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Carta al universitario primerizo

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Hace dos años salí de la Universidad de Sevilla con un título de licenciado en periodismo bajo el brazo y muchísimas dudas. Esas inseguridades, tan propias del estudiante recién matriculado que se abre al mundo laboral con la mirada perdida en el abismo, se multiplicaban en mi caso. Había estudiado periodismo, una profesión que me generaba muchísimo respeto y lo sigue haciendo, pero al cabo de esos cinco años mi desmotivación era enorme. Una desidia que venía quizás de una carrera mal planteada, con asignaturas irrelevantes o repetitivas, profesores que estaban de vuelta de todo, exámenes de chiste o trabajos de parvulario. Una desidia que potenciaba esa inseguridad al darme cuenta de que salía de la carrera con una licenciatura en periodismo y no había pisado el plató de televisión ni una vez. No exagero, ningún profesor nos hizo pisar el plató de televisión (y eso que la facultad tenía dos, de aquella manera pero dos al fin y al cabo) en cinco años. Sí pisamos el de radio, tres tardes mal contadas. Todo esto pensaba cuando me daba cuenta de que sí, era licenciado en periodismo, pero no era periodista. Y no lo era por dos cuestiones, el ya citado desastre educativo que yo y muchos otros sufrimos en carne propia y la falta de autodidactismo durante ese periodo.

Me di cuenta de eso tarde, muy tarde, quizás embelesado por la vida universitaria, los amigos, la novia, y un sinfín más de pretextos que me hicieron no abrir los ojos hasta que era ya tarde, muy tarde. Sólo el último año me empeñé en intentar sacar adelante un medio digital (duró un mes) y me animé con las prácticas. Éstas fueron en la Fundación Audiovisual de Andalucía, en su departamento de comunicación. Allí me di cuenta, nuevamente, de dos cosas: en esos seis meses que estuve aprendí diez mil veces más que en toda la carrera (todo era nuevo, no estaba casi preparado y fui aprendiendo a base de errores) y que se confirmaba que el cine, en todas sus vertientes, me llamaba mucho más la atención que la carrera que había elegido.

Hoy, tras pasar por un Máster de Guion cinematográfico e intentar ganarme la vida escribiendo ficción, no me arrepiento de esos años. Pero sí que pienso: ¿Y si me hubiese metido a Comunicación Audiovisual? A lo mejor esta carrera me hubiese motivado más, me habría dado cuenta mucho antes de mi vocación y esos años podrían haber sido mucho más productivos de lo que fueron.

Entonces miro a mi alrededor y pregunto a mis amigos que sí la estudiaron. Amigos que conocía ya por entonces o que conocí después. Y todos comparten, de forma generalizada, el mismo planteamiento; la carrera no les ha servido para nada más que para entablar amistades que probablemente duren décadas. Tengo amigos que han salido de comunicación audiovisual y no tienen nociones básicas ni de iluminación, ni de sonido, y sorprendentemente, ni de cámara. Supongo que a ellos les habrá pasado lo mismo que a mí, la juventud nos habrá cegado y nos habrá puesto un muro que nos impedía ver con claridad que el currículum no se hacía en la clase, sino fuera.

Me cuelgo esa parte de culpa sobre el hombro. Tampoco quiero decir con todo esto que la carrera sea una mierda descomunal y no haya nada salvable. Sí que lo hay; hay buenos profesores, alguna que otra materia interesante y mucha y buena gente con ganas de hacer las cosas e ilusión por la profesión.

Así que no hagas como yo, y si quieres ser periodista, o cineasta, o si simplemente quieres acabar la carrera sabiendo lo que es un balance de blancos, cógete a unos cuantos amigos y poneos a trabajar en vuestras cosas desde el primer minuto. Tomároslo en serio, ponedle pasión y pensad en ello como si fuera realmente profesional. Sólo así aprenderéis algo práctico para un mundo laboral en el que todos los tochos de teoría de poco sirven.

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