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Todo es cine

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Unas luces que se apagan, unos niños que suspiran de emoción, una joven pareja queriéndose más de la cuenta y una sala llena de gente. Esto es para mí el cine. La emoción, la evasión y la risa. Por supuesto, a algunos nos gusta mucho más el cine que a otros. Algunos lo vivimos como una pasión y no como un entretenimiento. Como la piedra angular de nuestras vidas y no como un pasatiempo despreocupado. Sin embargo, el cine es tan nuestro como suyo. Porque el cine es de todos. De absolutamente todos.

Se habla mucho en estos tiempos de ‘luchar contra la industria cultural‘ para frenar la paulatina mercantilización del séptimo arte. Y cuando yo oigo estas proclamas no puedo evitar revolverme. ¿Luchar? ¿Luchar contra qué? El pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor es una pulsión humana inherente a prácticamente todas las generaciones que han habitado el planeta. Resistirse a los grandes cambios estructurales es algo completamente entendible, y sin embargo es un instinto que se ha de mitigar para no obstaculizar el progreso. Todos somos (yo el primero) conservadores a pequeña escala y de forma involuntaria. Somos primariamente reacios a las reestructuraciones en casi cualquier aspecto de nuestras vidas. Y aún así, es nuestro deber luchar constantemente contra nuestro instinto para posibilitar y aupar el progreso.

El cine no es una excepción. Los grandes maestros clásicos se llevaban las manos a la cabeza horrorizados cuando veían Star Wars o Indiana Jones. Y a su vez, los grandes puristas primigenios del arte cinematográfico se escandalizaron con la aparición del cine sonoro, y buena prueba de ello es El crepúsculo de los dioses (Billy Wilder, 1950). La reacción siempre ha sido un efecto secundario del progreso. No obstante, a largo plazo siempre es la apertura de miras la que prevalece dejando obsoletas las posiciones más conservadoras.

Es normal y entendible que personas mayores como Martin Scorsese se sientan desubicadas y abrumadas por las nuevas formas de expresión cinematográfica. Además, siendo Martin uno de los grandes directores de la historia, todo lo que diga debe ser tomado en valor y escuchado con atención y respeto. No obstante, eso no nos debe obstaculizar para experimentar más allá de las fronteras establecidas. Innovar en busca de nuevas formas de arte que sean capaces de amoldarse a los gustos cambiantes y volátiles del espectador medio. Porque contentar al gran público no solo no es un bochorno, es un dignísimo trabajo divulgativo. Desmitificación del arte. Acercamiento a las masas. Democratización del saber, o en este caso, del ver.

No quiero decir con esto que el cine de autor deba desaparecer. Más bien todo lo contrario. Como persona que disfruta del cine más allá del entretenimiento, soy el primero en consumir y disfrutar maravillosas películas de target reducido. No obstante, entretenimiento y calidad pueden convivir. El cine comercial cumple una inestimable función social, y el anularlo sistemáticamente desde una fría cueva de saberes huecos no es sino un acto de prepotencia pedante y pomposa. Todo es cine. Las películas buenas son cine. Las películas malas son cine. El cine de autor es cine. Las superproducciones palomiteras son cine. La vida es cine. Y si hay que luchar contra algo, es contra el elitismo.

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