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Giulietta Masina, la musa de los espíritus

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El pasado mes de febrero, Martin Scorsese publicó un ensayo alabando la figura de Federico Fellini, en el que hablaba de su infinito valor como cineasta y de cómo se ha negligido la expansión y promoción de su cine a todos los niveles desde que falleciera en octubre de 1993. Scorsese no escatimaba en halagos, en un ensayo largo en el que repasaba la carrera del director italiano y la poblaba de anécdotas personales su propia relación con películas como 8 y 1/2 o La dolce vita.

Sin embargo, y aunque disfruté bastante del texto (Scorsese hace varios apuntes sobre el estado actual del cine como contenido, mucho más que como arte), eché de menos un elemento clave que, a mi parecer, impulsó y marcó toda la trayectoria (y la vida) de Fellini, y al que el director de El irlandés no dedica una simple mención en el ensayo: Giulietta Masina, la mujer del cineasta italiano durante 50 años, protagonista de alguna de sus mejores películas y una maravillosa actriz de pleno derecho.

La carrera de Masina estuvo, obviamente, ligada de forma irremediable a la de su marido: comenzó actuando en radionovelas escritas por él como veinteañera, compaginándolas con interpretaciones de teatro junto a Marcello Mastroianni, y se hizo camino en el cine poco a poco, primero como extra y, después con papeles más relevantes (en Senza pietà de Alberto Lattuada, la Luci del varietà que este codirigió junto a Fellini y Europa ’51 de Rossellini).

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Giulietta Masina en un fotograma de ‘La strada’.

Sin embargo, no sería hasta 1954, con 33 años, cuando su papel protagonista en La strada, del propio Fellini, los pondría ambos en el radar de mundo cinematográfico. Fellini enganchaba Lo sceicco bianco (1952), I vitelloni (1953) y La strada para cimentar su posición en la industria, y lo conseguía con esta película, cómo no, de la mano de Masina.

La strada es una obra que coquetea con el neorrealismo italiano en un tono que baila entre la comedia y el drama, algo que pasaría a ser marca de la casa de la factoría Fellini. En ella, Giulietta Masina interpreta a Gelsomina, la hija mayor de una familia pobre que se caracteriza por su torpeza, su físico particular y ser simple. Zampanò (Anthony Quinn), el artista circense al que su madre vendió otra de sus hijas, regresa a comunicar que esta ha muerto, y se marcha con Gelsomina.

La interpretación de Masina hace que la película pase de ser un drama neorrealista sobre la pobreza y las duras condiciones de vida de Gelsomina, enfrentada a la rudeza de Zampanò, a una suerte de tragicomedia que gira en torno a un personaje para el que el mundo está lleno de descubrimientos, de cosas nuevas y fantásticas. Poco a poco, sin embargo, las cosas se tornan oscuras, cuando uno de esos descubrimientos es, precisamente, la maldad de Zampanò.

Varios años después, en 1957, Fellini volvería a dirigirla en Le notti di Cabiria, una película en que Masina intepreta a una mujer de la calle en Roma. Como un reverso tenebroso de Gelsomina, esta Cabiria es una mujer maltratada, pisoteada por la vida, constantemente en guerra con el mundo y siempre alerta. Su vida es difícil, y Masina sabe representar esto a la perfección.

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Giulietta Masina en ‘La noches de Cabiria’.

Y, sin embargo, Fellini sabe explotar el rostro de su mujer (a quien en La strada insultan diciéndole que parece un vegetal por la forma de su pelo y sus ojos vivos y saltones) para extraer una vivacidad que se extiende por toda la historia. Le notti di Cabiria es una película trágica, desoladora, pero hay múltiples momentos de la más pura esperanza que se sostienen tan solo en la cara de Masina, en una interpretación que ocupa la pantalla entera.

Las interpretaciones de Giulietta Masina en La strada y Le notti di Cabiria se han comparado con las del mismísimo Charles Chaplin, capaces de extraer comedia y esperanza de las situaciones más dramáticas. Demuestran una sensibilidad especial, y la sitúan como una de esas actrices capaces de alterar por completo la percepción de una película. Juntos hasta el final, Fellini y Masina continuaron haciendo películas, desde la primera obra en color del director, Giulietta degli spiriti, hasta una de sus últimas obras, en que Masina compartía protagonismo con Marcello Mastroianni, como hicieran en sus inicios en el teatro, Ginger e Fred.

Fellini, por supuesto, la recordaba en su discurso de aceptación del Oscar Honorífico en 1993, meses antes de fallecer: “me gustaría agradecer a todas las personas que han trabajado conmigo; obviamente no puedo nombrar a todo el mundo. Dejadme decir solo un nombre, de una actriz que también es mi esposa: gracias, querida Giulietta, y por favor, deja de llorar”.

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