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Festa do Cinema Francês 2026: Críticas

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La Festa do Cinema Francês de Lisboa llega a su 27ª edición con un lema que parece un plan de fin de semana y a su vez funciona como manifiesto: Resistir, reinventar, reír. Hasta el 11 de octubre, Lisboa la acoge en el Cinema São Jorge, la Cinemateca Portuguesa y el UCI El Corte Inglés, y después se reparte por una quincena de ciudades portuguesas hasta finales de noviembre: una forma muy educada de decir que el cine francés no piensa irse a ninguna parte.

La organiza, por segundo año consecutivo, la Associação Il Sorpasso, y abre con el drama histórico De Gaulle: Résistance, de Antonin Baudry, y cierra con Ni vue, ni connue, comedia satírica con Isabelle Huppert y Sandrine Kiberlain. En medio caben Dupieux, Farhadi, Jeunet y debuts como el de Sarah Arnold, lo que demuestra que lo francés no es sinónimo de solemne. Con entre 20.000 y 25.000 espectadores al año, es de los festivales con más público del país.

La primera impresión del Cinema São Jorge es fundamentalmente positiva: en plena Avenida de la Libertad se posa este edificio de ambiente bohemio, a rebosar de personas en la entrada y cartelería relacionada con la Festa do Cinema Francês. En la puerta cabe destacar el bar del cine y sus buenos precios, no tengo ni idea de cómo deben funcionar los precios de los bares en los cines y teatros portugueses pero en España debes pedir un préstamo para tomar un café en uno de ellos.

Por dentro, no hay mucho que objetar: la iluminación tenue y las paredes de madera hacen a uno desear que el mismísimo Johnny Cash se plante ahí en medio y comience a cantar. Normalmente preferiría no escribir sobre esto, pero antes de entrar a la sala me ausento al cuarto de baño y lo que encuentro son una especie de meaderos apilados uno al lado del otro que me hacen dudar de si me he metido al aseo o a una sala tematizada de Saw o Backrooms. El único motivo por el que hago hincapié en los baños es por si algún George Constanza lo encuentra de utilidad. No obstante, nada que objetar; la experiencia es agradable.

Bien, sin más retrasos, al meollo del asunto: comienza la Festa do Cinema Francês, la sala está llena de personas, cuesta encontrar un lugar entre los asientos no numerados, comienzan las charlas de productores y algunos de los directores y, de repente, las luces se apagan y la función comienza.

  • Full Phil: Hollywood viene a cenar

Ver una película de Quentin Dupieux en la gran pantalla, seas más o menos fan, es una experiencia que deja marca: desde Rubber en 2010 no ha dejado de entregar tramas delirantes que van de moscas gigantes (Mandíbulas) a chaquetas de ante con delirios de grandeza (Deerskin). Así que cuando anunció Full Phil con Woody Harrelson y Kristen Stewart, los seguidores nos pusimos en guardia, y creo que con razón. Ya sabéis cómo va: el autor «singular» llega a la tierra prometida, le dan un presupuesto, dos estrellas y un departamento legal, y a los noventa minutos tiene en pantalla algo asombrosamente parecido a todo lo demás. Se llama, entre bastidores, «el salto a Hollywood».

Pues bien: no existe tal salto. La película transcurre en París, la escribe, la fotografía y la monta el propio Dupieux, y dura 78 minutos. Philip Doom (Harrelson) es un magnate estadounidense que lo tiene todo y no sabe qué hacer con ello, y que ha reservado una suite de lujo para reconciliarse con su hija Madeleine (Stewart), la cual pide al servicio de habitaciones todo lo que el hotel sea capaz de cocinar y se lo come con las manos, con una devoción que roza lo litúrgico.

Mientras, una película de monstruos de los años cincuenta (con Tim Heidecker y Eric Wareheim de científicos y un hombre-pez) se cuela dentro de la película. Todo esto, además, ocurre con un motín ardiendo a espaldas de Phil mientras fuma tranquilamente un cigarro. El propio Dupieux la resumió como «Emily in Paris en el infierno», y es difícil mejorarlo. Hollywood, por cierto, no lo ha llamado todavía. Cuando lo haga, le propondrá una secuela, con más presupuesto, una trama «más ambiciosa» y un tercer acto emotivo junto a una ventana. Y él, estoy casi seguro, dirá que sí, y firmará el contrato con la misma cara con la que Phil sale a fumar mientras la ciudad arde.

Puntuación: 7/10

  • De la comédie-française: teatro dentro del teatro

El teatro francés tiene fama de sagrado, y pocas cosas son tan tentadoras como un lugar sagrado en el que todo sale mal. Martin Darondeau y Bertrand Usclat, en su debut en el largo, rodaron en la sala Richelieu con los miembros de la compañía y concibieron la idea como una serie antes de que el proyecto se convirtiera en película. Faltan tres horas para que Nina (Pauline Clément) estrene su primera dirección, Macbeth, y debe enfrentarse a todos los contratiempos imaginables antes de un estreno.

La institución más solemne del país, dispuesta a reírse de sí misma durante 75 minutos, es una premisa que se defiende sola, y la comedia, aunque no muy compleja, funciona por acumulación. Su premio de cuatro galardones en Alpe d’Huez no sorprende. El reparo es que, a base de contratiempos encadenados, los sketches se notan: fuera de Nina, los personajes quedan en esbozo y las gracias, aunque casi siempre aciertan, rara vez sorprenden. Es una comedia que cumple, pero que no se atreve a ir más allá del homenaje.

Puntuación: 6/10

  • L’espèce explosive: jabalíes y otras bestias

Existen premisas de las que un productor desconfía cuando las oye por primera vez, y «agricultores contra cazadores, con jabalíes de por medio» es de las que despiertan una sospecha legítima: da pie a un drama rural con poco gancho o a una comedia política que debe ser cogida con pinzas. Sarah Arnold, en su debut, ha optado por la tercera vía, una comedia dramática que no falla en ninguna de sus facetas.

En el noreste de Francia, una plaga de jabalíes enormes, como indica el título con una economía de medios admirable, arrasa las cosechas. Brun, un agricultor al borde de la ruina, pierde la paciencia con el presidente del club de caza (que, para más inri, es también quien alimenta a las piezas entre cacerías), le dispara y desaparece. Un año después, Fulda (Alexis Manenti), un policía cuya descripción de inestable queda muy corta, y Stéphane (Ella Rumpf), una psicóloga que ejercerá el arquetipo de “persona lógica”, empiezan a investigar. Y la película, que hasta entonces era un thriller rural más, no dejará de sorprender.

Conviene decir una obviedad y es que los animales, hechos en gran parte por ordenador, no son las verdaderas bestias de la trama. La película entiende que el conflicto entre quienes cultivan y quienes cazan por deporte es, en el fondo, un conflicto de clase, y lo cuenta enseñando los colmillos.

Puntuación: 7/10

  • C’est quoi l’amour?: demostrar que no hubo amor

La Iglesia, que practicaba la burocracia desde antes de que existiera la burocracia, le pone a Marguerite (Laure Calamy) y a Fred (Vincent Macaigne) una condición singular: para anular su matrimonio y que él pueda volver a casarse por la Iglesia, deben demostrar que entre ellos nunca hubo amor.

Marguerite, que se alegra de verlo rehacer su vida, acepta, y lo que iba a ser un trámite se convierte en un viaje a Roma con hijos. Fabien Gorgeart sabe qué tono quiere (ligero, sin groserías, cercano a la comedia de enredo clásica) y Calamy, con un personaje con el que el espectador nunca llega a empatizar al cien por cien, lo sostiene. La pregunta del título, como era de esperar, se queda sin respuesta. Una comedia amable, mejor interpretada que escrita.

Puntuación: 6/10

  • L’objet du délit: la culpa es de ella

Permítanme que les cuente un chiste: entre bambalinas de una producción de Las bodas de Fígaro, una mujer que ha entrado en el elenco por ser nepo baby inicia su decimotercera acusación de abuso sexual contra un tenor italiano. ¿No se ríen? ¿Ni una pizca? Pues si la premisa ya les hace levantar una ceja, aguarden a lo que viene.

En lugar de tratar el tema con seriedad, la película insinúa una y otra vez que la acusación es un invento de la actriz; en varias escenas nos invita a empatizar con un tenor que se regodea entre chistes sobre el #MeToo y lamentos de que «ya no se puede hacer nada»; y lo más parecido a un running gag son los pilares fálicos de la función, una broma tan explícita y mascada que en el clímax los pilares se ponen a moverse en plena ópera. Y por supuesto, el original y nada explotado chiste de la actriz negra del elenco, a quien cada veinte minutos alguien le suelta un «¿pero no está mal que te llame así, verdad?».

No obstante y en lo personal, el verdadero “objeto del delito”, lo que verdaderamente me hizo sentir ofendido a lo largo del metraje no fueron todos estos pasos hacia atrás en la comedia y derechos sociales, ni siquiera oír a la sala reírse de chistes que he escuchado cien veces, y mejor contados; lo que me hizo salir de la sala destrozado fue leer el inicio de los créditos finales y ver que la película había sido dirigida por Agnès Jaoui: una directora que ha construido su carrera retratando la hipocresía social, y que aquí parece mirar hacia otro lado.

Puntuación: 2/10

  • Juste une illusion: regreso al pasado

¿A quién no le va a gustar una buena comedia ochentera? Si todavía no tienen plan para el domingo, este es el ideal. Olivier Nakache y Éric Toledano, el dúo de Intocable, vuelven a su receta de siempre, humor para todos los públicos con un fondo social, y esta vez la aplican a su propia juventud.

Estamos en 1985, en un suburbio parisino. Vincent (Simon Boublil), a punto de cumplir 13 años, ya no es un niño. Vive entre un hermano mayor que solo piensa en The Cure y Joy Division y unos padres que no dejan de discutir. Su padre ha perdido el empleo y no se atreve a contárselo a su mujer, mientras el conserje (Pierre Lottin) se dedica a amargarle la vida. Añadan la niña del colegio que le gusta y un bar mitzvah en el horizonte, y tienen esta película, con una pandilla de adolescentes que parece muy inspirada en la de Stranger Things (solo que sin la insipidez del filtro de Netflix).

La película avanza por episodios más que por trama, y ahí está su virtud y su límite. Es una comedia coral en el mejor sentido: cada miembro de la familia va a la deriva en su rincón y ninguno se queda en figura de relleno, algo que cuesta conseguir. Aunque arrastra algunos clichés de la época, la banda sonora (empezando por el hit de Imagination que da título a la película, y siguiendo con Alan Parsons) y la estética hace que pasen a un segundo plano por lo bien que entran por los ojos. Es cine clásico y funcional, escrito con soltura y con una nostalgia que se nota sincera.

Puntuación: 8/10