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Por qué deberíamos reivindicar el ‘Spaghetti Western’

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Cualquier espectador con el ojo mínimamente agudo sería capaz de captar al vuelo las innumerables virtudes técnicas y artísticas de los grandilocuentes (perdónenme si digo que también algo pomposos) westerns norteamericanos. Nacidas en aquel Hollywood de los años 50 y marcadas por patrioteros cuñados como John Wayne y locos intransigentes como el senador McCarthy, estas cintas estaban llamadas a enarbolar las bondades de la tradición cultural judeocristiana con pulso firme y mimoso talento artístico (y propagandístico). Al margen del discurso subyacente (que créanme, existe) la calidad cinematográfica y el nivel de las solemnes filigranas perpetradas por aquella generación de creadores lleva a cualquier cinéfilo de forma casi instintiva a reconocer calladamente las inmensas virtudes de creadores como John Ford o Howard Hawks.

Sin embargo, se necesita estar hecho de una pasta especial para saber disfrutar de forma desinhibida las obras “menores” del spaghetti western. Toda cultura tiene su contracultura. El spaghetti western nació a un océano de distancia de Hollywood a modo de movimiento contestatario ante la paulatina pérdida de identidad (y de notoriedad) que sufría el género del oeste en Norteamérica. Directores que habían crecido viendo películas de vaqueros en cines romanos sentían, ahora que el género parecía muerto, una obligación casi bíblica de retomar el trabajo de sus ídolos de juventud (añadiendo, eso si, su toque personal y mediterráneo).

Salario para matar spaghetti western
Póster de ‘Salario para matar’.

Así fue cómo Leone, Corbucci, Sollima, Castellari y compañía dejaron de malgastar sus talentos en parir inmundos péplums. Sin entender una sola palabra de inglés, ni haber estado jamás siquiera cerca de Norteamérica, estos artesanos convencieron a todo el viejo continente de que Almería era un condado de Texas. Y en ese hecho reside buena parte de la grandeza (casi poética) de este subgénero. El spaghetti western reinventa la historia y los paisajes de Estados Unidos de una forma retorcida, paródica y en ocasiones mordaz. Era habitual en estas películas encontrar a personajes que no eran más que el reflejo burlesco de un manojo de estereotipos sobre los yankees. Y si no me creen, hagan el favor de deleitarse con los papeles que asumió el gigantesco Jack Palance en los filmes Salario para matar (Sergio Corbucci, 1968) y Vamos a matar, compañeros (Sergio Corbucci, 1970) que son, por cierto, dos de los mejores westerns jamás filmados.

 Franco Nero
Franco Nero en ‘Vamos a matar, compañeros’.

Aunque Sergio Leone es indudablemente el realizador más talentoso de esta generación, sería casi deshonesto por parte de cualquier amante de los spaghetti (y de los western) no pregonar incansablemente nuestra verdad; hay spaghetti western más allá de la trilogía del dólar. Si el público general abriera su mente y se dignara a rescatar estas películas a través de visionados más cándidos que analíticos, encontraría joyas que van desde lo gótico de Keoma (Enzo G.Castellari, 1976) o El gran silencio (Sergio Corbucci, 1968) a lo finamente alegórico de El halcón y la presa (Sergio Sollima, 1966). Porque el western europeo es un subgénero de géneros. Y discúlpenme si divagando en voz alta les confieso que, para quien esto escribe, los mejores westerns de la historia se han rodado en italiano.

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