Inicio Críticas ‘La trinchera infinita’, historia de un topo andaluz

‘La trinchera infinita’, historia de un topo andaluz

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Título original: La trinchera infinita

Año: 2019

Duración: 147 min.

País: España

Dirección: Jon Garaño, Aitor Arregi, José Mari Goenaga

Guion: Luiso Berdejo, José Mari Goenaga

Música: Pascal Gaigne

Fotografía: Javier Agirre Erauso

Reparto: Antonio de la Torre, Belén Cuesta, José Manuel Poga, Vicente Vergara, José María del Castillo, Carlos Bernardino

Productora: La Claqueta PC / Manny Films / Irusoin / Moriarti Produkzioak

Género: Drama

No han pasado ni dos años desde que Aitor Arregi y Jon Garaño triunfasen con las trece nominaciones de Handia en los Premios Goya. Basada en hechos reales, contaba la historia de un hombre vasco del siglo XIX que sufría gigantismo y acabó llevándose un total de diez estatuillas aquella noche. Como ya es costumbre, el pasado mes de septiembre estrenaron en la 67º edición del Festival de Cine de San Sebastián su nuevo proyecto, La trinchera infinita. Esta vez se sumaba también a la dirección José Mari Goenaga (co-director junto a Garaño de la también muy bien recibida Loreak).

Es cierto que las películas dirigidas a seis manos no abundan y más cuando se trata de tres directores que no comparten ningún lazo más allá del creativo. Los preceden dos películas dirigidas por Garaño junto a cada uno de los otros dos directores. Handia y Loreak supusieron un antes y un después para el cine vasco. Con La trinchera infinita, este trío guipuzcoano se muda a la otra punta del país para contar una historia especialmente andaluza.

La trinchera infinita
Fotograma de ‘La trinchera infinita’.

Antonio de la Torre y Belén Cuesta, sus protagonistas, interpretan a Higinio y Rosa, un matrimonio de un pequeño pueblo andaluz al que la llegada de los sublevados en pleno estallido de la Guerra Civil les lleva a tener que tomar medidas extraordinarias para poder sobrevivir. Higinio decide, después de un intento fracasado de escapar, que su única opción es esconderse tras los muros de su propio hogar mientras que Rosa hace creer a todos sus vecinos que su marido ha huido y que su paradero es desconocido. Lo que en un principio parecía una medida temporal, hasta que el ejército republicano retomase el poder del país, acaba convirtiéndose en una espera indefinida, lenta y frustrante en la que los dos protagonistas ven pasar los años sin poder hacer nada para arreglar su situación.

No es de extrañar que sus tres directores ganasen el premio a Mejor Dirección en Donostia, pues su trabajo es especialmente destacable. Logran transmitir algo tan básico, pero a veces rodado de forma demasiado banal, como es el miedo. Estamos hartos de ver películas de terror que repiten las mismas fórmulas, cine donde el suspense es ejercido a través de los mismos trucos muy manidos y con resultados bastante decepcionantes. La trinchera infinita, sin ser en absoluto una película de terror, logra transmitir la tensión y el pánico que Higinio sufre en sus propias carnes cada vez que el enemigo (ya sea un vecino chivato o la propia guardia civil) se acerca a su escondite y amenaza con descubrirle. Sin embargo, conforme pasan los años y la dictadura franquista se asienta, Higinio empieza a acostumbrarse a ese miedo continuo en su vida. De repente, el miedo evoluciona en costumbre y el peligro se vuelve algo más mental que real.

La trinchera infinita
Antonio de la Torre y Belén Cuesta en ‘La trinchera infinita’.

Vemos también la frustración de Rosa cuando se da cuenta de que el Higinio valiente y rebelde con el que se casó se va convirtiendo poco a poco en un topo, un hombre que vive enclaustrado sin ver la luz del día, ocultándose por miedo y refugiándose en sus peores pesadillas para cortar de raíz cualquier esperanza de recuperar sus vidas. Belén Cuesta es algo más que la esposa desolada que también acaba sufriendo las torturas de los franquistas con tal de no delatar a su marido. La actriz sevillana demuestra una agilidad tremenda para dominar el drama sin perder su esencia y su gracia natural.

Algunos pensarán que La trinchera infinita no es más que otra película más de la Guerra Civil. Especialmente después del reciente estreno de Mientras dure la guerra, pero nada más lejos de la realidad. Esta no es una historia como tal sobre el conflicto bélico nacional que sumió a España en una posguerra durísima, sino más bien la historia de un matrimonio separado por la injusticia de una época y la supresión de la libertad de uno de los dos. Es cierto que, sin la parte histórica, la película no acabaría de funcionar, pero los hechos no son tan importantes como las emociones. Es algo completamente distinto a lo que estamos acostumbrados dentro de esta temática. Una película que se atreve a jugar con el fuera de campo para situarnos en la perspectiva del propio Higinio, viviendo muchas de las escenas sin poder ver apenas nada de lo que está pasando, pero pudiendo oírlo todo. Se trata de una obra muy bien dirigida e interpretada donde todos sus elementos juegan a favor de una historia muy dura pero contada con mucho tino.

La trinchera infinita
Fotograma de ‘La trinchera infinita’.

Pero a todo se le puede poner una pega. Si hay algo que me chocó del conjunto de la película fue la decisión de mantener a los mismos dos actores durante los más de 30 años que transcurren en la historia. No porque no estén bien, al contrario. Sin embargo, conforme pasan los años, el maquillaje se va haciendo más y más grotesco. Mucha prótesis, pero cero realismo en su envejecimiento. Nunca dejas de ver a los dos actores, la única diferencia está en los cuatro kilos de látex que se van echando encima. La película pedía a gritos dos repartos protagonistas distintos para mostrar el cambio no solo físico sino también psicológico que sufren Higinio y Rosa con el transcurrir de los años. Es algo que, tras una película muy acertada, de repente te saca de esta y te hace pensar en las razones por las que los directores decidieron hacer así las cosas.

Sea como sea, esta decisión no resta méritos a un film extremadamente emocionante, muy bien dirigido y construido, que conforma no solo una gran película sino también una experiencia cinematográfica maravillosa. Un producto que sin dejar de lado España, su historia y la historia de nuestro cine, se atreve a ir más allá y servir como una obra innovadora, una película vibrante y llena de matices. Arregi, Garaño y Goenaga confirman que han venido para quedarse y es que el futuro del cine español tiene, al menos de momento, tres apellidos vascos.

Lo mejor: Su brillante dirección y su maravilloso reparto que conforman una película muy bien construida.

Lo peor: La decisión de envejecer a los actores mediante un maquillaje muy poco realista.

Nota: 9/10

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