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El día que fregué los platos gracias al cine

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El martes por la noche llovió. Después de llover, las aceras estaban mojadas. Parece algo lógico, pero es que además lo es. Mientras los ruidos de la tormenta veraniega martilleaban la ventana de mi habitación, yo pensaba en mi amigo Pablo, que se fue el lunes a vivir a Southampton (Inglaterra). Antes de irse, me regaló una foto de nosotros dos fregando juntos este verano. Detrás de la foto se lee una dedicatoria que reza, entre otras cosas, una frase que me hace ponerme melancólico; ‘Echaré de menos cosas tan tontas como esos momentos fregando los platos’. 

No sé si algún día volveré a fregar platos con Pablo (espero que sí), pero esa maldita dedicatoria me atravesó las entrañas porque, además de ser verdad, es cierta. Si mi vida se acabara mañana, una de las muchas cosas que echaría indescriptiblemente de menos sería algo tan banal como fregar los platos con mi amigo.

Conocí a Pablo hace tres años. Mi amigo Javier me había pedido que protagonizara su primera película (nada profesional, solo una pachanga cinéfila entre colegas). Yo no soy actor, pero tampoco tenía nada mejor que hacer aquel verano, así que acepté. Me presenté al rodaje el primer día sin conocer a nadie excepto al director. Sin embargo, estaban por cruzarse en mi camino algunos de los mejores amigos que he tenido jamás. Pablo era el cámara y director de fotografía de aquel amateur y desastroso proyecto. Arribas y Álvaro (que eran todavía más amateurs y desastrosos que el proyecto) sujetaban la pértiga de sonido. Y por supuesto, el inexperto y ambicioso director, Javi.

Entre bromas, tomas falsas, sonidos de claqueta y repasos de guion, forjé unas sólidas e inesperadas amistades. Recuerdos de Ginebra (que así se llamaba aquel bodrio) jamás llegó a terminarse, pero gracias a aquellos días de cine por Madrid conocí a gente maravillosa. A gente que quiero. Esto es algo muy bonito de escribir, pero es que además es verdad.

Apenas teníamos 17 años. Una cámara y una ciudad bonita era todo lo que nos hacía falta para creernos cineastas. Nuestro amor por el cine era sincero. Aquel verano fue uno de los mejores de mi vida. Finalmente, yo me alejé del camino cinematográfico y comencé la carrera de periodismo. Sin embargo, Pablo y Javi, mucho más valientes que yo, siguieron por la senda de la producción audiovisual.

No sé si a alguien le interesarán estas líneas que hoy escribo. Pero sentía que la forma más coherente decirle adiós a mi amigo era dedicándole un artículo. Porque eso es lo que hago, escribo cosas sobre cine. Y esto que os acabo de contar es la historia de una amistad que fue forjada por el amor al cine. Supongo que ahora tendré que fregar platos yo solo hasta que Pablo se canse de Southampton (Inglaterra). Gracias al cine por hacer que nos conociéramos. God, I love movies.

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