Título original: Esta soledad
Duración: 1 hora 50 minutos
Director: Javier Giner
Guionistas: Javier Giner y Luisa Matienzo
Reparto: Oriol Pla, Marina Salas, Gemma Martínez
Género: Drama español
Crítica en Letterbox
El drama es un género complicado. En la época de la dopamina y la acción constante no es fácil sentar a alguien frente a una pantalla durante casi dos horas y que esa persona salga conmovida por una historia cocinada a fuego lento. El drama requiere contención para lograr su efecto, y esto justo lo que le falta a Esta soledad, la primera película del director Javier Giner.
El largometraje, protagonizado por Oriol Pla y Marina Salas (Yo, adicto) es la historia bifásica de esta pareja. Por un lado está Leo, un joven actor y clown atrapado en un trabajo precario como cajero y sumido en una realidad familiar oscura, marcada por la parálisis total de su padre y la ausencia de su madre. Por otro lado está Lorea, una escritora novel que acaba de publicar su primer libro, pero que parece estar lejos de sentirse feliz o realizada.
La historia arranca en elipsis. El espectador intuye una pelea entre ambos personajes que ha llevado a su separación. A partir de este momento, la cámara seguirá las historias de ambos protagonistas, que caminan de forma paralela sin llegar nunca a cruzarse frente a la cámara.
Hay varios problemas graves con Esta soledad. Uno de los más reseñables es la dificultad que encuentra para generar una carga dramática creíble. Ante el menor conato de conflicto, los personajes son demasiado reactivos y rabiosos, lo que dificulta que se acumule la tensión necesaria para enganchar emocionalmente al espectador. Faltan diálogos más reposados que ayuden a comprender mejor a los personajes y que aporten un mayor ritmo a la primera parte de la película.
Por otro lado está la cuestión de las historias paralelas. La premisa es interesante. Una pareja que ha roto y cuya historia se cuenta de forma separada, sin que lleguen a compartir espacio. Sin embargo, faltan elementos de anclaje entre las tramas de Leo y Lorea, completamente ajenas la una de la otra.
Vemos a los protagonistas cotilleándose sus respectivos instagrams o mandándose un único mensaje de whatsapp, pero nada más. Podrían no ser pareja y la historia sería exactamente la misma. Los dramas que atraviesan Leo y Lorea no parecen derivar de su ruptura. Se puede intuir que la separación es un elemento que añade una carga extra a sus problemas previos, pero falta un nexo común más rotundo que aporte redondez y justifique que sean dos historias separadas.
El único elemento común en ambas tramas es la inconsistencia. Giner parece querer abrir más puertas de las que es capaz de cerrar en las casi dos horas que dura Esta soledad. Por un lado está la carrera de actor de Leo, que por momentos se dibuja como una vía de escape de su triste precariedad laboral. Esta trama aporta algunos de los momentos más brillantes tanto de guión como de lenguaje audiovisual.
Sin embargo, la historia del protagonista masculino toma un rumbo completamente diferente y se convierte en un trama ‘almodovariana’ de búsqueda de su madre cuando descubre que esta abandonó a su padre porque era un hombre trans. De nuevo, manido, pero interesante, y con muy poco desarrollo. Causa hilaridad presenciar su reencuentro violento y apresurado, seguido de una reconciliación inmotivada y todavía más abrupta, que parece venir por el simple hecho de que faltan 20 minutos para que termine la película.
La historia de Lorea no se queda atrás. La novelista entabla una amistad extraña y poco desarrollada con una expresidiaria a la que termina por acoger en su casa. Ninguna de las dos logra conmover o dejar ninguna impresión concreta en el espectador. Mucho más interesante resulta el personaje —muy secundario— de su madre, una mujer divorciada que todavía vive con su marido y que convive amigablemente con la novia de este, una chica décadas más joven que él.
Nada en esta película se desarrolla. La cinta termina como empieza sin que ninguna impresión logre prevalecer sobre el conjunto. Esta soledad evita apuntar a los culpables estructurales de la crisis económica que atraviesa Leo o hacer un retrato profundo de la crisis de salud mental de la que Lorea es un buen ejemplo. La película termina y todo queda en un mosaico inconcreto de autoindulgencia onanística.
Se insinúa, de forma tímida, una reivindicación de los vínculos y las redes de apoyo. Vemos a Leo consolarse en una especie de ‘rave’ con sus amigos, que le dicen que no tiene que cargar con todo él solo. ¿Pero dónde quedan esos amigos? No vuelven a aparecer. También es un misterio la naturaleza de la relación entre Leo y Lorea. No sabemos si el director quiere contar la historia de una pareja autodestructiva que está mejor separada o hacer un alegato en favor del amor y los cuidados como forma de resistir la violencia neoliberal.
En cualquier caso, puede que esta ambigüedad sea la mayor virtud de la película, de la que uno sale pensando que podría haber sido mejor serie que largometraje. Sin duda faltan minutos, por no decir horas, para profundizar lo suficiente en todas las buenas ideas que Giner expone, pero que falla en concretar. Una lástima.


