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Series patrias; renovarse o morir

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Hay un chaval al que veo por mi barrio casi todas las mañanas.  A pesar de mi somnoliento estado matinal, al cruzármelo, tras un centenar de veces, he acertado a no darle más de una veintena de años. De lo que sí me fije desde el primer día es de su completa devoción por ‘Breaking Bad’. No era muy difícil, ya que en su sudadera amarilla venía estampado el legendario logo de Los Pollos Hermanos. Otra mañana, de menos frio, vi en su camiseta la amenazante expresión de Bryan Cranston, y a la mañana siguiente, ocupando toda la camiseta, y por si a mí espeso ser le quedaba alguna duda, me topé con las conocidas letras “Breaking Bad”, en negro y verde. Detalles anecdóticos de no ser por, tras cruzármelo, una vez montado en el desquiciante autobús, localizo a Daenerys Targarien sentada en el trono de Hierro arropando carpetas varias, vasos para el café cortesía de Central Perk y el ingenioso “Estás en mi sitio” de Sheldon Cooper en otra colorida camiseta.

Y aún, en mis años de penosas idas y sofocantes venidas en autobús, sigo sin haber visto una camiseta de ‘El Ministerio del Tiempo’ o una carpeta forrada con la cara de Antonio Resines. Bueno, en esa última me he colado. Pero lo que no sería colarse es el admitir, ya y de una vez, que las series españolas fallan de manera estrepitosa a la hora de penetrar en nuestra fetichista cultura audiovisual.

Resulta gracioso que se generalice un problema de naturaleza tan compleja al achacarlo con una abrumadora falta de talento, que según estos mismos argumentos simplistas, se cierne de forma sobrenatural sobre cada una de las producciones, intérpretes y guionistas de esta nuestra tierra. No. Talento hay, y la capacidad creativa es desbordante. El problema, o uno de los que una solución más sencilla tiene, es la falta de empatía y conexión con el espectador medio, el espectador masa, el espectador que, al fin de mes, es quien ha engordado la cifra de audiencia.

Y, nos guste o no, el espectador medio, incluyéndome en este amplio saco, está (mal) acostumbrado a un formato muy distinto del que presentan nuestras cadenas de televisión nacionales. Este formato, centrándonos en la organización y distribución de tiempo y capítulos, discierne mucho del estadounidense – estaba claro que iba a ser mencionado en algún momento– donde sus producciones se adaptan a las necesidades y vida de los espectadores, y no viceversa.

Pongamos como principal ejemplo, y seña de inevitable identidad de nuestras series, la cruel duración de capítulo que tan asentada parece estar en nuestra pequeña pantalla. Rozando la denominación de largometrajes, nuestras series decidieron en su momento ocupar y apurar al máximo la parrilla televisiva apoyándose en el todopoderoso prime time, y obligando a permanecer a fieles espectadores en los sillones de sus casas hasta horas intempestivas a mitad de semana. ¿Resultado? Ojeras como cicatrices de guerra a la mañana siguiente, prueba patente de la ardua lucha que un señor tiene si quiere ver el final de ‘Velvet’ y acudir al trabajo al mismo tiempo.

Volvamos por un momento a Estados Unidos. Su arrasadora industria cultural y las propias cadenas saben que si un capítulo supera los sesenta minutos (sin incluir pausas publicitarias) el espectador cabecea, se revuelve en su sillón, echa un vistazo a Instagram o decide “verlo más adelante”. La propia idea (y ventaja) de contar una historia en serie reside en la entrega en pequeños fascículos, pequeñas piezas de un gran puzle, que el espectador compone poco a poco, manteniéndole engatusado.

Que las grandes producciones audiovisuales de nuestro país continúen, en plena edad dorada seriéfila, entregando sus fascículos en piezas que rondan la hora y media, sea drama o comedia (esta última más grave aún) ha producido un estancamiento en nuestra propia industria cultural, una rareza de un inmovilismo nunca visto. “No nos va genial manteniendo este formato, pero nos va. Mejor no arriesgarse a morir” deberán pensar en los despachos de Atresmedia.

Pero tal vez sea el momento del “arriesgarse o morir”, del “renovarse o morir”. Porque mientras al otro lado del charco comedias ligeras como “The Big Bang Theory” cuentan con el clásico sitcom de veinte minutos, bajo nuestro sol nos encontramos a ‘Aída’ que sobrepasa sin inmutarse la hora (de nuevo, sin las correspondientes pausas publicitarias que ofrece Mediaset). Pesos pesados, ya fuera del género de la comedia, resultan aplastantes las comparaciones entre los cuarenta y pocos minutos de ‘Breaking Bad’ o ‘Mad Men’ – por irnos a los grandes – con la hora y cuarto de ‘El Ministerio del Tiempo’ – por irnos a otro grande-.

Como ya dije antes, el problema de las series españolas es amplio y no tiene una solución única y directa. Son muchos los factores por los que aquel chaval llevaba a Walter White en su camiseta o no a Juan Cuesta. No obstante, el inmovilismo que la mayoría de productoras sostienen sobre las buenas historias que nuestra televisión tiene por contar hace que estas historias acaben siendo descartadas por muchos, ignoradas por otros y abandonadas por muchos.

Por otro lado, sería un error catastrófico seguir paso a paso y con fe ciega a la bandera norteamericana. Por suerte, por muchos Starbucks que nos planten, vivimos en contextos culturales muy diferentes. En España no tendría sentido contar el narcotráfico en la frontera con México, o las familias mafiosas italoamericanas. Ya importamos eso. Por suerte, en España tenemos nuestra propia cultura e historia para explotar. Y las ideas están ya ahí. Falta cambiar la forma en que se presentan al gran público, reduciendo su duración y aumentando el presupuesto de cada capítulo. Falta enganchar a ese chaval que veo por las mañanas para que, entre ‘Juego de Tronos’ y más ‘Juego de Tronos’, vea ‘Isabel’. Falta decir, arriesgarse o morir, renovarse o morir.

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