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‘6 en la sombra’: política de paragüero

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No creo que sea defender un postulado demasiado controvertido decir que la mayoría de los héroes de acción hollywoodienses perpetran actos que llevados a la vida real serían impensables e injustificables. La lógica pendenciera del ojo por ojo suele ser el motor que alimenta las conductas de estos personajes.

Es una estructura que ha sido repetida multitud de veces en el cine. Un protagonista que debe ensuciarse las manos para salvar a sus seres queridos y/o vengarlos. Si bien el cine clásico, más proclive a las mojigaterías (reflejo de la época), no presenta historias de venganza tan crudas y explícitas, es innegable que el género de acción moderno gira en torno a este concepto.

En gran medida esta forma de estructurar la historia y de construir a los personajes es directamente heredada de subgéneros como el spaghetti western. El noble jinete en busca de la redención pistola en cinto. (véase cualquier obra de Leone).

Denzel Washington en ‘El fuego de la venganza’.

Películas como El fuego de la venganza (Tony Scott, 2004) recogieron este tipo de estructura y de personajes y los convirtieron en Blockbusters. Hoy, los ejemplos de esta tendencia se avistan por doquier. Desde Venganza (Pierre Morel, 2008) hasta John Wick (Chad Stahelski, 2014) pasando por cualquier saga moderna de superhéroes. Estas películas están construidas de principio a fin para que el espectador desarrolle empatía hacia el protagonista y condone todas las ilegalidades que este va a perpetrar.

Como poseedor de la razón y en pro de un (supuesto) bien mayor, se lleva a cabo una justificación de las actividades delictivas del héroe de turno. Haciendo un ejercicio de abstracción y análisis del discurso, resulta bastante evidente que el mensaje general de estas películas es tremendamente incívico. Los principios fundamentales que sustentan nuestra sociedad quedan indisimuladamente suspendidos en estas tautologías belicosas.

La presunción de inocencia, el derecho a un juicio justo o el respeto a las fuerzas del orden son impensables en estos universos paralelos de balas silbantes y peleas de karate. La iniciativa de la acción punitiva le es arrebatada a las fuerzas gubernamentales y entregada al individuo de a pie. Uno de los ejemplos más recientes y evidentes de esto es 6 en la sombra (Michael Bay, 2019). En este título se nos presenta a un grupo de sicarios justicieros que no tiene reparos en intervenir países tercermundistas derrocando regímenes a su antojo. ¿Por qué? Porque el (multimillonario) líder de esta banda ha decidido que la clase política es demasiado blanda con el mal. El individuo tomándose la justicia por su mano al margen del aparato estatal. Hayek estaría orgulloso.

Michael Bay 6 en la sombra
Michael Bay, director de ‘6 en la sombra’.

‘Creo bastante evidente que la visión de la sociedad que se da en esta clase de cine es eminentemente ultraliberal (casi anarcocapitalista). El gobierno solo sirve para incordiar y mermar las libertades. La burocracia estatal entorpece la vida de las personas. ¡Laissez Faire y sálvese quien pueda! Al lado de la última obra de Bay, El lobo de Wall Street (Martin Scorsese, 2012) parece una historia sobre buenos samaritanos llenos de generosidad y altruismo.

Sin embargo, y contra todo pronóstico, esta fórmula funciona. Y, dicho sea de paso, yo celebro que así sea. La cautela es fundamental cuando se analiza el discurso político subyacente a una película. En todo momento hay que tener presente que el cine es una exageración de la vida, y como tal, no todo lo que se nos muestra es directamente extrapolable a la realidad. La violencia, los comportamientos incívicos o la sordidez no son sino recursos artísticos e hipérboles que se pueden encontrar en cualquier disciplina artística. Caer en el reduccionismo moralista no es sino un signo de ignorancia. Soy tristemente consciente de que en estos tiempos de inmediatez está de moda pensar en términos absolutos, y que cualquier patán con twitter cree tener el título de censor oficial del reino. Sin embargo, el cine es demasiado bonito y grandioso como para anularlo con algo tan banal y embarrado como la política.

Es un hecho constatado y constatable que hay películas de derechas y de izquierdas. Películas con discursos reaccionarios o progresistas. Neoliberales o intervencionistas. Tradicionalistas o contraculturales. Políticamente correctos o incendiarios. No obstante, nunca debemos olvidar que el cine es mentira. Creo un error garrafal dejar que los factores ideológicos determinen nuestra simpatía hacia una película. No estaría de más que todos dejáramos de vez en cuando nuestras convicciones previas en el paragüero durante un par de horas. Quizás así disfrutaríamos más y mejor del séptimo arte. Porque 6 en la sombra es una película endiabladamente entretenida.

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