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Meiko Kaji, más allá de ‘Kill Bill’

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Kaji
Fotograma de 'Lady Snowblood'

Caminando por la blanca nieve, una mujer con kimono blanco y wagasa -parasol de papel- se detiene al escuchar que se aproxima una banda de criminales. Del palo que sostiene su parasol extrae una katana y, en apenas unos segundos, acaba con todos sus contrincantes y atraviesa al jefe del grupo. “¿Por qué?”, le pregunta él mientras su sangre tiñe la nieve. A lo que ella contesta: “Venganza”. “¿Quién diablos eres tú?, insiste el moribundo: “Lady Snowblood”.

Al ver esta escena de la película Lady Snowblood (Toshiya Fujita, 1973), basada en el manga de Kazuo Koike (Lone Wolf and Cub), es inevitable no acordarse del duelo entre O-Ren Ishii y Beatrix Kiddo. Pero Lady Snowblood y su protagonista son mucho más que la inspiración que sirvió a Tarantino para crear Kill Bill (2003, 2004). Desde 35 milímetros seguimos visibilizando la labor de las mujeres en la industria del audiovisual con un repaso de la carrera cinematográfica de la actriz y cantante japonesa Meiko Kaji (Tokio, 1947).

Kaji
Fotograma de ‘Lady Snowblood’

Masako Ota, aka Meiko Kaji, dio sus primeros pasos en la industria del cine japonés en la compañía Nikkatsu a mediados de los 60, una época de declive en la que los estudios estaban pujando por las audiencias frente a la televisión y apostaban por películas de bajo presupuesto. Al principio, en las cintas en las que aparecía, Kaji representaba el prototipo de joven estudiante, pero hacia el final de la década le empezaron a ofrecer papeles para los que tuvo que aprender a dominar el arte de la espada.

En Blind Woman’s Curse (1970), de Teruo Ishii, por primera vez encarnó a la protagonista. Sin embargo, fue con la serie de cinco películas Stray Cat Rock (1970-1971) con la que obtuvo popularidad entre el público juvenil, especialmente por su papel de Mako, la líder de una banda de mujeres criminales, en la tercera entrega (Stray Cat Rock: Sex Hunter, 1970). Una vez finalizada la saga, la actriz rompió con Nikkatsu, que estaba produciendo cada vez más pinku eiga –cintas con contenido adulto-, para trasladarse a Toei, donde pudo aunar sus dos pasiones: la interpretación y la música.

Kaji puso voz al tema de Wandering Ginza Butterfly (Kazuhiko Yamaguchi, 1971), a la vez que interpretaba el personaje principal. También los conocidos Urami Bushi de Female Convict Scorpion y The Flower of Carnage de Lady Snowblood, ambas piezas incluidas por Tarantino en la banda sonora de Kill Bill. Precisamente estas dos últimas producciones que protagonizó marcaron un antes y un después en la carrera de la actriz.

El éxito de Female Prisoner #701: Scorpion (1972), dirigida por Shunya Itō e inspirada en el manga de Tōru Shinohara, dio pie al lanzamiento de tres películas más: Kaji encarna a Nami Matsushima, alias Scorpion (Sasori, en japonés), una joven que acaba encarcelada por culpa de la traición de su novio, un detective corrupto. La película estaba concebida como dentro del subgénero pinky violence y, aunque la violencia es extrema, Kaji acordó que no haría desnudos, pero acabaron reservándolos a los demás personajes femeninos.

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Fotograma de la saga ‘Female Convict Scorpion’

Dejando de lado la historia, lo más interesante de las cintas de Female Convict Scorpion es cómo Meiko Kaji consiguió transformar el personaje de Matsu con respecto al manga. Le sugirió al director eliminar las obscenidades que decía Sasori en el cómic para que fuera una anti-heroína que se expresara a través del lenguaje no verbal, sobre todo con su mirada. El resultado fue una protagonista carismática y misteriosa.

En la prisión, Matsu sufre toda clase de torturas, humillaciones e intentos de asesinato, algo que no sólo puso a prueba las capacidades físicas y mentales del personaje, sino también las de la propia Kaji por los métodos más que cuestionables que empleó el director. Así lo confesaba Itō en una entrevista: “Mi dirección se hizo cada vez más difícil y, al final de la tercera película, Scorpion se volvió casi tan aterradora como un demonio. Para ser honesto, [Kaji] debió sentirse incómoda por mi egoísmo y mi tipo de radicalismo”.

Si Matsu la consolidó como un referente dentro del subgénero en Japón, con el personaje de Yuki Kashima, “a child of the netherworld”, traspasó fronteras. En Lady Snowblood y su secuela (Lady Snowblood 2: Love Song of Vengeance, 1974) de la compañía Toho, Kaji se convirtió en la asesina perfecta, descarnada, que había nacido para cumplir una única misión en la vida: eliminar uno a uno a los criminales que mataron a su padre y a su hermano y que violaron a su madre. Una vez más, Kaji se convertía en la vengadora y, una vez más, mostraba su destreza con la espada.

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Fotograma de ‘Lady Snowblood 2: Love Song of Vengeance’

A pesar de los cambios de estudio, a Meiko Kaji la siguieron contratando para hacer papeles similares. En una entrevista con el escritor Cris DesJardins, incluida en su libro Outlaw Masters of Japanese Film (2005), la artista contaba que en aquella época, cuando una actriz o un actor encajaba en un rol y su interpretación recibía una buena acogida entre el público, las empresas le ofrecían siempre el mismo papel, una táctica muy rentable para los estudios, pero que limitaba a los actores y no les dejaba explorar su potencial.

“Fue una norma no escrita en estas compañías hasta 1975 más o menos. Yo pertenecí a la última generación que tuvo que pasar por ser encasillada en cierto tipo de rol”, explicaba a DesJardins. Kaji quedó etiquetada como la fuera de ley, un papel que acabó haciendo completamente suyo, pero con el que nunca se sintió realmente cómoda. No fue hasta 1978, con Double Suicide at Sonezaki, cuando consiguió salir del arquetipo que le habían asignado.

Dirigida por Yasuzō Masumura y basada en la obra de teatro del dramaturgo Monzaemon Chikamatsu (1653-1725), Double Suicide at Sonezaki es una historia de amor imposible que se ha comparado con Romeo y Julieta por su desenlace trágico. La interpretación de Kaji como Ohatsu, una prostituta de la que se enamora el joven Tokubei (Ryūdō Uzaki), le valió varios premios y nominaciones. No obstante, en el punto álgido de su carrera, la actriz se fue alejando de los focos para dedicarse a su música. Entre las décadas de los 80 y los 2000 apareció en algunas series de televisión, pero no volvió a aceptar papeles protagonistas y ha sido en los últimos años cuando ha retomado el contacto con el mundo audiovisual.

Fotograma de ‘Double Suicide at Sonezaki’

Meiko Kaji irrumpió en la industria del cine en un momento en el que los estudios perseguían la producción en masa para poder competir con la televisión, donde los actores, pero sobre todo las actrices, estaban muy mal pagados y encasillados. También fue una época en la que las mujeres empezaban a obtener papeles más preeminentes en las producciones, aunque pasadas por el filtro de las pinku eiga, donde se las objetivizaba y sexualizaba.

En este contexto, Kaji siempre se mostró muy crítica con la industria y representó roles que hasta entonces habían estado reservados a los hombres. Personajes femeninos fuertes, independientes y luchadores, rompedores en la sociedad del período en que se concibieron. Desgraciadamente, gran parte del legado de la actriz sólo se conserva en Japón y, fuera de su país natal, muchos la reconocen únicamente por ser una de las inspiraciones para Kill Bill.

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