Biennale 83

Biennale 2026: Críticas

83 biennale

La Biennale 83 se puede resumir, en buena medida, en su alfombra roja. George Clooney, Laura Dern, Rooney y Kate Mara, Javier Bardem, Penélope Cruz, Robert Pattinson o los integrantes de Oasis han pasado este año por el Lido, confirmando una vez más el peso mediático de un festival que siempre ha entendido el cine también como evento. Venecia no solo programa películas: fabrica imágenes, encuentros y momentos que rápidamente pasan a formar parte del imaginario de la industria.

Quizá esa sea una de las diferencias que más hemos percibido respecto a otros festivales. En Berlín, por ejemplo, sentimos una relación mucho más directa entre las películas y la conversación política que las rodeaba; en Venecia, en cambio, el contexto se vive de una forma más ceremonial. No es que el discurso desaparezca, sino que comparte espacio con la dimensión pública del estreno: la llegada al Lido, la presentación, la reacción de la sala, la alfombra roja. Todo forma parte de la experiencia.

Esta edición, además, ha sido algo más contenida en cuanto a grandes estrenos llamados a monopolizar la conversación. En lugar de concentrarse en unos pocos títulos-evento, la programación ha dado mucho espacio a cineastas de larga trayectoria, autores que ya no necesitan presentarse y que llegan a Venecia con la libertad de seguir explorando su propio lenguaje. Lee Chang-dong, Nanni Moretti y Werner Herzog son buenos ejemplos de una edición menos marcada por la novedad inmediata y más por la continuidad de voces ya consolidadas.

Y Venecia sabe celebrar ese juego. Aquí los aplausos duran más, las risas se escuchan más y las ovaciones forman parte casi natural de cada estreno. Todo tiene algo de representación, pero una vez aceptadas sus reglas resulta difícil no dejarse llevar. Durante unos días, el cine parece ocupar cada rincón de la ciudad y recordarnos, quizá de la forma más evidente posible, todo lo que todavía es capaz de mover alrededor suyo.

Pero detrás de toda esa imagen pública están, naturalmente, las películas. Durante nuestro paso por la Mostra de Venecia 2026 vimos propuestas muy distintas entre sí: títulos esperados, descubrimientos, decepciones y algunas obras que probablemente seguirán dando que hablar durante los próximos meses. Lo que sigue es nuestro recorrido por las películas que vimos en la 83ª edición del Festival de Venecia, una selección personal de lo más destacado —para bien y para mal— de nuestro paso por el Lido.

  • Succederà questa notte – Nanni Moretti (Italia/Francia/España)

Sin duda, hemos visto un Moretti. Están todos sus elementos: la narración del protagonista, los paisajes urbanos, el humor seco, los monólogos interiores y, por supuesto, una Vespa. Hace años que el director dejó atrás su etapa más autobiográfica y autoconsciente, pero incluso adaptando relatos ajenos sigue recordándonos por qué hace el cine que hace: por esa obsesión con nuestras inseguridades, nuestras contradicciones y todo el psicoanálisis que se esconde detrás de los comportamientos más cotidianos.

Succederà questa notte es una película relajada, sin la pretensión de convertirse en la gran obra de su carrera, pero sí con el deseo evidente de agradar. San Sebastián, Oslo y Roma convierten el viaje en una especie de postal europea, reforzada por un reparto internacional y referencias musicales como Bruce Springsteen. Y funciona precisamente por eso: uno sale de la sala ligero, contento de haber visto a Moretti otra vez, con ganas de caminar un rato y pensar en aquello que ama, en sus prioridades y en cómo está viviendo su propia vida.

Por Hugo Santos

  • Ga-neung-han sa-rang (Possible love) – Lee Chang-Dong (Corea del Sur/Estados Unidos)

Lee Chang-dong firma una de esas películas que parecen ensanchar el tiempo en lugar de ocuparlo. Cerca de tres horas que pasan con una ligereza extraordinaria, hasta el punto de que uno no querría que terminase. Durante buena parte del metraje, el director se limita a observar a sus cuatro protagonistas y a dejar que las relaciones, las diferencias de clase, el trabajo y el núcleo familiar vayan apareciendo sin necesidad de subrayados. Un documental sobre una huelga articula parte del relato, pero nunca funciona como simple motor narrativo: sirve para revelar quiénes son estas personas y qué lugar ocupan dentro de la sociedad.

La precisión con la que la película siembra gestos, símbolos y tensiones durante dos horas es casi quirúrgica. Todo parece pequeño hasta que, en el último tramo, cada elemento empieza a encontrar su lugar. Lo más admirable es que Lee Chang-dong se resiste a convertir esa acumulación en un estallido. No busca un final grandilocuente, ni una tragedia que justifique el camino, ni una explosión de violencia que convierta la película en algo más “importante”. Confía en sus personajes y en la vida tal y como es. El cierre, abierto pero emocionalmente exacto, deja una sensación rarísima de plenitud. Pocas películas consiguen transmitir con tanta claridad que estar vivo puede ser difícil sin convertir esa dificultad en espectáculo.

Por Hugo Santos

  • Bucking Fastard – Werner Herzog (Estados Unidos)

Bucking Fastard ha sido una de las películas más divisivas del festival, pero volver a encontrarnos con Herzog sigue teniendo algo especial. La película se mueve constantemente entre la risa, la extrañeza y una especie de esperanza apagada que rodea a sus dos protagonistas. Rooney y Kate Mara construyen un dúo tan incómodo como fascinante: dos hermanas que hablan al unísono, actúan a la vez y parecen existir únicamente en función de la otra. Poco a poco, esa excentricidad deja de ser un simple juego para convertirse en el verdadero tema del film: la dependencia y la soledad que puede esconder una unión absoluta.

Con Orlando Bloom y Domhnall Gleeson orbitando alrededor de ellas, la película nunca busca una trama demasiado definida. Avanza más bien por episodios, como pequeñas pruebas de unas protagonistas que intentan encajar en un mundo que no sabe qué hacer con ellas. El tramo final, una ensoñación casi documental muy reconocible dentro del universo de Herzog, se alarga quizá más de lo necesario, pero termina de fijar la rareza de estos personajes. Como en Fitzcarraldo o Aguirre, la cólera de Dios, Herzog vuelve a mirar a individuos que viven fuera de cualquier norma, y ahí sigue estando buena parte de su magnetismo.

Por Hugo Santos


  • Wild Horse Nine – Martin McDonagh (Reino Unido/Estados Unidos/Chile)

Continuista con la teatralidad dinámica entre personajes a la que el escritor y director de Tres Anuncios en las afueras nos tiene acostumbrados, Sam Rockwell y John Malkovich son dos versados agentes de la CIA que, mientras facilitan el golpe de estado de Pinochet, tienen una pequeña escapada a la Isla de Pascua con funestas intenciones y redentores encuentros. A ratos tensa, en otros existencialista, y casi siempre hilarante. Se le perdona por ello lo naif en la presentación de amenazas (y porque estas llegan de la mano de Steve Buscemi). Y sin embargo, resulta difícil de tragar la propuesta individualista de McDonagh para encarar el intervencionismo extranjero.

Por Juan Escalera

  • From Inside Out – The Architecture of Peter Zumthor – Wim Wenders (Alemania/Suiza)

Si con Perfect Days, Wenders nos enseñó el placer de encontrar el silencio bajo las sombras de los árboles, en From Inside Out: The Architecture of Peter Zumthor nos da una clase magistral sobre cómo leer el espacio. En esta inesperadamente grata y multisensorial experiencia 3D, el documental explora las perspectivas de los edificios de dentro hacia afuera (y viceversa) del célebre arquitecto al que rinde culto Brad Pitt desde la producción, Wim Wenders desde la batuta, o Werner Herzog en su breve cameo.

Por Juan Escalera

  • INK – Danny Boyle (Reino Unido/Francia/Estados Unidos)

Diálogos divertidísimos grabados con violencia dentro de un montaje alucinado en este drama periodístico, siempre cañero e hiperestilizado a lo Boyle. También basado en hechos reales, las comparaciones de la editorial tras la revista The Sun con las oficinas narcóticas de El Lobo de Wall Street pueden ser odiosas, pero naturales. Peca de lo mismo que Infiltrados en el Ku Klux Klan: queda clara la crítica a nuestro presente remitiéndonos a las raíces del problema, por lo que resulta innecesario el epílogo a modo de collage de titulares que abarca desde el final de la trama hasta nuestro presente. El recurso de los iPhones grabando a coro que tanto usaba en 28 años después ha venido para quedarse y mancharnos, ya sea de vísceras o de tinta. O lo que en esta película es: lo mismo.

Por Juan Escalera

  • Look Back – Hirokazu Kore-eda (Japón)

Adaptar Look Back supone un recorrido curioso: del manga de Tatsuki Fujimoto al anime de 2024 y, ahora, a la imagen real de Kore-eda. Y quizá lo más interesante sea que la película nunca intenta esconder de dónde viene. Incluso sin conocer la obra original, hay algo profundamente japonés en la gestualidad de los personajes, en determinadas composiciones y en la forma de tratar el dibujo como extensión emocional de quienes lo practican. Kore-eda recoge todo eso y lo lleva a su terreno, el de los vínculos pequeños observados con una paciencia enorme.

La historia une a dos niñas a través de una misma pasión: dibujar manga. Durante buena parte del metraje simplemente las vemos crecer, conocerse y construir juntas una forma de trabajar. Hay largos tramos encerradas en una habitación dibujando y siendo felices, y resulta imposible sentir el paso del tiempo; probablemente porque ellas tampoco lo sienten. De ahí nace buena parte de la emoción de una película sencilla, tranquila y profundamente conmovedora. Cuando aparece ese pequeño quiebro hacia lo mágico, hacia la posibilidad de otra vida y de ese inevitable “qué habría pasado si…”, Kore-eda no rompe el relato, sino que encuentra una forma delicada de hablar sobre la pérdida, la amistad y todo aquello que el arte nos permite imaginar cuando la realidad ya no puede cambiarse.

Por Hugo Santos

  • 15/18 (A place to heal) – Cédric Kahn (Francia)

Ambientada en un caótico centro psiquiátrico para menores, esta película podría funcionar como una versión de Alguien voló sobre el nido del cuco despojada de comedia. Sufres con estos internos, que encarnan el sufrimiento juvenil y sus tradicionales orígenes (disfuncionalidad familiar, dismorfia, traumas sexuales…). Nos recuerda que entre medicina, violencia, angustia y frustración, todavía hay tiempo para bailar. Y nos advierte que los últimos pasos para sanar quizá se deban dar respirando aire fresco.

Por Juan Escalera

  • Company – Cassey Affleck (Canadá/Estados Unidos)

Cuentos dentro de cuentos dentro de cuentos en la belleza dentro de la tristeza dentro del tedio. Casey Affleck firma un predecible relato sobre la adolescencia inmadura autocondena de la soledad y su sanadora respuesta en la hospitalidad. Con un tempo apacible y una clásica belleza gótica, este western nevado (como otros ya catalogan) es disfrutable como un cuento menor.

Por Juan Escalera

  • Bunker – Florian Zeller (Francia/España)

Penélope Cruz y Javier Bardem vuelven a compartir pantalla para explorar la fragilidad de un matrimonio, amenazado por la idea del aislamiento y en riesgo de quedar tan sepultado como el búnker que el tecnócrata interpretado por Paul Dano quiere edificar. La dinámica de pareja que construye Florian Zeller sirve como una entretenida y lúcida crítica social al post-capitalismo; sin embargo, en su moraleja final confunde la conciencia de clase con el derecho a la intimidad.

Por Juan Escalera

Bunker
Fotograma de Bunker
  • The Basics of Philosophy – Paul Schrader (Estados Unidos)

La película se hace más pesada que las agigantadas enciclopedias con que arrancan sus créditos (por lo anodino en su realización y no tanto por la profundidad intelectual de la que se intenta hacer gala). En este drama televisivo sobre un docente universitario de filosofía y la sombra de su culpa, el guionista de Taxi Driver o Toro Salvaje tampoco salva la papeleta en un guión que coquetea con la homofobia o perdona la pederastia en sus diálogos cursis e interpretaciones grandilocuentes.

Por Juan Escalera

  • The Echo Chamber – Andrea Pallaoro (Italia/Bélgica)

The Echo Chamber parte de una premisa reconocible —un artista encerrado en su propia depresión—, pero encuentra interés en cómo traduce ese aislamiento a la puesta en escena. La cámara nunca abandona el piso: cuando los personajes salen al exterior, la película los observa desde las ventanas, manteniendo siempre al espectador dentro de ese espacio cerrado. El recurso termina convirtiendo la casa en una extensión del estado mental del protagonista y da sentido a buena parte de la simbología del relato.

Las interpretaciones son más irregulares. Susan Sarandon destaca con claridad, mientras que los dos protagonistas carecen a veces de la naturalidad necesaria para sostener una película tan contenida. El desenlace, además, resulta demasiado ligero para todo lo que se había construido antes. Aun así, es una de esas obras que gana después de verla, cuando sus decisiones formales empiezan a resonar más que su propia trama.

Por Hugo Santos

the echo chamber
Fotograma de The Echo Chamber