‘Black Sails’, la resurrección del imaginario pirata

Black Sails ya ha estrenado la  tercera temporada con la promesa de saciar nuestra sed de la piratería cruel y descarnada. Bienvenidos a la resurreción del imaginario pirata. 

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Siglo XVIII, un barco en el que ondea la Union Jack surca las aguas del océano Atlántico rumbo a Inglaterra cuando es interceptado y abordado por la tripulación de un barco con bandera pirata. En el asalto solo sobrevive un asustadizo polizón que se rinde ante el capitán de los diablos de agua salada y que promete servir en la tripulación. Podría parecer la típica historia de piratas, ¿no? ¿Y si os digo que el navío pirata es The Walrus, comandado por el capitán Flint? Los amantes de las novelas de aventuras ya habéis notado cierto hormigueo en la nuca, pero lo pondré más fácil: el polizón dice llamarse John Silver. Sí, ese John Silver, el de La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson, quizás la novela de piratas más famosa de la historia de la literatura. El legendario Long John Silver, en uno de los capítulos de la historia de Stevenson, culpa al capitán Flint de la pérdida de su pierna. Bueno, quienes hayáis leído la novela sabéis que cuenta algo más, pero como lo que pretendo es que comencéis a ver la serie, no os quiero chafar lo que supone una de la tramas principales de la primera temporada.

Antes de contaros nada más os mostraré el minuto y medio que me incitó a ver Black Sails (R. Levine y J. Steinberg, 2014). Se trata del opening, uno de los más creativos y épicos de cuantos se pueden encontrar actualmente en las las ficciones televisivas. Nuestra compañera Esther Rodríguez ya nos lo decía en “Las 10 intros más creativas de la televisión”, que los opening son la carta de presentación de las series y, en el caso de Black Sails, no podría ser más cierto.

Parad ya de reproducirlo en bucle y contadme. ¿Qué sensación os transmite? Sí, a mí también me dan ganas de enfundarme en mi uniforme reglamentario de pirata a surcar los mares y arrasar con todo. Sin duda, esa es la primera impresión, el opening recoge el espíritu oscuro, pero épico de las leyendas de piratería. Sin embargo, con el avance de la historia y, si uno está familiarizado con el Museo del Prado, en concreto con la obra de Pieter Brueghel el Viejo (en la sala de El Bosco), quizás pueda entender que para mí este opening signifique “el triunfo de la muerte”.

'El triunfo de la muerte' de Pieter Bruegel El Viejo (1562-1563, Museo del Prado)

‘El triunfo de la muerte’ de Pieter Brueghel El Viejo (1562-1563, Museo del Prado).

En este cuadro moral del pintor flamenco el espectador observa atónito cómo un ejército de esqueletos acaba con la vida de los humanos, sin discriminar por condición social, mueren por igual reyes y mendigos. Los piratas de la isla de Nasáu representan precisamente a esos esqueletos, demonios inclementes que no creen en los estamentos sociales y que imponen su propia injusta justicia (sí, bonito oxímoron). Claro que cuando uno comienza a conocer el orden establecido, cuando atisba a la incivilización y la injusticia tras aquellos que se erigen como cívicos, educados y justos, es entonces cuando uno empieza a admirar a esos hombres y mujeres al margen de la ley. La historia tras el capitán Flint nos hará descubrir que no es oro todo lo que reluce y que el orden establecido es cruel, tanto como el más cruel de los piratas.

El imaginario de Nasáu

Aunque gran parte de la serie se desarrolla en alta mar, como se puede esperar de una historia de piratas, el escenario principal y común de todos los personajes es Nasáu, actual capital de las Bahamas, sede de la piratería en el siglo XVIII, trajo de cabeza a los gobiernos colonizadores, incapaces de hacerse con el control de una isla por la que pasaron piratas tan temidos como Edward Teach, alias Barba Negra, o el capitán del Ranger, Charles Vane, que estableció el reino del terror allá por 1718 en la isla del Atlántico. Cuentan que a Nasáu llegó un día también Anne Bonny, la mujer que trajo de cabeza a la marina inglesa a principios del siglo XIX. Cuentan que Anne había tomado por la fuerza el barco de Jack Rackham; cuentan, porque, aunque documentada la existencia de estos lores y ladies de la piratería, la cultura popular los ha convertido en leyendas vivas.

En Nasáu, símbolo de la época dorada de la piratería, reúne Black Sails a Anne Bonny, Jack Rackham, Edward Teach y Charles Vane con personajes sacados de las páginas de la ficción de Stevenson. Y como la ficción y la realidad son unas conocidas conflictivas, el enfrentamiento entre el Ranger de Charles Vane y el Walrus del capitán Flint era inevitable, una guerra encarnizada de leyendas por el trono de Nasáu, que resiste libre y embriagada por el ron a los ataques externos de los abanderados de la rectitud y la moral (su moral, claro está). Así, esta precuela de La isla del tesoro se convierte en algo más: la resurrección del imaginario pirata.

Jack Rackham, Charles Vane y Anne Bonnie nunca han abandonado Nasáu.

Jack Rackham, Charles Vane y Anne Bonny nunca han abandonado Nasáu.