitados gritos y dieron comienzo a la proyección.

A modo de promoción, llegó el turno de los tráileres de las películas del CutreCon. El primero fue el del festival en sí. Los asistentes aplaudían al son de la canción y los más expertos en la materia coreaban el estribillo con orgullosos rugidos. Estos minutos no tuvieron desperdicio alguno. Aunque la película todavía no había empezado, ya por entonces me reía hasta rozar la fatiga. Esta sensación aumentaba con el calor que emanaba del atestado auditorio generando un cargado ambiente que convertía la respiración en resuello por culpa, además, del uso de las mascarillas, todo lo cual a mí personalmente me fue pasando cada vez más factura a lo largo de la noche, pero ya era tarde para mí, ya no quería irme de ahí. Entre otras descabelladas historias se encontraba el Star Wars turco de 1982 o una película asturiana de escenas loquísimas con tiroteos muy mal rodados, cuyo protagonista, tal y como mencionaban en el propio tráiler, se parecía a Keanu Reeves.

– ¡Yonqui Wick! –zanjó un espectador al encontrar un (muy) lejano parecido con la saga de acción John Wick.

Por fin comenzó la película. Una temblorosa panorámica vertical recorre de arriba abajo un edificio neoyorquino hasta llegar al protagonista, John Liu, que se encuentra junto a una mujer.

– ¡Es Nino Bravo! –comenta un espectador, que cierta razón lleva, para describir al intérprete y a su peinado.

Empiezan a hablar en inglés y me doy cuenta de las licencias que el traductor se ha concedido para hacer los subtítulos en castellano, buscando generar un efecto más grotesco, si cabe. Entre otras muchas cosas, al protagonista lo llama “Juanito Líos”.

El diálogo y la actuación son realmente ridículos. Casi tan pronto como se ponen a hablar se despiden mientras que ella le dice que está embarazada. Los dos sonríen, se declaran su amor y se separan. Inmediatamente después, la mujer, que camina sola por la calle, es testigo de un secuestro. Unos malhechores raptan a una joven mientras el jefe de los bandidos, disfrazado de mafioso al estilo Capone, se coloca su sombrero ajustándolo desde el ala en un primer plano que resalta paródicamente la maldad del acto. En el forcejeo a la chica se le cae el bolso y, no me preguntéis por qué, la mujer de Liu intenta cogerlo exponiéndose a la trifurca ¿Resultado? El Al capone de pacotilla con sombrero de chulo saca una navaja automática y acuchilla a la embarazada. Ella se desploma torpemente y cae por las escaleras de una boca de metro. La escenificación de la muerte es terrible, la caída es interminable (aunque no está rodada a cámara lenta), la escena termina con un plano de una pegatina de “I ♥ NY” (I love New York). El público responde a este envite narrativo con un aplauso que compite en ruido con las carcajadas.

La siguiente escena, por lo que sea, se desarrolla en un helipuerto. Una mujer (que resulta ser una reportera y que es compañera de trabajo de Juanito Líos) habla apenada con un camarógrafo (también compañero) y con un señor desconocido sobre la trágica pérdida del protagonista. Tras unos pocos segundos, concluyen el diálogo subiéndose rápidamente a un helicóptero. Antes de saber a qué había venido lo del helicóptero y mientras me preguntaba cómo habían liado a un piloto para prestarse a rodar algo así, aparece Juanito en una azotea. Aunque no sea muy convincente su actuación, parece que está triste por las malas noticias. Surge por detrás la compañera reportera que se acerca para consolarle, pero él la rechaza.

– ¡Le ha hecho una cobra! –sugiere alguien del público. A mí también me lo parece, por lo que me río por haberse retratado a sí mismo como un hombre irresistible para las mujeres.

Ella se va y deja al viudo a solas frente a unos regalos que se iban a dar esa noche en la que prometía que iba a ser una romántica velada. Abre uno de los obsequios y descubre una fotografía enmarcada de la pareja. Juanito rompe el cristal cortándose. Con las manos manchadas de sangre, lee una amorosa dedicatoria de la mujer. Esta lectura despierta en él un grito de rabia:

Why?… Why? –nos unimos todos adivinando la tercera y más contundente exclamación de dolor– Why! –concluye mientras desenvaina una catana que tenía por ahí, dando paso a la siguiente secuencia que promete sed de sangre mientras el público vitorea. No obstante, la acción se aplaza y vemos a Juanito Líos en la popa de un ferri tirando por la borda cosas de su mujer mientras intenta llorar.

– ¡Que ya nos hemos enterao! –exclama una chica que ya está harta de tantos preámbulos y sollozos sin lágrimas.

– ¡No sabe llorar! –subraya otro.

Ya en tierra se le acercan unos macarras que van ataviados con turbantes que se han hecho con sus camisetas, a lo que hay que añadir que llevan ropa deportiva ochentera estilo Flashdance, con calentadores y todo. Intentan atracar a nuestro héroe, pero no saben con quién se están metiendo y este les va pegando uno a uno, porque le atacan así, esperando su turno para ser noqueados.

Tras esta secuencia de hostias, trata de sonsacar información al investigador que lleva el caso de su mujer. El oficial (un espectador lo compara con Bruno Mars) evade las preguntas del viudo y le contesta, asqueado con la realidad e impasible con el dolor de Juanito, que así son las cosas en una ciudad como Nueva York y que poco más se puede hacer. Pero Juanito insiste, necesita que se haga justicia.

– ¡Justicia! –reivindica un sector del auditorio.

Juanito no consigue nada del agente y se marcha. Se pone a andar en de lado a lado en dos metros (para no salirse de plano), cabizbajo, cabreado, acelerado. Está mascullando algo con los puños cerrados y, después de meditarlo, exterioriza su dolor:

Why? –Gran parte del público se une fervoroso a la exhortación. Los que no lo hacen, seguramente, se deba a que no pueden digerir que recurran tanto a este recurso. En adelante, será el grito de guerra del auditorio.

Pero la cosa mejora y Juanito Líos pega un salto mientras la imagen se queda congelada con él suspendido en el aire. Todo el mundo lo celebra como si estuviéramos ante la mejor película de la historia.

La trama principal refleja el ajuste de cuentas de un justiciero que quiere poner orden en la sucia ciudad neoyorquina al estilo de Travis Bickle en Taxi driver. A estas alturas, estoy tan metido en la historia, que los recuerdos empiezan a entremezclarse, pido disculpas por ello al lector. Por entonces ya he dejado de ser un espectador pasivo que mira sorprendido a los veteranos del CutreCon y empiezo formar parte del grupo. Me sorprendo a mí mismo participando en la dinámica del festival, en una orgía orweliana a lo 1984 con un público exaltado que grita belicosamente al enemigo que está siendo proyectado en la pantalla. Pues nadie empatiza con ningún personaje, el asco y el odio impera en la sala. La fatiga del inicio, la risa constante y el sollozo mascarillero favorecen que me una al extraño ritual que se estaba dando.

El resto de la película es dantesca. Se pueden ver diferentes escenas de macarras vestidos de una forma cada vez más ridícula. Por llevar, llevan hasta vendas en la cara. Y una de tres, o lo hacen porque quieren parecer momias, o porque a los figurantes les daba vergüenza que se les reconociera en esta joya cinematográfica o porque eran pocos.

– ¿Por qué vais vestidos así?

– ¡Estos malos son el sueño húmedo de Ágatha Ruiz de la Prada!

La secuencia es siempre la misma. Los pandilleros van por las calles de Nueva York buscando camorra, robando e incluso violando, todo a plena luz del día y con su particular estética (me hace gracia pensar en los viandantes neoyorquinos ajenos al rodaje que hayan contemplado a estos mamarrachos). El protagonista, vestido de ninja blanco, aparece de la nada subido a algún sitio desde el que es testigo de las malicias de los delincuentes hasta que decide actuar (a veces se toma su tiempo). Pero su intervención es totalmente desproporcionada y se pone a matar al personal. Entre otras estrategias lanza estrellas ninja a los pandilleros. Estos mueren, claro, pero mientras lo hacen, y tras pegar un grito, se tocan la herida mortal sujetando el proyectil para que no se caiga al suelo aunque en teoría lo tengan incrustado. La única vez que no hace su entrada de francotirador de estrella ninjas subido a algún sitio es una escena en la que evita un robo patinando. Esta bizarra persecución termina casi en una batalla campal en la que vemos al ninja intermitentemente sin los patines para hacer piruetas más complicadas. Y, por supuesto, todos los malos siguen atacando uno a uno esperando su turno porque, a pesar de los crímenes que hacen, son unos caballeros.

Entre otras muchas subtramas está la del malo principal (hay muchos malos y este nos es el que mató a su mujer) que tiene alergia a la luz y que utiliza una pequeña cerbatana con la que lanza agujas para matar a sus enemigos. Con él va un chófer, que se parece a Daniel Stern (uno de los cacos de Solo en casa), quien lleva una coletilla la cual muerde despertando en gran parte del público algunas reacciones reacias. El chófer nos regala una escena de lucha con nuestro ninja en un descampado en el que poco a poco se va la luz hasta que casi no se les ve y termina muerto por emplear la técnica del espadachín borracho de Jackie Chan. Por otro lado, el villano fotosensible resulta ser el que está detrás de los secuestros a las mujeres. Este va viendo en los periódicos la evolución del ninja y cada vez está más preocupado porque la fama del ninja aumenta entre las gentes de Nueva York, hartas de la delincuencia endémica que les atosiga. Con esta creciente popularidad, al famoso merchandising neoyorkino de camisetas y chapas le añaden la palabra ninja: “I ♥ NY NINJA”.

También encontramos la trayectoria de un niño que termina convirtiéndose en el ayudante que acompaña al héroe, al estilo de Robin y Batman. Pero de una forma muy turbia. El chico (que se parece a Jonathan Ke Quan, el actor que interpreta a Data en Los Goonies o a Tapón en Indiana Jones y el templo maldito) debe dinero a uno de los muchos malos de la película. En un momento dado ese malo intenta desplumar a Data pegándole con ayuda de otros cuantos adultos que forman parte de su banda. El ninja blanco, como no, está subido a un tejado y un primer plano de sus ojos entrecerrándose nos indica que va a intervenir. Pero sus artes marciales no le salvan de las pistolas y acaba herido de bala, aunque se libra de la muerte porque Tapón intercepta con su propio cuerpo el último disparo. Después de esto, viene una escena muy cenagosa. Los dos, sin camiseta y sudorosos, se curan y se sonríen entre algún que otro gesto de dolor. Pero la incomodidad no termina ahí y en la siguiente escena aparece Juanito Líos en un bañador rojo ajustado, tipo taparrabos, pescando con el chico en una competición para ver quién atrapa al pez más grande.

Podría seguir describiendo las excentricidades de la película (como la manera en que escapa el ninja de la policía en la escena final ayudado por una manifestación de niños ninja), pero prefiero que aquello permanezca en la imaginación del lector que haya tenido el valor de llegar hasta aquí. Os recomiendo la experiencia del CutreCon. Personalmente viví una noche embriagante y catártica que repetiré el año que viene. Espero que os haya despertado la curiosidad. Me despido ya, porque siento una preocupante necesidad de hacerme con una camiseta de “I ♥ NY  NINJA”.

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