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‘Candyman’, tras las mitologías

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Fotograma de 'Candyman' (2021) de Nia DaCosta

Título original: Candyman

Año: 2021

Duración: 91 min

País: Estados Unidos

Dirección: Nia DaCosta

Guion: Jordan Peele, Win Rosenfeld y Nia DaCosta

Música: Robert Aiki Aubrey Lowe

Fotografía: John Guleserian

Reparto: Yahya Abdul-Mateen II, Teyonah Parris, Nathan Stewart-Jarrett, Colman Domingo, Kyle Kaminsky, Vanessa Williams, Rebecca Spence, Carl Clemons-Hopkins, Brian King, Miriam Moss, Cassie Kramer

Productora: Metro-Goldwyn-Mayer, Monkeypaw Productions, Bron Studios, Creative Wealth Media Finance

Género: Terror, sobrenatural

Ficha en Filmaffinity

Rollo May ya hablaba hace varias décadas sobre lo mucho que necesitamos los mitos. Al fin y al cabo no hay nada más placentero cuando nos enfrentarnos a una realidad dañina que abrazar la fantasía y autoconvencernos de que algo más allá de lo que conocemos puede ser posible. Candyman: El dominio de la mente (Rose, 1992) supo poner sobre la mesa el debate del «folklore oral moderno», tal y como se nombra en la película, para empezar a cuestionarse, casi a modo ensayístico, los pros y los contras de entender la contemporaneidad desde el prisma de lo mitológico. Anticipándose a la cultura del creepypasta, el filme invoca a Candyman y, junto a él, redacta un manifiesto sobre los peligros (y las maravillas) de enamorarse del fuego.

Toda la sutileza y complejidad narrativa que esconde la versión original del relato tras su aparentemente estereotípica reescritura del hombre del saco es recuperada por Nia DaCosta casi veinte años después en su propia Candyman, una pesadilla urbana que levita siempre y cuando esté segura de que el espectador está viendo el hilo que la ata al suelo. La directora y guionista norteamericana no tiene ninguna intención de reiniciar este mito, sino que recoge el testigo de Bernard Rose siendo consciente de que la potencia de esta historia reside, como en la mejor de las leyendas urbanas, en su transmisión orgánica entre generaciones. Aquellos que nos vendieron esta paranoia sociocultural como un remake parecían no estar teniendo en cuenta que esta película no encontraría su esencia en otro formato diferente a la secuela.

DaCosta rescata aquellos experimentos conceptuales que hacían brillar a la Candyman original para utilizarlos como el motor de una puesta en escena tan minuciosa como efectiva (ojo a sus primeros segundos), de un imaginario visual que encuentra su maldad en la distancia, en el mirar de reojo, en el placer voyerista de saber que el dolor contemplado está conjugado en tercera persona. Todo eso construido desde una delicadeza compositiva que no hace más que acentuar la frialdad del conjunto.

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Fotograma de ‘Candyman’ (2021) de Nia DaCosta

Alejándose de la visceralidad explícita del gore y del sobresalto del cine de atracciones de la casa Wan, DaCosta diseña un hipnótico cuento que reivindica la falta de nitidez del terror oral mientras demuestra que el cine de género contemporáneo está lejos de haber agotado sus armas. Mención especial a la banda sonora de Robert Aiki Aubrey Lowe, que tan bien condensa en sus composiciones esa actualización de lo clásico, a la exacta presencia en cámara de Yahya Abdul-Mateen II y a esas secuencias animadas que alejan al espectador hacia el trance a la vez que mantienen una abrumadora coherencia con el conjunto.

La cinta parece rodear poco a poco a aquel que osa enfrentarse a la pantalla, haciendo que se encuentre ante una metáfora de su relación con la propia película. Porque si la cinta comprende a aquellos que miran al espejo con el objetivo de ver a un fantasma (y el masoquismo que eso conlleva), realiza el mismo ejercicio con aquellos que deciden posarse ante una pantalla esperando ser asustados. Pero siempre subrayando sutilmente la hipocresía de aquellos que disfrutan del monstruo sin intentar mirar tras los huecos de su máscara.

Todo mito es una metáfora, una romantización de una realidad que, aunque merezca ser contada, muchas veces no quiere ser escuchada. La nueva Candyman no adapta su propuesta al contexto estadounidense actual del movimiento Black Lives Matters, sino que se expande a sí misma en la atemporalidad, dejando claro que el mal no muere, sólo se transforma. Los personajes de la película (incluyendo al espectador) son sometidos a constantes metamorfosis que derriban cualquier intento de maniqueísmo, señalando que el verdadero antagonista siempre estará un poco más arriba del propio relato. Nos acercamos más a un Michael Haneke que a un Jordan Peele (por mucho que el estilo editorial del productor de la cinta se reivindique en varios momentos).

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Fotograma de ‘Candyman’ (2021) de Nia DaCosta

Al fin y al cabo fue el director austriaco quien comparaba su cine con lo imposible que nos resulta apartar la mirada de un accidente de coche que acaba de suceder en nuestra misma carretera. Poder disfrutar del miedo sin ser los afectados directos del mismo implica aceptar nuestra situación de privilegio. Implica aceptar que debemos dejar de mirarnos al espejo (o al lienzo, o a la pantalla) y sumergirnos en el agujero que hay tras ellos. Implica darnos cuenta de que, tal y como nos presentaba la Candyman original, «esta es la historia más terrorífica que he escuchado nunca, porque es cierta».

Lo mejor: Como la minuciosa puesta en escena de DaCosta nos induce en una sublime paranoia sociocultural

Lo peor: Sin haber visto la Candyman original, la esencia de la secuela podría perderse

Nota: 8/10

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