Título original: La vie d’une femme
Año: 2026
Duración: 98 min.
País: Francia Francia
Dirección: Charline Bourgeois-Tacquet
Guion: Charline Bourgeois-Tacquet
Reparto: Léa Drucker, Mélanie Thierry, Charles Berling, Laurent Capelluto, Marie-Christine Barrault
Fotografía: Noé Bach
Compañías: Coproducción Francia-Bélgica; Les Films Pelléas, Versus Production, arte France Cinéma
Género: Drama | Trabajo/empleo
Crítica en Letterboxd
Como guionista y directora, Charline Bourgeois-Tacquet afronta con esta su segunda película tras las cámaras, una fabulación contada en once actos de lo que puede llegar a vivir una si deja soltar las bridas y se entrega al quehacer de la vida.
En La vida de una mujer, Gabrielle es una exitosa cirujana que contempla cómo su vida personal se resquebraja por momentos. El quirófano es el único lugar en el que parece tener todo bajo control, con una habilidad tal que llama la atención de una escritora, Frida, que busca inspiración para escribir su próxima novela. Con una madre dependiente y un matrimonio de cuestionable estabilidad, la aparición de Frida pone a prueba el tenso equilibrio en el que vivía Gabrielle, que deberá replantearse su vida tal y como la conocía.
La elección del título ya lo avanza. La vida de una mujer no cede mucho terreno a la imaginación. Nos avisa de primera mano, y quizá el fallo de Bourgeois-Tacquet haya sido ese: llevar la literalidad de la premisa a su máximo esplendor. No hay nada reprochable en que la película sea exactamente lo que promete ser. El problema es cuando el espectador espera encontrar algo más allá de eso.
La cinta prolifera en lo cotidiano, sin ánimo de vanagloria ni pretensiones. Es una historia arraigada en lo diminuto, en la rutina, que explota lo diario sin abandonar el realismo. Los diálogos son sinceros y rezuman la verdad que hay en cada personaje, pero la resolución resulta algo insípida cuando la trama no explora más allá de lo que el espectador ha visto tantas otras veces en pantalla. La vida de una mujer no termina de alejarse de lo predecible, se acomoda en la anticipación y no da pie a explorar nuevas perspectivas. Quizá lo reprochable de la película haya sido haberse estrenado a destiempo, algunos años más tarde de lo que le correspondería. Porque, a día de hoy, considerar esta película como disruptiva sería algo anacrónico. En otras palabras, La vida de una mujer apuesta por temas que ya pueden parecer un tanto trillados si no se abordan desde un plano fresco. Dicho esto, en otro sentido es cierto que la anticipación del espectador resulta tal que toda la fuerza del largometraje recae en el coqueteo con lo inestable, en esa continua pérdida de control en la que se mueve la vida. Porque sí, a veces la vida puede ser predecible.
Siempre resulta interesante, incluso necesario, contemplar historias de personajes al límite, llevados al borde de una realidad que se resquebraja por momentos. Es paradójico, pero resulta esperanzador ser testigo, desde la distancia que otorga una butaca de cine, de una vida ajena que parece abocada al caos.
Sin duda, la principal fortaleza de lo último de Bourgeois-Tacquet recae en los papeles protagonistas. Léa Drucker es una sublime representación de la mujer que se desmorona, con un temple y un savoir faire de veterana. Por su parte, Mélanie Thierry mantiene un tenso pulso con la seducción, en un juego constante en su rol de femme fatale resuelta.
Asimismo, la película gana matices en cámara, en sus encuadres y sus movimientos, en el lenguaje silencioso que añade pausas y un detalle que intimida, al nivel al que el cine francés nos tiene acostumbrados.
Con todo, La vida de una mujer se acomoda en eso, en un final acorde a lo que pide la historia, sin muchos sobresaltos ni sorpresas. En suma, el largometraje de Bourgeois-Tacquet es una película coherente que no termina de arriesgarse como podría haber llegado a hacer.


