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Contra el reduccionismo

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En un ambiente infectado por las posverdades y los idiotas que creen poseer verdades absolutas, el escepticismo se convierte en un acto revolucionario y en un deber moral. Hay un monstruo feroz, despiadado y voraz que acecha en cada callejón oscuro, esperando paciente a su próxima víctima mientras se relame sus perlados dientes y extiende sus temibles garras, se llama reduccionismo. Ahora todo es blanco o negro. Ahora estás conmigo o estás contra mí. Ahora reescribir la historia y hacerla de caramelo en vez de aprender de ella es algo deseable. Ahora la bajeza del rumor vence a la calma del argumento.

La idiotización del discurso es tan clara como temible. Los ejes centrales de los idearios giran en torno a conceptos maniqueos, vacíos de contenido real y llenos de simplismo. Todo el mundo tiene una opinión sobre todo, y todo el mundo es experto en todas las áreas. La incontinencia verbal es un virus que se extiende sin control, y su principal síntoma es la verborrea charlatana. Muchos han olvidado ya aquello de que es mejor quedarse callado y parecer tonto que abrir la boca y confirmarlo. Y eso que en estos tiempos, a más de uno le hace una falta acuciante sentarse a escuchar a Groucho Marx. Y sobre todo aprender a callarnos, que es gratis y a veces hasta beneficioso para la comunidad.

Algunas palabras son tan abusadas que terminan perdiendo su significado. Los calificativos se emplean de forma libertina para catalogar con desdén al prójimo. El objetivo de la discusión ya no es convencer al contrincante (o estar abierto a que este te convenza), sino humillarlo públicamente para poder erigirte en un pedestal de superioridad moral y pedantería. Como consecuencia de esto, el debate se ha vuelto torpe, simple y exasperante.

Tengo como regla y máxima en mi vida no dejar que nadie me imponga ninguna creencia. Como opositor acérrimo de todo tipo de totalitarismo o moralismo pomposo, creo que es mi deber huir despavorido de aquellos que creen tener todas las respuestas sin mostrar el más leve resquicio de duda. Pues es esta ceguera moral la que conduce al conflicto, a la intolerancia y al maniqueísmo. No creo que la corrección política sea algo negativo en sí mismo. Creo en el civismo y en el respeto a los demás. Sin embargo, la continua tabuización que sufre nuestra sociedad, que amenaza con convertirnos en llorones ultrasensibles, no es sino una pulsión reaccionaria y conservadora que se ha disfrazado de falso progresismo. Y es por eso, que algunos autoproclamados izquierdistas (que sin embargo distan mucho de serlo) defienden hoy con vehemencia lo que defendían los conservadores ultracatólicos hace cuarenta años.

Así llegamos a la censura paulatina de obras artísticas de antaño, cuyos valores y arquetipos han quedado para muchos obsoletos y se han tornado en inaceptables. El contexto ya no importa. El análisis desde una perspectiva histórica, comprensiva y abierta es desdeñado por colaboracionista. ¡Todas las copias de Alta Fidelidad, Siete novias para siete hermanos o de cualquier película de la filmografía de John Wayne deben ser quemadas de inmediato! Cualquier personaje (por muy ficticio que sea) que no se comporte de forma moralmente pura e intachable debe ser cancelado por el imaginario colectivo. No cabe la réplica, porque ahora vivimos en territorio de trincheras. Saber distinguir entre las pautas de comportamiento de una persona real y un personaje ficticio es ahora inaceptable. Dos más dos ahora son cinco. 

Sin embargo, eso de ser el guardián de la pureza parece de lo más agotador y aburrido. Permítanme que yo siga sin hacer demasiado caso a los predicadores, que siga practicando el silencio ante aquello que desconozco y que siga disfrutando del arte libremente sin ataduras pomposas. Porque si tengo que elegir entre ser un pío pulcro y virtuoso o ser un truhan libre, creo que prefiero lo segundo. Que para algo admiro tanto a Lee Marvin.

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