Título original: Los Ilusos 13+13
Año: 2026
Duración: 93 min.
País: España
Dirección: Jonás Trueba
Guion: Jonás Trueba
Reparto: Francesco Carril, Aura Garrido, Vito Sanz e Isabelle Stoffel
Fotografía: Santiago Racaj
Productoras: Los Ilusos Films
Distribuidora: Los Ilusos Films
Género: Drama
Crítica en Letterboxd
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Hay películas que no conviene mirar solo de frente. Algunas reclaman ser observadas en perspectiva, como si su verdadero sentido no estuviera únicamente en lo que muestran, sino en todo aquello que han terminado provocando después. Los ilusos 13+13 pertenece a esa clase de obras. En conversación con 35 Milímetros, Jonás Trueba hablaba de esta nueva versión como una operación extraña, casi una ecuación: la película original y la nueva no se sustituyen, sino que “suman algo”. No se trata únicamente de una recuperación, ni tampoco de una simple reedición de Los ilusos, aquella película que realizó hace trece años. Su interés principal nace precisamente de una verdad escondida: estamos ante una película del pasado que, vista hoy, parece contener ya buena parte del futuro de su autor.
Hay algo profundamente paradójico en ver hoy Los ilusos 13+13. La película pertenece al inicio de una filmografía y, sin embargo, vista después de Los exiliados románticos, La reconquista, La virgen de agosto, Tenéis que venir a verla o Volveréis, parece estar ya impregnada de todas ellas. No porque funcione como un boceto imperfecto de lo que vendría después, sino porque contiene, todavía en estado intuitivo, muchas de las obsesiones, gestos y tensiones que acabarían conformando uno de los universos más reconocibles del cine español contemporáneo. Las conversaciones como forma de pensamiento, la amistad como estructura secreta, Madrid como espacio emocional, la literatura como respiración interna, el pudor convertido en método y la ligereza como manera de resistir ya estaban ahí, antes de que pudiéramos reconocerlas como marcas de una obra.
El propio Trueba reconocía esa extrañeza al volver sobre el material. Decía haberse sorprendido al encontrar detalles que de pronto parecían dialogar con Volveréis, como si la película apuntara hacia lugares que todavía no conocía. Esa idea resulta especialmente fértil para pensar su cine: no como un proyecto perfectamente calculado desde el inicio, sino como una continuidad que se descubre a posteriori. Jonás Trueba insiste en que nunca ha tenido un plan claro, que siempre ha ido película a película, reaccionando a estados de ánimo, contextos y vínculos. Y quizá por eso la coherencia de su filmografía no nace de una estrategia, sino de algo más difícil de impostar: una fidelidad profunda a ciertas formas de estar en el mundo.
En ese sentido, Los ilusos 13+13 no debería analizarse únicamente por sus valores cinematográficos aislados. Hacerlo sería empobrecer el gesto. La película no reclama una lectura centrada solo en su acabado técnico, en sus posibles imperfecciones o en su comparación directa con otros estrenos del presente. Su verdadero interés está en su posición dentro de un conjunto. Es una pieza de origen, pero también una pieza retrospectiva; una película que pertenece al pasado y que, al mismo tiempo, solo puede verse plenamente desde el presente. Lo que importa no es tanto si Los ilusos era ya una gran película cerrada sobre sí misma, sino la manera en que ahora permite leer la necesidad de cine que atravesaba a su autor desde el principio.
Esa necesidad aparece ligada a una forma muy concreta de libertad. Trueba recuerda el rodaje como un proceso hecho “a ratos”, cuando podían y como podían, con jornadas de apenas dos horas y encuentros separados por semanas. La única regla, dice, era “terminar cada día con ganas de volver”. La frase condensa una poética entera. Hacer cine no como maquinaria, no como cumplimiento industrial, sino como deseo compartido. Una película sostenida por la confianza en el grupo, en el tiempo, en los accidentes y en la posibilidad de que una obra encuentre su forma sin necesidad de violentarla demasiado.
Por eso el regreso a Los ilusos no funciona como un simple ejercicio de restauración. Jonás Trueba habla de “renovar ese pacto”, de volver a la fuente de un impulso y de una confianza. Ese pacto no es solamente el de un equipo que descubre una manera de trabajar; es también el pacto de un cineasta consigo mismo. En Los ilusos 13+13 se percibe la voluntad de no traicionar aquella fragilidad inicial. De hecho, él mismo admite que tuvo que resistirse a la tentación de remontarse a sí mismo, de cubrir sus vergüenzas, de protegerse desde el presente. La nueva versión intensifica, limpia y reordena ciertas condiciones materiales, pero no busca eliminar el pudor de la película original. Al contrario, parece devolverlo con más claridad.

Ahí se entiende mejor la singularidad de Jonás Trueba como autor. No se trata únicamente de que su cine tenga temas reconocibles o una sensibilidad muy definida. Su autoría nace de una relación especialmente transparente entre vida, cine y pensamiento. En la entrevista, al hablar de sus referentes, mencionaba Suicidio, de Édouard Levé, Todo sigue tranquilo, de Chusé Izuel, la figura de Félix Romeo y el aliento constante de Hong Sang-soo. Pero lo más importante no está en la lista, sino en la manera en que entiende esas influencias. Para Trueba, la literatura, las películas, los amigos, el trabajo o los paseos forman parte de una misma materia. “La gran fuente es la vida misma”, decía, pero una vida en la que leer, mirar cine o conversar no son actividades separadas de la experiencia, sino formas de vivirla.
Esta concepción explica por qué sus películas nunca parecen construidas desde la cita ornamental. Las referencias no aparecen como signos de prestigio cultural, sino como materiales afectivos. Sus personajes hablan de libros, de cine, de amor, de trabajo o de amistad porque todo eso forma parte de la misma corriente. En Los ilusos 13+13, esa mezcla se manifiesta con una frescura particular: el cine aparece como una manera de ordenar inquietudes que quizá no encontrarían otro cauce. La película deja ver a un autor que necesita filmar no para demostrar una tesis, sino para poder expresar algo que de otra forma quedaría disperso.
Esa exposición tiene también algo de riesgo. Trueba reconocía que siempre siente que se expone al ridículo, incluso que hace el ridículo, y relacionaba el cine con una forma de vencer su timidez. Decía que, siendo una persona pudorosa y celosa de su intimidad, las películas le han permitido salir de sí mismo. Esa contradicción atraviesa toda su obra: un cine lleno de pudor que, precisamente por eso, acaba siendo profundamente vulnerable. La transparencia no aparece como exhibicionismo, sino como consecuencia de un proceso creativo más lento, más digerido, menos ansioso. Él mismo comparaba el cine con una especie de red social sosegada, una forma de compartir lo íntimo sin someterlo a la velocidad del presente.
Vista desde ahí, Los ilusos 13+13 refuerza a Jonás Trueba como uno de los autores más únicos del panorama actual porque muestra el origen de una forma de mirar que ha logrado mantenerse fiel sin quedarse inmóvil. La película permite comprobar que su cine no se ha construido mediante rupturas violentas, sino por acumulación, variación y regreso. Cada obra posterior parece ampliar algo que aquí ya estaba insinuado: una manera de filmar los vínculos, de escuchar las conversaciones, de habitar Madrid, de aceptar la fragilidad de los procesos y de entender la creación como un modo de vida.
También Madrid, inevitablemente, queda atrapada en esa lectura. La ciudad de Los ilusos ya no es solo el escenario de una historia, sino el registro de una época. Trueba señala que en 2013 la cámara captaba casi sin pretenderlo comercios cerrados, rastros de crisis, signos de un cambio de paradigma. Hoy, dice, Madrid está atravesada por el turismo y por la obsesión de rentabilizarlo todo. La ciudad cambia y su cine cambia con ella, aunque no siempre quiera convertir esa transformación en tema explícito. En sus películas, Madrid se impone como atmósfera, como fondo moral, como archivo de formas de vida que aparecen y desaparecen.
Todo esto hace que Los ilusos 13+13 sea menos una vuelta al pasado que una forma de ensanchar el presente. No regresa para decirnos cómo era Jonás Trueba antes, sino para mostrar que muchas de las preguntas de su cine siguen abiertas. Qué significa hacer películas con otros. Cómo se protege una forma de libertad. Qué lugar ocupan las referencias en la vida de un creador. Cómo se filma una ciudad sin convertirla en postal. De qué manera una película puede seguir transformándose años después de haber sido estrenada.
En tiempos en los que la industria parece empujar hacia la rapidez, la productividad y la desaparición inmediata de las obras tras su estreno, el gesto de recuperar Los ilusos adquiere una fuerza particular. No porque proponga volver ingenuamente a un pasado idealizado, sino porque recuerda que el cine también puede funcionar con otros ritmos. Que una película puede necesitar tiempo para ser vista de otra manera. Que una filmografía no es solo una sucesión de títulos, sino una conversación prolongada entre obras, personas, ciudades y momentos vitales.
Los ilusos 13+13 es, en última instancia, una película sobre la persistencia de un impulso. Sobre la necesidad de hacer cine cuando todavía no hay garantías, cuando la forma no está del todo clara, cuando lo único verdaderamente firme es el deseo de volver al día siguiente. Trece años después, ese deseo no aparece como una anécdota de juventud, sino como el núcleo de una obra. Por eso el regreso a Los ilusos no empequeñece la película original ni la convierte en borrador de algo más grande. La sitúa donde quizá siempre estuvo: en el centro de una filmografía que ha hecho de la duda, la conversación, la vulnerabilidad y la fidelidad a una mirada una de las aventuras autorales más singulares del cine español reciente.



